12 de noviembre de 2019, 1:59:00
Opinion


Lágrimas sobre Egipto

Javier Rupérez


Un viento de locura ha derribado definitivamente las esperanzas que la caída de Mubarak, hace poco más de dos años, parecían dibujar en el futuro de Egipto. Y con ese malhadado viento, dicho sea de paso, las ilusiones que muchos se hicieron, dentro y fuera de los países árabes, al contemplar las prometedoras “primaveras”. En Túnez, en Libia, y quién sabe si mañana también Jordania, en el Líbano, en Irak y en algún que otro país del Golfo, Barein, por ejemplo, cunde el desánimo y la incertidumbre. Por no hablar de la declarada guerra civil que ya asola Siria y que seguramente traerá consigo cambios profundos en la distribución territorial del país y en la dinámica de toda la región. Los aficionados a la estrategia global añadirán al catálogo el futuro de Irán, tampoco exento de nubarrones en un contexto en donde lo que parece estar en crisis es la misma capacidad de la sociedades islámicas, árabes o no, para garantizar a sus integrantes un futuro de razonable y próspera estabilidad.

En Egipto, en poco más de dos años, la situación ha recorrido todos los puntos de la circunferencia política, en un trasunto trágico del eterno retorno: de la dictadura militar a la democracia representativa monopolizada, eso sí, por las fuerzas del islamismo político y de ahí de nuevo a la dictadura militar. Como si nada hubiera ocurrido desde que Gamal Abdel Nasser si hiciera con el poder tras un golpe militar hace ya mes de medio siglo. Cada una de esas apresuradas y fallidas etapas vividas al impulso de amplios movimientos populares: lo fue el que derribó a Mubarak, el que trajo Morsi al poder, el que he derribado a Morsi, el que ha traído a los militares de nuevo a la responsabilidad máxima del país. Dicen los más viejos del lugar que Egipto no es un país con un ejército sino un ejército con un país. Y los pregoneros del púdicamente llamado”gobierno provisional” que en este momento recorren apresuradamente las capitales occidentales para explicar que los militares no han tenido más remedio que hacer lo que han hecho, repiten machaconamente que los centuriones encarnan la única realidad institucional de ese conjunto de ochenta y cinco millones de habitantes. ¿Qué horizonte de viabilidad tiene una país cuyas alternativas se encuentran a caballo entre los generales y los predicadores de las diversas formulas de la “jihad”?

Una versión piadosa de la administración Morsi la califica de catástrofe en la gestión y de indebido apoderamiento de la realidad política y social por los islamistas. Tanto como decir un Mubarak montado en la chepa clerical. Con el agravante de la permisividad regalada a los elementos radicales de la cofradía: el Sinaí había vuelto a ser el nido de víboras radicales que solía, refugiando y albergando a la morralla terrorista que al grito de “Allah Abtar” mata a cuanto disidente encuentran por delante. No eran unos caprichosos los que en la calle, pidiendo pan y civilidad, acabaron con la égida del “hermano musulmán” subido a los altares. Posiblemente muchos de los mismos que por las mismas razones habían acabado con el reino de Mubarak. Pero los “hermanos” y sus seguidores, como estos días están demostrando, no están ayunos de seguidores, de armas y de ganas de convertir a todo Egipto en otra república islámica. Entre tanto, unos y otros, por designio o por desgana, practican el horrendo deporte de acabar con el cristiano. Esto, más que una guerra civil a dos, se parece a un revoltijo de encontrados afanes en donde al final el deporte consiste en ir todos contra todos. Qué pena.

Era lógico que el mundo occidental- y en particular los Estados Unidos- contemplara con aprensión y cautela la rápida sucesión de acontecimientos en un país de cuya estabilidad depende en gran medida la de todo el Oriente Medio –tanto como decir buena parte de la estabilidad mundial-. Por ello, aun a regañadientes, forzaron la salida de Mubarak, creyeron a contrapelo que Morsi interpretaba la voluntad popular y se mostraron silenciosos en la llegada al poder de los militares, evitando cuidadosamente calificar su acción de “golpe de estado” y calladamente esperando que trajeran orden y concierto a una situación cada vez mas desesperada. Pero quinientos muertos y miles de heridos superan con mucho las silentes esperanzas del neorrealismo estratégico: la matanza no tiene justificación, por más que los milicos aleguen -cosa por demás cierta- que los “hermanos” del Corán no se andan con chiquitas ni con pedruscos, sino con mortíferas capacidades de fuego adquiridas Dios sabe en qué mercado islamista de la muerte en el entorno de la vecindad. Ya son visibles en el Congreso de los Estados Unidos los deseos de acabar con la masiva ayuda anual dirigida a Egipto. La entrega de los últimos aviones de combate F16 ha sido suspendida y Obama acaba de anunciar la anulación de las maniobras militares conjuntas previstas para el mes de Septiembre. Pero la incógnita adquiere perfiles cada vez mas ominosos: ¿Y ahora qué? ¿Cuál es la próxima? ¿Cuántos muertos más habrá que poner en la cuenta de los unos o de los otros antes de contemplar la vuelta del país hacia una cierta normalidad?

Y por si fuera poco la trágica historia sorprende al mundo con unos Estados Unidos en pérdida de velocidad, una Europa capitidisminuido, un Islam crecido y una gobernanza mundial sin mucho norte ni orientación. Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que Egipto, cuna y origen de lo mejor que ha producido o recreado la civilización humana a lo largo de los siglos, era un lugar de sosiego, convivencia y creatividad. Era no hace muchos años cuando Lawrence Durrel reflejaba ese precipitado de sabiduría y humanidad en su “Cuarteto de Alejandría”, quintaesencia del refinamiento decadente y sofisticado de una sociedad multicultural, multilingüe, multireligiosa. Justamente lo contrario de lo que a su manera han venido mostrando Mubarak, Morsi y El Sisi. Hoy, quien más quien menos, estará sacando fuerzas de flaqueza, desde Washington a Bruselas, desde Nueva York a Berlín, para intentar poner remedio y atajo a la terrible sangría egipcia. Pero que nadie se engañe: nadie sabe cómo, cuándo y con quién este desaguisado tiene arreglo. Repitiendo las palabras de ElBaradei al dimitir de su puesto como vicepresidente del gobierno provisional al que había querido mostrar limitado apoyo con su nombre, solo cabe pedir a Dios “que tenga piedad de Egipto”. Todo lo demás es ahora una vacía especulación.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es