25 de febrero de 2020, 7:15:39
Opinion


Gertrude Stein

Pedro González-Trevijano


La historia del arte, como acontece por lo demás con muchas de las actividades humanas hasta no hace demasiado tiempo, no puede construirse sin una apelación destacadísima al papel de la mujer. Pero es cierto que, incluso nuestras más sobresalientes evas, han ocupado casi siempre un lugar pasivo o secundario. El hombre, si dejamos al margen la posibilidad de que la ancestral pintura rupestre hubiera sido realizada también por mujeres, ha ocupado inequívocamente el protagonismo del proceso de creación. Aunque existen, por supuesto que sí, las inevitables excepciones: Sofonisba Anguissola, Tamara de Lempicka, Berthe Morisot, Marie Laurencin, Frida Kahlo…

Nuestras evas han pasado a la modernidad, sobre todo, por su relación más personal con los pintores; unos pintores, por supuesto entonces, varones. Sirva como mejor ejemplo el caso del promiscuo Picasso y su extensa ristra de mujeres, vinculadas además a sus distintos periodos artísticos: Fernande Oliver, Eva Gouel, Gavy Depreye, Olga Koklova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Francois Guillot, Genevieve Laporte y Jacqueline Rocque. Aunque ha habido algunas mujeres que supieron desplegar un papel más activo en el nacimiento y expansión del arte moderno. Destaca en este papel la norteamericana, de origen judío, Gertrude Stein, llegada a París en 1903 para complementar sus estudios de Psicología. A ella, junto a otras adelantadas a su época, Arletty, icono del cine francés durante los años cuarenta, Marie-Laure de Noailles, infatigable coleccionista de arte y de amantes, y Errieta Perdikidi, la nueva Penélope del Egeo, dedica su ultimo libro aparecido aquí a ese curioso e infatigable escrutador de su entorno, que fue James Lord, autor también de otros relatos sobre personajes del momento: Balthus, Los hermanos Giacometti, Some Remarkable

Pero hablemos, de nuevo, de Gertrude Stein, y su compañera inseparable Alice Toklas (su amante retratada por Dora Maar), una de las primeras descubridoras, junto a su hermano Leo (gran admirador asimismo de la pintura de Cézanne), del arte nuevo, y, particularmente, de Pablo Picasso, de quién llegaría atesorar una de las colecciones de más calidad del pintor malagueño. Así las cosas, no le falta razón a James Lord para señalar con rotundidad, que “donde estaban los cuadros, allí estaba Gertrude. Aunque casi nunca hablaba de los cuadros. Simplemente estaban allí.” Su casa, lugar de tránsito obligado para pintores, escritores y diletantes, como recientemente nos mostraba retrospectivamente Woody Allen en su película, Midnight in París, estaba situada en el número 5 de la rue Christine, tras mudarse del número 27 de la rue de Fleurus.

Nada más entrar en la vivienda, el invitado se daba de bruces con su colección de más de una docena de picassos y siete juan gris, además de algunas obras de sir Francis Rose y Marie Laurencin. Si bien, de entre todos, destacaba uno por derecho de propio: el soberbio Retrato que, realizado a lo largo de tres meses por Picasso en 1906, mientras su entonces amante Fernando Olivier le leía fábulas de La Fontaine, colgaba encima de la chimenea, y hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York. De la identificación de Gertrude con el lienzo dan prueba sus siguientes palabras: “Para mí, es mi yo, y es la única representación mía que para mí siempre es yo.” Y eso que el ambivalente y caprichoso Picasso no siempre trataba a nuestra heroína con delicadeza: “¡Esa furcia!; ¡La muy cerda!”

Sea como fuere, quizás no haya mejor forma de recordar a Gertrude Stein, que dejarse llevar por el ambiente descrito por James Lord, y ver, aunque sea reproducido el Retrato de Picasso. Y es que ya lo enfatizaba creídamente el pintor malagueño: “Todos piensan que ella no se parece en nada al retrato, pero no hay que preocuparse: al final, llegará a ser exactamente así”.
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