30 de noviembre de 2020, 2:53:59
Cultura

MEMORABLE ÉXITO EN MÉRIDA


Hécuba, de Eurípides: El discurso del odio

Rafael Fuentes


Hécuba, de Eurípides
Versión: Juan Mayorga
Director de escena: José Carlos Plaza
Escenografía: José Carlos Plaza
Iluminación: Toño Camacho
Intérpretes: Concha Velasco, José Pedro Carrión, Juan Gea, Pilar Bayona y María Isasi, entre otros
Lugar de representación: Teatro Romano de Mérida hasta el 11 de agosto y gira posterior

Acercar el gran texto de Eurípides a la sensibilidad del público actual podría haber tentado a revestir a las tropas griegas destructoras de Troya con los aderezos de cualquier ejército victorioso en las innumerables guerras de hoy: Afganistán, Siria, Chad, la selva amazónica, o esos otros conflictos no menos violentísimos repletos de episodios sin piedad provocados por el fanatismo o la codicia del narcotráfico. Habría sido una aproximación periodística de un texto clásico a la información audiovisual que recibimos día a día. José Carlos Plaza ha preferido mantener los sucesos de “Hécuba” en su punto de origen. Desde el ancestral escenario del teatro romano de Mérida resonaba como desde una cóncava eternidad el júbilo homicida de las tropas vencedoras, la aniquilación sangrienta que es la victoria, los laureles obtenidos a costa de los sacrificados, la devastación de los derrotados convertidos en trofeos humanos para mayor gloria de los saqueadores. No hizo falta envolver “Hécuba” de rabiosa actualidad para que esa atávica barbarie se abriese paso desde la noche de los tiempos y oprimiese el corazón de un público profundamente emocionado y consciente de la vigencia, aquí y ahora, de esa brutalidad inhumana que no deja de brotar una y otra vez en los instantes más insospechados.

¿La Historia la escriben los vencedores para su propia glorificación? A este tópico nos hemos acostumbrado con la inercia de las frases hechas, sin que se ajuste en más de un caso a la verdad, como ocurre en una cultura griega que examina los poliédricos intereses en juego en sus victorias, sin omitir sus autoengaños, su impiedad, su compasión ante el terror por ellos mismos inflingido, su culpa y su miedo a verse más adelante sometidos al mismo feroz trato que ahora proporcionan a los humillados y vencidos por la fuerza de las armas. El vencedor hoy puede ser vencido mañana.

Hécuba, la poderosa reina de Troya (o Ilión), ahora despojada de su riqueza, envejecida y rebajada a ser una vulgar esclava, con su familia pasada por las armas, va soportando, en una oleada inmisericorde, el encuentro con los protagonistas del desastre bélico. El fantasma de su hijo sin tumba, asesinado y arrojado al mar. El caudillo griego Ulises, que le transmite la exigencia de Aquiles del sacrificio ritual de su hija Políxena ante las tropas. El rey Agamenón que se lleva como trofeo sexual a su otra hija Casandra, sin que su cobardía logre impartir un mínimo gesto de justicia dentro de la desgracia. El adaptador de la obra, el dramaturgo Juan Mayorga, ha dosificado con mano maestra esta cadena de encuentros psicológicamente devastadores a la vez que endiabladamente complejos, que golpean con un ritmo implacable a la figura de Hécuba. En ocasiones, Mayorga ha potenciado aún más la pluralidad emocional de esos personajes creados por Eurípides. Es el caso de la ingratitud de Ulises, cínico conocedor de la barbarie de sacrificar a la hija de Hécuba y frío impulsor del holocausto por razones estrictamente políticas. O el soldado ejecutor de la orden, que se enamora de la bella desnudez de la doncella al mismo tiempo que le quita la vida con su cuchillo de carnicero.

Concha Velasco, en el dificilísimo papel de Hécuba, debe recibir uno por uno cada brutal golpe del destino con una desesperación que será superada por el siguiente, a la vez que con una reacción emocional que pone bajo control sus sentimientos con la frialdad necesaria para articular su venganza. El ritmo poderoso con que Concha Velasco va ascendiendo en estos dobles peldaños pasionales resulta auténticamente memorable. El estreno de “Hécuba” en Mérida evidencia que no está en el crepúsculo de su trayectoria como actriz, pues su interpretación de Hécuba indica un punto de inflexión ascendente, una madurez capaz de asumir los retos más exigentes y augura una sugestiva nueva fase donde encarnar personajes de fecunda entidad.

El espíritu vengativo originado por las intolerables sevicias de los vencedores, mucho más allá de la lógica militar de la guerra, acaba estallando con una vehemencia bárbara sobrecogedora. Con su dirección, José Carlos Plaza ha realizado una excepcional lección de teatro que da nueva vida a esta pieza clásica de Eurípides, hasta ahora más leída que representada en su integridad. La represalia de Hécuba es tan creíble como inadmisible. La obra ilumina de qué modo la venganza es muy distinta a la justicia desatando a su vez una espiral de venganzas cada vez más furiosas e inútiles.

La última gran enseñanza amarga de Eurípides apunta a que el discurso de los vencidos no siempre es justo, puede incluir un mecanismo tan inaceptablemente homicida como el del vencedor, y nunca el discurso del odio, venga de donde venga, conduce a ningún género de justicia.
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