22 de noviembre de 2019, 11:22:42
Opinion


¿Un nuevo Irán?



El cambio de presidente en la República Islámica de Irán ha despertado una gran expectación internacional. Tras ser elegido el pasado junio, el nuevo presidente iraní, Hasan Rohaní, ha jurado ahora su cargo en el Parlamento, pronunciando un discurso en principio conciliador y que parece destinado a comenzar una nueva y diferente etapa de las relaciones de Irán con el resto del mundo. Rohaní, un clérigo de 65 años, ha querido lanzar mensajes tranquilizadores, aunque dejando también claro que los iraníes no están de rodillas ni dispuestos a ser humillados.

Hasan Rohaní debe luchar contra la catastrófica herencia recibida de su antecesor, Mahmud Ahmadineyad, quien en sus ocho años de mandato –además de pronunciar perlas como que el Holocausto no existió- sumió al país en una economía ruinosa y en una pésima imagen internacional. Sobre todo, por la carrera armamentística desatada a partir de su ambicioso programa nuclear, que resultó tan insensata como extraordinariamente destructiva. A pesar de los supuestos motivos esgrimidos, Irán no necesita este armamento para defender su territorio ni sus intereses. El programa nuclear no le supone ningún beneficio, sino todo lo contrario, acarreándole lógicas sanciones y un total deterioro de sus relaciones internacionales.

Hasta ahora, el empecinamiento de Irán en ese programa, que quiere “vender” como de fines civiles, solo ha sido muestra de algo irracional, incontrolable y peligroso como es una voluntad de poder ejercida mediante la amenaza de destrucción masiva a manos de una república teocéntrica dominada por clérigos, a quienes mueve un fanatismo suficientemente probado en incontables ocasiones. Un cúmulo, pues, de factores para encender todas las alarmas, ya que la suma de tales ingredientes: voluntad de hegemonía internacional, fanatismo y alta tecnología, estuvieron en la base de todas las grandes catástrofes bélicas del siglo pasado.

Una de las cosas que ha enfatizado el nuevo mandatario en su discurso es que, en clarísima referencia a Israel, los iraníes no han perseguido la guerra con ningún país del mundo, y, aunque no mencionó expresamente el programa nuclear, habló de transparencia para sentar una premisa de confianza, y debe recordarse que Rohaní ejerció de negociador en ciertos momentos haciendo gala de temple dialogante. Su llegada al poder puede ser una nueva oportunidad para la política internacional de Irán. Es muy deseable, y habrá que estar atentos, que las palabras e intenciones de Hasan Rohaní se vayan confirmando como mucho más que mera retórica tranquilizadora o, en realidad, enmascaradora. La pelota está en su tejado.
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