15 de octubre de 2019, 10:34:48
Opinion


No es democracia todo lo que reluce

Alejandro Muñoz-Alonso


Proyectar los parámetros propios de las democracias occidentales a una situación tan compleja como la de Egipto equivale a no entender nada o a repetir simplezas y lugares comunes como los que estos días hemos oído y visto en tantos medios españoles. Como en su momento explicó Toynbee, refiriéndose al Egipto de hace setenta años, muy diferente del actual en la fachada pero bastante parecido en sus más profundas realidades, allí la única fuerza moderna era el ejército y en muy buen medida lo sigue siendo, aunque, en este momento, acompañada por unas generaciones jóvenes que han tomado conciencia gracias a las nuevas tecnologías. Por eso no puede extrañar que desde Naser a Sadat y de Sadat a Mubarak, los militares hayan sido los únicos factores de cambio de aquella sociedad.

Con todas las diferencias del caso, es una situación con semejanzas a aquella España del siglo XIX que se movía a golpe de pronunciamientos y, tras el paréntesis relativo que impuso Cánovas, siguió a la deriva de Primo de Rivera a Franco. Nos hemos olvidado demasiado pronto de que en Europa, en vísperas de la II Guerra Mundial, no había más democracia consolidada que la del Reino Unido y, parcialmente, las de los países escandinavos. Y si la democracia en Europa no es tan vieja-y en España no digamos- como algunos creen, en un país como Egipto, en el que no ha habido nunca una democracia propiamente dicha y en el que hay un factor religioso omnipresente y rocoso, las cosas no pueden ser sino muy complicadas. Espero que nadie piense que había democracia con el rey Faruk,a pesar de algunas apariencias.

Ya hace años que los politólogos contemporáneos acuñaron las expresiones “democracia electoral” y “democracia iliberal” (esta última palabra existe en el DRAE como equivalente a “no liberal”). Y lo han hecho porque en estos últimos lustros se han multiplicado los regímenes supuestamente democráticos porque hacían elecciones más o menos limpias, pero ni el pluralismo auténtico, ni los derechos humanos, ni un verdadero Estado de Derecho estaban garantizados. Esos países no son democracias aunque así se presenten y muchos ingenuos así lo crean. ¿Alguien puede pensar, por ejemplo, que la Venezuela del bocazas de Chávez y de su sucesor, aún más bocazas, Maduro es una democracia? Los ejemplos podían multiplicarse y algunos países europeos harían bien en no apuntarse a ser los primeros en arrojar piedras.

Pues bien, Egipto, después de Mubarak, sigue sin ser una democracia, aunque seguramente cada vez hay más egipcios deseando que lo sea. El triunfo muy justito, casi por los pelos, de Morsi -que tenían enfrente a un mero continuador de Mubarak- les hizo creer a muchos que la democracia ya había llegado. Pero aquello fue un puro espejismo. Los Hermanos Musulmanes no han sido nunca demócratas y las urnas desde luego no hicieron el milagro de convertirlos En su doctrina, además, se considera a la democracia liberal como un régimen impuesto por los occidentales y que nada tiene que ver con su concepción de la vida ni con sus tradiciones.

La compatibilidad entre el islam político y la democracia está por ver, pues nunca se ha producido hasta ahora ni parece probable que lo vaya a ser en un futuro próximo. Hasta la propia Constitución de Mubarak decía en su artículo 2 que la principal fuente del derecho era la sharia. Y sharia y democracia son como el agua y el aceite. Por eso Morsi, desde que llegó al poder, no hizo sino cumplir los mandatos de los jefes de la Hermandad, de los que dependía directamente y que no habían sido elegidos por los ciudadanos. Se debía más a ellos que as sus electores y puso en marcha una política de exclusión que echa fuera de su sistema a los que no practican su versión estricta del islam, que para ellos son apóstatas. Por eso los conocedores de aquel mundo pronosticaban desde hace semanas la intervención militar, ante el escepticismo de muchos.

En esos países, los que ni siquiera son musulmanes no pueden esperar más que a una limitadísima tolerancia, como saben muy bien los cristianos coptos. Más aún, las persecuciones, asesinatos de cristianos, destrucción e incendios de iglesias y otras tropelías se han multiplicado desde la caída de Mubarak. Y en Turquía, a pesar de sus esfuerzos para admitida en la UE, abundan los síntomas que muestran un retroceso de ciertos derechos humanos y un soterrado avance del islamismo

Y es que, aunque sea una paradoja, a los cristianos les iba entonces relativamente mejor con Mubara; como en Siria, donde se encontraban algo más respetados con Bashar el Asad, que con los rebeldes que intentan sustituirlos, muchos de los cuales están conectados con Al Qaida, cuya doctrina oficial es que los cristianos son “objetivos legítimos” que deben ser asesinados “allí donde se encuentren”. No se trata, claro está de defender a las dictaduras, por sí mismas repugnantes y en el caso egipcio corrupta, además de opresora, sino de insistir en que hay que manejar con mucha cautela las categorías europeas. En Siria, además, lo que se está dando es una batalla cruel y salvaje entre las dos versiones del islam, chiíes y shiíes, apoyados los primeros por Arabia Saudí y algunos de los emiratos del Golfo, con las citadas incrustaciones de Al Qaida, y los segundos por Irán y la secta Hezbolah. Una batalla más de una secular guerra sectaria. Y ante esa guerra de religión los occidentales tienen muy poco que hacer. Si aparecieran por allí, se convertirían en objetivos de ambos bandos.

