14 de junio de 2021, 14:22:22
Opinión


La dama que no se quiso levantar

Antonio Hualde


Detroit se muere. La que fuera orgullosa capital mundial de la automoción vive estos días el lado más amargo de la recesión, viendo cómo sus potentes fábricas de antaño se pudren, abandonadas. Ahora los coches se hacen más baratos -y más feos- en Asia. Pero aún quedan restos de un glorioso pasado. Allí, en el museo Henry Ford, vehículos de todo tipo hacen las delicias de los visitantes. Uno destaca sobre los demás. Se trata de un modelo de autobús urbano, perteneciente a la National City Lines, y en su interior se produjo uno de los hechos históricos de mayor relevancia en la lucha por los derechos civiles. En él viajaba Rosa Parks cuando fue arrestada en 1955.

La situación de los negros en Estados Unidos no era nada fácil hace apenas medio siglo. Especialmente en el sur, donde no sólo el Ku Klux Klan sino las autoridades locales y gran parte de la población cometían todo tipo de abusos de manera impune. Estaba en vigor la normativa de segregación racial, que impedía que blancos y negros compartieran espacio, reservando para estos últimos los peores lugares. En esta atmósfera una joven secretaria, Rosa Parks, cogía el autobús para regresar a su casa en la ciudad de Montgomery -Alabama-. Al subirse un hombre blanco, el conductor le dijo que tenía que levantarse para cederle su asiento, pero ella se negó. Semejante “delito” le costó la cárcel y una fuerte multa.

Rosa Parks conocía perfectamente las consecuencias de su acción, pero no vaciló. Estaba cansada de tanta injusticia, de tanta opresión, y dijo “basta”. Lo que quizá no calibró Rosa Parks fue la enorme repercusión de su gesto. De él se hizo eco un hasta entonces desconocido pastor de la iglesia bautista, llamado Martin Luther King. Inició un boicot contra los autobuses de Monatgomery que fue rápidamente secundado tanto por la comunidad negra como por algunos blancos que simpatizaban con el movimiento de los derechos civiles. Fue casi un año de tensión, agresiones físicas e incluso incendios -la casa de Martin Luther King y cuatro iglesias fueron atacadas con cócteles Molotov-, ante la indiferencia de las autoridades locales. Había personas que llegaban a caminar hasta 30 kilómetros diarios con tal de no coger el autobús de la infamia.

Un año después, en 1956, la Corte Suprema de Estados Unidos declaraba ilegales las leyes del estado de Alabama sobre segregación en autobuses. Era el primer paso. En 1960, cuatro estudiantes de Greensboro -North Carolina- entraron en la cafetería de los almacenes Woolworth y se sentaron en el lugar reservado para los blancos. Al día siguiente, eran ya 25, algunos de ellos blancos, y la cifra fue amentando. Como en el caso del boicot de los autobuses de Montgomery, las humillaciones y agresiones se repitieron, algunas con extrema violencia, pero de nada sirvió. La chispa que había prendido Rosa Parks espoleó no sólo a los “Cuatro de Greensboro”, sino a otras muchas personas con conciencia y sentido común, que consiguieron desterrar las miserables leyes segregacionistas. Hoy es un negro, Barack Obama, quien ostenta la presidencia de Estados Unidos, como colofón de una lucha que aún no ha terminado, pero cuyos logros serían sin duda menores de no ser por la valentía de una dama llamada Rosa Parks.
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