24 de agosto de 2019, 14:49:53
Opinion


El archivo de Arturo Barea va a Oxford

William Chislett


¿A quién “pertenece” el archivo de un escritor importante que murió en el exilio? ¿A su país de origen o al país que le dio refugio?

Es el caso de Arturo Barea, fallecido en Inglaterra en 1957 después de 18 años de exilio, autor de la trilogía “La forja de un rebelde”, el relato más esclarecedor y sincero de los primeros 40 años del siglo XX español.

Como parte de una campaña entre amigos y admiradores de recuperar la figura de Barea, incluyendo a Antonio Muñoz Molina, Javier Marías y Paul Preston, yo quería persuadir a la dueña del archivo de donarlo a la Biblioteca Nacional. Ya hemos restaurado en 2010 la deteriorada lápida en honor de Barea que puede verse en el cementerio de All Saints Church, de Faringdon, cerca de Oxford, donde vivió y murió el escritor. El 17 de agosto una placa en honor de Barea será instalada en la fachada de su pub favorito, en Faringdon, y sus libros publicados en inglés serán donados a la biblioteca del pueblo.



La dueña del archivo, que prefiere permanecer en el anonimato, ha logrado un acuerdo con la Biblioteca Bodleiana de Oxford (Bodleian Library, en su nombre inglés) para donar en 2015 13 cajas con fotos, cartas, el manuscrito completo de “La raíz rota”, su última novela, relatos, transcripciones de unos 800 emisiones del servicio de la BBC para Latinoamérica y, la joya para mí, la primera página de “La forja”, mecanografiada en papel biblia con una máquina de escribir Underwood que, al ser inglesa, no tenía tildes, de manera que Barea tuvo que añadirlas a mano con un lápiz azul.

El inicio de “La forja” es un precioso retrato de la infancia del escritor, cuya madre se ganaba la vida lavando ropa de soldados en el río Manzanares. “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados”.

También están su pasaporte británico (a Barea le concedieron esa nacionalidad en 1948) y su testamento.

La trilogía se publicó por primera vez en inglés durante la década de 1940 (traducida maravillosamente por Ilsa, su esposa austriaca) y no apareció en España hasta 1978. Parece que Ilsa se llevó el manuscrito original y completo de “La forja” a Viena después de la muerte de Arturo y nadie sabe lo que pasó con el ejemplar cuando ella murió en 1973.

Se ha hecho justicia con la donación a la Biblioteca Bodleiana, una de las más antiguas de Europa y la principal biblioteca de la Universidad de Oxford. Barea nunca regresó a España después de exiliarse primero en Francia en 1938 y luego en Inglaterra en 1939.

Además, el régimen franquista denigró a Barea. Entre las cartas que yo encontré en el archivo el año pasado estaba una escrita a Barea en 1951 por un periodista inglés que había recibido una queja de las “autoridades culturales de Madrid” por haber dicho en un artículo que Barea era un escritor español. “Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco. Me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial”.

En 1956, mientras viajaba por Latinoamérica por cuenta de la BBC, el régimen le llamó “el inglés Arturo Beria”, aludiendo así al jefe de seguridad de Stalin Lavrenti Beria, pero Barea nunca fue comunista.

Otra carta del archivo, enviada desde la editorial británica Secker & Warburg (la misma de George Orwell, que tenía en muy alta estima a Barea) instaba al español a remitirles urgentemente un duplicado de su libro Struggle for the Spanish Soul [La lucha por el alma española], ya que el original se había perdido cuando las bombas alemanas arrasaron en 1941 la imprenta que la editorial tenía en Plymouth. “Durante el bombardeo, no solo se destruyeron las existencias, sino las copias mecanografiadas, entre ella la de su libro”. Por fortuna, Barea había conservado una copia.

Creo que Barea habría querido dejar su archivo al país que le dio refugio y donde se sintió muy feliz y con la capacidad de escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores. No obstante, me habría gustado que viniera a España.
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