13 de noviembre de 2019, 8:24:42
Opinion


La receta de Rosell para salir de la crisis

William Chislett


A diferencia del espléndido y furioso ensayo de Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”, sobre el apogeo y la decadencia de España, ya en su cuarta edición y que el mes pasado fue reseñado largamente en el Times Literary Supplement en el Reino Unido (los libros no escritos en inglés rara vez reciben atención en esta prestigiosa revista), Juan Rosell en su libro ”Reformas o declive” propone soluciones para salir de la crisis y volver al crecimiento, como era de esperar dado su importante puesto como presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE).

Según Rosell, lo ocurrido es que el gasto, tanto público como privado, ha devorado al país. ”Cuando hay dinero se gasta. Cuando hay más se gasta todavía más. No se gasta con inteligencia, sino con desdén, como si el dinero viniera del cielo. Lo que entra, sale; pero, después, si no hay entradas ¿qué se hace?”.

A primera vista, no parece que España haya despilfarrado dinero, a pesar de un exceso de aeropuertos, algunos de ellos sin pasajeros; exceso de palacios de congresos donde no se celebran congresos; demasiados puentes, plazas o edificios singulares con un aprovechamiento mínimo y un coste excesivo; cientos de piscinas municipales cerradas por falta de clientela o imposibilidad de mantenimiento.

En el año 2012 el país se sitúo entre los 10 países de la Unión Europea con menor gasto público en porcentaje del PIB (43,4%), frente a un 49,9% de media en la eurozona. No obstante, el aumento del gasto público ha sido particularmente intenso en los últimos años. Entre 2005 y 2011 el gasto público incrementó su peso en 6,8 puntos porcentuales hasta alcanzar el 45,2% del PIB. Solamente dos países de la eurozona registraron durante esos años un aumento mayor: Irlanda y Grecia, y ambos fueron rescatados por la UE.

La crisis en las cuentas públicas españolas (el superávit presupuestario de 1,9% del PIB en 2007 se convirtió en un déficit del 11,2% en 2009) llegó tanto por el lado del gasto como por el lado de los ingresos públicos, que cayeron del 41,1% del PIB en 2007 al 35,1% en 2009, casi 10 puntos por debajo del promedio de la zona euro, siendo España el tercer país de la zona con más bajos ingresos públicos sobre el PIB, solo por delante de Irlanda y de Eslovaquia.

Cuando el modelo económico basado excesivamente en el sector inmobiliario y de infraestructuras se hundió, los ingresos fiscales cayeron en picado. Además, el crédito dudoso a empresas de la construcción aumentó un espantoso 628% en 2008 hasta los 6.722 millones de euros, un 176% a hogares (24.346 millones) y 288% a otros sectores residentes (63.057 millones), dando lugar a una crisis bancaria.

En su libro, publicado por Ediciones Deusto, Rosell hace unas preguntas muy pertinentes, particularmente en el campo del desempleo. ¿Cómo es posible que en 2006 y 2007, con índices oficiales de desempleo del 8%, no se encontrara gente dispuesta a trabajar? ¿Es entonces esa cifra del 8% el dato más próximo al desempleo friccional, es decir, en un escenario de prácticamente pleno empleo. Un 8% de paro en Estados Unidos, por ejemplo, es una cifra altísima.

Ya tenemos un paro del 27%, si es que la cifra oficial corresponde a la realidad, cosa que Rosell duda (quitando la mencionada cifra de 8% se queda en 19%, que es aún enorme).

Hay una tabla interesante en el libro que muestra la creciente brecha entre el paro registrado y el paro de la EPA (otros países del UE no ofrecen dos cifras que tienden a crear confusión): desde una diferencia de –44.915 desempleados en diciembre de 2001 a favor del paro registrado, a otra de 1.167.457 parados a favor de la EPA en marzo de 2012.

España creció más en el periodo 2000-2012 que Alemania, Italia y Francia, pero ¿cómo es posible que sólo en España se dispare exponencialmente el desempleo?

Es refrescante que el jefe del patronal se enfrente a la clase política. “Es increíble que frente a cualquier tema, mayor o menor, los partidos políticos tengan enfoques diferentes y actúen de diferente manera si están en la oposición o en el gobierno”. Con respecto a la necesaria reforma de las pensiones, “para mayor sonrojo, las mismas personas que defendían la viabilidad y la reformas del sistema por puro sentido común se han convertido ahora en sus más fieros detractores”.

La reformas que propone Rosell no son nada nuevas, y hubieran sido mucho más fáciles de poner en práctica durante las vacas gordas: reestructurar la Administración; simplificar las normas administrativas (en 2012 el número de páginas de los boletines oficiales de las comunidades autónomas llegó a las 717.111); evitar la duplicidad de competencias traspasadas a las comunidades autónomas; profundizar en la reforma laboral; fomentar una mentalidad de pacto social responsable; apostar por la I+D+i y el sector exterior y reformular el sistema educativo.

Es de esperar que Rosell sea un empresario ejemplar en su posición como jefe del patronal, a diferencia de su antecesor, Gerardo Díaz Ferrán, quien abogaba por las mismas reformas y está condenado por gestión fraudulenta al llevar al grupo Marsans a la quiebra. Uno tiene que practicar lo que predica.
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