22 de octubre de 2019, 21:04:30
Opinion


La España Barcenada

Enrique Arnaldo


Participé ayer en un curso sobre derecho del fútbol. Y no se habló de Bárcenas.

En las últimas semanas he tenido ciento veintiséis conversaciones con personas distintas. Y en todas se habló de Bárcenas.

Con toda seguridad ni los padres, ni los vecinos ni los compañeros de estudios ni nadie que le hubiera conocido, habría apostado un penique por la celebridad de Bárcenas.

Ha convulsionado la política española con su caligrafía dubitativa y su verbo titubeante. El hombre-orquesta ha conseguido que el país baile a su ritmo.

Atesoraba un arsenal militar del que ha gastado algunas balas, si bien no sabemos cuántas mantiene almacenadas y, sobre todo, si cuenta con un arma de destrucción definitiva. Tampoco lo saben los que diariamente se encomiendan a todos los santos y vírgenes que conocen para que no se publique un nuevo libro de contabilidad, un correo electrónico o una servilleta firmada.

En cualquier caso todo parece apostar a que Bárcenas tiene cuerda para rato y que dosifica sus balas, incluso da la impresión de que disfruta del sufrimiento de los que, hasta hace poco, consideraba sus amigos y que entiende que después de lo que ha hecho por ellos, le han dejado tirado como si fuera la pura escoria. Se siente un apestado, uno más de la larga lista de apestados que hubo un tiempo recibían abrazos, aplausos y parabienes de los compañeros (recuerden a Galeote, a Vera, a Naseiro, a Millet y tantos otros).

El hilo del que sale todo es el caso Gürtel, que comenzó a instruirse hace cuatro años y cuyo punto de partida fueron las grabaciones de un cabreado concejal pepero de Majadahonda, al que no le debieron reconocer debidamente los servicios prestados. En estos cuatro años se han momificado unos cuantos cadáveres, todos del club amigo, y articulado una asociación de cabreados abandonados que están convencidos de su inocencia absoluta pues nunca hicieron nada que no se supiera o consintiera o, al menos, habían proporcionado serios indicios de un elevado tren de vida repentino que habría que dar que pensar hasta a los menos listos de la planta.

La vía penal abierta tiene su recorrido pero no pensemos que el reproche jurisdiccional –que aún tardará bastante en ser pronunciado-, es la solución. Bárcenas es un ejemplar más de un sistema tan cínico que ni el más ingenuo puede creer. Con toda seguridad debe de haber en otros partidos quienes hagan el mismo trabajo pero a él le han pillado y al que era su partido presuntamente también.

La transparencia es un valor de excelencia democrática, pero hasta la fecha se ha impuesto el ocultismo, las medias verdades o directamente las mentiras pretendidamente piadosas, para salvar los muebles.

El hartazgo colectivo es mayúsculo pero, no se confunda la oposición, con todos. La regeneración sólo será posible desde la transparencia, abriendo las ventanas de par en par y renovando lo que haya que renovar. Pero no cabe incrementar el deterioro a fuerza de atrincheramiento. Es cierto que Bárcenas tiene una muy escasa credibilidad pero no vale limitarse a regarlo todo y punto, sobre todo, cuando se han de hacer matices.

Prudencia, sí. Valentía, también. Podría transformarse el eslogan que utilizó Mitterrand para su reelección en 1988 de “La fuerza tranquila” por “La valentía prudente”.
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