En Egipto se ha producido, efectivamente, una intervención militar pero no es un golpe de Estado clásico porque los militares no quieren gobernar directamente, aunque se consideran los guardianes de las esencias de la nación. Viven lo que aquí en algún momento se llamó “ideología militar”, que se basa en aquello de que los militares son “la columna vertebral de la Patria”, lo que les permite arrogarse el derecho de control, aunque a veces dejen gobernar a los civiles.

Lo que sucede, además, en Egipto, es que la situación tiene difícil salida porque el país está muy dividido. Hay una clase media culta y urbana que quiere de veras una democracia y por eso sus gritos son a favor de la libertad y no de la sharia, pero hay muchos egipcios, sobre todo los que viven en el campo, que están aferrados a las fórmulas islámicas y que, por ejemplo, hablarles de la igualdad entre hombres y mujeres les produce toda clase de indignaciones, porque les parece una aberración inaceptable. Ni lo entienden ni lo pueden aceptar. En el islam político es también inconcebible nada parecido a una separación entre política y religión. Allí Dios y el César son inseparables y no se concibe nada parecido a la no confesionalidad del Estado. El islam está presente en todos los órdenes de la vida. Hasta los regímenes más aparentemente “laicos”, si se puede utilizar esa palabra, se perciben la presencia, tantas veces opresiva, del islam. Se veía en el Egipto de Mubarak o en la Argelia de Buteflika, que después de una larga y cruenta guerra civil contra los salafistas, mantiene su identidad islámica. También se podría hablar de Turquía donde cada vez aumenta lo islámico al tiempo que disminuye lo democrático, como se ha visto recientemente.

Precisamente el drama argelino comenzó porque los militares no aceptaron los resultados de las municipales de 1992, que daban la victoria a los islamistas. En Turquía Erdogan se ha cargado prácticamente al ejército que, paradójicamente, era el guardián del laicismo. Era un círculo vicioso: con militares no hay democracia, pero sin ellos la deriva hacia el islamismo parece inevitable. En Egipto la situación es parecida, aunque no parece probable que vaya a suceder nada parecido a lo de Argelia. Lo que sí es seguro es que el país está condenado a una larga y profunda frustración. Si se imponen los más “secularistas”, por llamarlos de alguna manera, los islamistas no pararan en su actividad, preparando un nuevo triunfo, como ya hicieron en tiempos de Mubarak, que los persiguió, pero no pudo impedir que clandestinamente siguieran ganando adeptos. Si se volvieran a imponer los islamistas, en unas nuevas elecciones, lo que no se puede descartar en absoluto, dada la estructura del electorado, la crisis volvería a reproducirse. Y la medias tintas no funcionan: Ahí tenemos a esa facción islamista que se ha situado con los militares y a favor de la intervención militar, pero que le ha puesto el veto a el Baradei, por demasiado liberal, demasiado demócrata y demasiado occidentalizado. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

En un artículo publicado en 2007, Timothy Garton-Ash escribía: “Pase lo que pase en la transición posterior a Mubarak….yo apostaría por esto: Lo más probable es que el componente islámico en la legitimadora mezcla de dioses de la política egipcia aumente, no que disminuya. Si lo encuentran preocupante, sólo se me ocurre un flaco consuelo: con el tiempo, pasará. Puede que hagan falta décadas, pero algún día el islamismo se unirá a la fila de cinco mil años de dioses que fracasaron”. Se refería el columnista británico a la larga lista de dioses que se fueron sucediendo en el Egipto faraónico. Cuatro-cinco años después de escribir eso, Garton-Ash acertó plenamente con la caída de Mubarak en la mal llamada “primavera árabe” y con el triunfo de los Hermanos Musulmanes el año pasado. El consuelo que nos ofrece es, efectivamente, bien flaco. El islamismo está ahí y no va a desaparecer. Por eso algunos dicen que hay que meterlo en un futuro gobierno porque mantenerlo en la oposición, sobre todo si es clandestina, sería peor. Posiblemente no habrá más remedio, pero ese mix será difícil que funcione.. Pero no apliquemos a nada de eso nuestras categorías políticas ni manejemos en vano el nombre, ya tan gastado, de democracia. Aquello es otra cosa y lo va a seguir siendo durante mucho tiempo. Aunque unas elecciones de vez en cuando queden muy estéticas.
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