14 de junio de 2021, 14:34:53
Opinión


La realidad que yo quiero

Antonio Hualde


Pese a tanto Bárcenas, Bretón y ERE, la vida puede ser maravillosa. Y por si acaso lo olvidamos -la tentación es fuerte, desde luego-, basta con mirar a nuestro alrededor con ojos optimistas; más tarde o más temprano, algo bueno acaba pasando. Yo mismo he sido testigo esta tarde de un hecho que bien podía haberse sacado de una película de Frank Capra, aunque todo ha pasado en la madrileña calle Ponzano.

Ha sido un hecho imponente. Tanto como para olvidar la pesadilla de un fulano que, amen de ser un hortera -y encima más feo que Picio-, se ha dedicado durante años a amasar una fortuna con el dinero de millones de españoles honrados. Presuntamente, eso sí, no vaya a ser. El tal Bárcenas, por más señas, es el villano de moda, como en tiempos lo fue Roca en Marbella. La diferencia es que el ex tesorero del PP amenaza con levantar las alfombras del partido en el gobierno, y no las del ayuntamiento de un pueblo en la Costa del Sol.

Debajo de esas alfombras parece haber porquería -mierda suena mejor- para llenar cien vertederos. Y Rajoy, en vez de explicarse ante un país donde mucha gente lo está pasando mal, opta por esconderse donde le ordena Arriola. Casi mejor, por otra parte, porque cada vez que habla sube el pan y se aburren las almejas. ¿Es que nadie le ha dicho a este tío que para responder qué le parecen unos SMS curiositos, lo que no puede hacer es sacarse una hojita de cuaderno -¡Con el daño que están haciendo los cuadernos en el PP!- y leer un tostón de padre y muy señor mío?

Hablaba de un hecho imponente. Infinitamente más que la atrocidad cometida por un tipo al que ni nombraré porque asesinar a dos niños -para colmo, sus hijos- no merece una sola palabra. O que el escándalo cutre, canalla y chorizo de los ERE, donde una buena parte de la izquierda andaluza se lo ha llevado crudo y se han empleado fondos públicos para fiestas -en horario laboral, claro- con fulanas y cocaína. Por no hablar de una familia, la de Marta del Castillo, rota porque un puñado de niñatos le arrebató lo que más querían y ahora se ríen de todos, de la justicia la primera.

En estas, me vino a la cabeza el recuerdo de dos buenas amigas, profesoras de infantil que, no contentas con lidiar con “esos angelitos” durante todo el año, van a gastar el tiempo y el dinero de sus vacaciones en irse a Perú y Etiopía para seguir haciendo lo mismo. Eso también es realidad. Al igual que la chica que, emocionada hablaba por teléfono con una mano mientras la otra se la daba a su hija. A la niña, de unos cuatro años, se le iluminó la carita cuando vio la de su madre que, tras un expresivo “¡Muchísimas gracias!” y colgar, se la comía a besos y le decía “¡Mamá ha encontrado un trabajo!”. “¿Entonces ya no estás triste, mami?” No se qué es mejor, si la noticia de la madre o la reacción de su hija. A mí, personalmente, me puso una sonrisa Matutano -los de la generación de la EGB me entenderán- que aún me dura. En todo caso, insisto, este último párrafo es real como la vida misma. Al igual que los anteriores. A veces, Dios nos permite elegir con qué realidad queremos quedarnos. Y en ocasiones como ésta, la elección es tan fácil como gratificante.
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