14 de junio de 2021, 13:04:33
Opinión


Islam y democracia, agua y aceite

Antonio Hualde


La imagen era sobrecogedora: cuatro adolescentes egipcios se encaramaban a una azotea, huyendo de una muchedumbre enloquecida que les perseguía con intención de lincharles. A pedradas, lograban hacerles bajar y, desgraciadamente, se cumplían las peores expectativas: los cuatro morían a golpes de la turba. Su delito, haber celebrado el golpe de estado por el que la semana pasada el ejército egipcio apeaba del poder a los Hermanos Musulmanes.

Aunque se inició en Túnez, Egipto se convirtió muy pronto en el referente de la Primavera Árabe. Hartos de la tiranía de Mubarak, la sociedad se echaba a la calle y lograba derrocar a un dictador que, entre otros, había reprimido durante años a los Hermanos Musulmanes. Eso les dio el fuste necesario para que muchos les prestasen su voto y así, por primera vez, el país tuviera un presidente islamista, Mohamed Mursi. Islamista, sí, pero con matices. El primero, un discurso más o menos moderado. El segundo, que muchos de sus votos venían de un sector de la sociedad que veía en los Hermanos Musulmanes la esperanza de erradicar la enorme corrupción que había en la era Mubarak. Más que voto integrista, era voto práctico.

Ocurre que, a veces, la teoría del voto útil falla, y Egipto es una buena prueba de ello. La lección es clara: nunca el integrismo islámico ha traído nada bueno. Y sin embargo, una gran mayoría de los que se oponen en Egipto al régimen fundamentalista son musulmanes. También lo son los turcos que han protestado durante semanas en Estambul por la islamización que está intentando llevar a cabo Erdogan, o los tunecinos que hace no mucho se echaban a la calle tras el asesinato de un líder laico a manos de islamistas locales.

¿Esperanza? Quizá. La actual concepción del Islam, prácticamente sin evolucionar desde tiempos de Mahoma, dificulta sobremanera su coexistencia con un régimen democrático. De hecho, no hay un solo país de mayoría musulmana donde se respeten los derechos humanos con todas las de la ley. Algunos se acercan más que otros, pero es un hecho que la calidad democrática de los países musulmanes deja mucho que desear. Sin embargo, tras los claroscuros de la Primavera Árabe parece atisbarse el impulso de una sociedad que, sin dejar a un lado sus creencias, quiere unas instituciones y una administración que funcionen como es debido. Aún es pronto para hablar de respeto a otros credos y de una mejora de las condiciones de vida de la mujer pero parece que, al menos, sí empieza a haber gente a la que importa más el progreso económico y social que las lapidaciones. Agua y aceite mezclan mal aunque, si se pone mucho empeño, acaban uniéndose. Inshallh.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es