29 de julio de 2021, 18:43:18
Opinión


La cuestión alemana revisitada

Juan José Solozábal


Parece, a las puertas de las elecciones, buen momento para pensar en Alemania, revisando nuestra idea sobre la posición del gran país en la escena europea. En términos históricos, el estudio del juego de Alemania en la construcción de Europa es el objetivo del libro de Tony Judt , ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, que se acaba de publicar en España. Se trata de un volumen algo antiguo, data de 1996, de manera que no resulta útil como guía para la comprensión de la última crisis económica financiera, pero sí para el entendimiento de fondo del proyecto europeo, que Judt prefiere abordar desde planteamientos económicos y políticos, antes que propiamente ideológicos, pues le es difícil aceptar algo así, para entendernos, como una cultura europea o un patriotismo constitucional de este tipo. La Unión nace (CECA), tras la Segunda Guerra Mundial, como mercado libre común que permitiese el aprovisionamiento de carbón de Francia, del deseo holandés de contar con el mercado alemán, y el ansia de reconocimiento y aceptación por parte de Alemania. Y la Unión (las Comunidades) permanece contando con un pacto profundo, aunque no explícito, que permite el predominio económico alemán y la iniciativa política francesa. "La premisa tácita de las relaciones de Francia con Alemania Occidental era ésta: tú haces como que no eres poderosa y nosotros haremos como que no nos damos cuenta de que lo eres".

En el libro se tratan otras importantes cuestiones de las que ahora no podemos ocuparnos, como es el caso de la difícil incorporación de las naciones europeas del Este a una estructura cuya cultura adolece de un occidentalismo agobiante; o la defensa de los Estados-nación, como garantes de igualdad básica de todos los ciudadanos, denunciando la utilización de un supuesto europeísmo por parte de las elites independentistas nacionalistas de las regiones ricas, así Lombardía, Cataluña o Escocia, como patente erosionador de las estructuras políticas convencionales, cuyo mantenimiento le parece a Judt sin duda ventajoso. "Hay, dice, buenas razones para dejar de fomentar más subdivisiones de los Estado existentes, ya sea en nombre de la autodeterminación o del eurofederalismo".

El problema surge porque la reunificación alemana y la democratización de los países del Este, con la llegada de muchos de ellos a la Unión, hace difícil seguir manteniendo el equívoco de la posición germana en Europa, especialmente cuando, también por razones de carácter personal, no puede afirmarse la codirección de los líderes de Francia y Alemania, bien representada por Merkel y Sarkozy hasta hace muy poco. De modo que, como se hace en dos interesantes ,y recientes, análisis sobre la presente situación alemana, a saber, el del, por una parte, The Economist y, el del escritor y profesor británico Timothy Garton Ash en The New York Review of Books, es inevitable preguntarse si Alemania está dispuesta a sumir el rol político que se corresponde con su liderazgo económico.

The Economist habla de hegemonía reluctante, de liderazgo implícito o no buscado, que Alemania asumiría en la Unión Europea en todo caso algo a regañadientes, y Ash indica la preferencia del alemán medio por pertenecer a un país que ofreciese antes las gratificaciones de la comodidad y prosperidad de Suiza que el orgullo patriótico del Imperio americano. La imagen de esta hegemonía reluctante, innegable también como consecuencia del éxito en el tratamiento de la crisis frente a la situación doliente de otros países, es considerada críticamente en bastantes medios. Para numerosos observadores los remilgos alemanes son simplemente cinismo, pues los órganos europeos y los propios gobiernos acaban respondiendo sin vacilar no ya a las indicaciones sino a las meras insinuaciones de la señora Merkel, y una descripción verídica del funcionamiento de las instituciones europeas ofrecería un paisaje de cartón piedra realmente inmantenible. "Hoy en los pasillos y comisiones de Bruselas todo el mundo espera a ver por dónde irá Berlín. Antes los europeos compartían un asunto de preocupación: América. Ahora tienen dos: Alemania y América"

Hay voces muy autorizadas también alemanas que se pronuncian en tal sentido. En el artículo de esta mañana que se publica en la cuarta página de El País, Cuando las élites fracasan, se insiste en la necesidad de que Alemania lidere una reforma de la Unión que apodere a las instituciones a progresar en la unidad financiera, como paso anterior a la unión fiscal y, finalmente política. Jürgen Habermas, autor del artículo mencionado, en una importante conferencia en abril de este año en Leuven, ha tratado de teorizar las obligaciones de solidaridad de Alemania para aprobar transferencias a los Estados con problemas económicos, a la vista de la posibilidad de que los actuales receptores de la ayuda, si la oportunidad lo requiriese, se comportasen recíprocamente.

Me parece que hay que tratar de entender, no necesariamente compartir, o hacerlo en su totalidad, las razones de la resistencia a la hegemonía alemana. Sencillamente Alemania no está especialmente dotada para la dirección de las relaciones internacionales. Basta reparar en lo que evoca la misma expresión de líder, esto es, Führer, si por ejemplo se está pensando en una reunión de jóvenes dirigentes, como puso una vez de relieve Joschka Fischer. Pero sobre todo también operan razones institucionales internas que retrasan el protagonismo alemán en la transformación de la Unión, pues después de todo los Estados tienden a ver las estructuras comunitarias a la luz de su propio prisma político nacional. Desde este punto de vista, Alemania teme con la mentalidad federal un robustecimiento de los poderes comunitarios, que sea cual sea la reforma de la Unión, parlamentarizando su forma de gobierno o incrementando los poderes del Consejo de los Estados o incluso aumentando el control por parte de los parlamentos nacionales, parece inevitable. No hay que olvidar también que la intervención del Tribunal Constitucional controlando las decisiones comunitarias, por aberrantes que puedan parecer desde la lógica del derecho europeo, estableciendo una especie de "pase foral" absolutamente extemporáneo, se explican desde la propia lógica institucional interna del sistema político germano. Para asegurar que nunca volvería a haber un Hitler en el poder, se estableció no sólo, en la tradición, un poder dividido territorialmente sino una batería institucional de checks and balances, incluyendo, remata Ash,"una Corte constitucional muy fuerte".
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