25 de septiembre de 2021, 16:34:50
Opinión


Si lo de los bloques no lo hubiera hecho Gibraltar

Alicia Huerta


Hay relaciones que sólo pueden existir si una de las partes dice siempre que sí a la otra, se envaina los desaires como si fueran por su causa y mira para otra parte, haciendo la vista gorda, cuando lo que llega de enfrente tiene claros visos de afrenta pero no le está permitido tomárselo como tal. Existen en el terreno amoroso, en el laboral y, sobre todo, entre vecinos. Que ahora coloque el asunto de Gibraltar en este último plano, el de vecinos, sé que no me va a granjear muchas adhesiones. Tal vez, ninguna. Pero, pongamos, entonces, que hablo de Portugal. Y que me perdone Portugal, que dirá, con toda la razón del mundo, que porque precisamente a ella, silenciosa y austera, la mezclo en un tema que parece vivir de fuegos artificiales – y no es metáfora –, de verborrea innecesaria y de falta absoluta de sentido común. Lo de tomar a Portugal para hacer con ella un paralelismo de cómo deberían ser siempre las relaciones de vecindad, supone, como es mi intención, abstraerse de cuestiones de soberanía, sin que ello signifique, en ningún caso, que no las considere importantes.

Lo son, claro que sí, y, por eso, es mejor que las deje en manos de historiadores, políticos o diplomáticos. Así que, con su permiso y el de la amable tierra portuguesa, sigamos hablando sólo de vecindad, con independencia de si el vecino es un okupa o si paga una hipoteca o un alquiler. De si ha ganado el adosado en una rifa o acaba de heredarlo de un abuelo pirata. Me interesa más el perfil psicológico, o tal vez sociológico, del que linda con nosotros, de si se trata de individuos, países o entidades que no ven jamás más allá de su propia ganancia, con un interés que no entiende de los derechos de los demás y acaba tocando de tal modo las narices, que, al final, hasta el más socarrón, el más bueno, el más tonto, o como ustedes quieran llamarlo, va, y dice basta. Aunque, en realidad, no le guste tener que decirlo. Lo dice porque no le queda más remedio y, aún así, enseguida se siente culpable. A ver si me he pasado, se pregunta, y la única respuesta que encuentra es que llueve sobre mojado y que, para colmo, se le está metiendo con descaro la mano en el bolsillo. Hasta el mismísimo codo. Ejemplo supremo de hacer negocio con el sudor del de enfrente.

Si Gibraltar fuera Portugal. No, corrijo. Si Portugal hiciera alguna de las barrabasadas que se permite hacer a Gibraltar, no estaríamos tan divididos en este país a la hora de exigir unas reparaciones que emanan del sentido común. Los perjuicios económicos – por no hablar de los medioambientales – que se están produciendo por los 70 bloques de hormigón con pinchos que Gibraltar plantó una buena mañana en el caladero de los pescadores españoles es, sin duda, lo primero que habría que arreglar, pero también se trata, únicamente, de la punta de un iceberg que tiene su punto más constante en el contrabando. No sólo de tabaco. Aunque este sea el más visible, ese en el que se llevan años haciendo la vista gorda, con los guardias civiles de la aduana cansados de ver pasar a los archiconocidos matuteros, hasta cincuenta veces en un mismo día, cargaditos de cartones de cigarrillos sin impuestos para surtir al mercado negro. Y, claro, tanto mirar para otro lado ahora no se agradece, sino que indigna al indigno que protesta por la realización de unos controles que le fastidian el negocio. ¿Qué se habrán creído estos españoles?

Confieso, por otra parte, que echo en falta más pasión de los verdes a la hora de denunciar una práctica tan peligrosa y aberrante como el Bunkering, el repostaje de toneladas de fuel en pleno mar. Que la Naturaleza nos coja confesados. Salvemos a las ballenas, pero también a los camarones. Por encima de todo, salvemos al mismísimo mar sobre el que se pretende construir con rocas y arena traídas del terreno del país vecino, donde, mientras, seguimos sospechando de quien se mete con Gibraltar y se le acusa, señalándole con el dedo: ¡patriota, más que patriota! Pues no. Los tiempos piratas pertenecen al pasado y si hay un tratado que obligue a vivir puerta con puerta, al menos, que seamos todos aseados, respetemos las normas, sin estafar ni defraudar. Sin ponernos chulitos lanzando frases que reten a duelo al salir el sol. Gibraltar es un negocio para Gran Bretaña, pero, especialmente, lo es para ciertos emporios de oscuro objeto social que van a defenderlo con uñas y dientes, tiñéndolo de nacionalismo, escondiéndose detrás de las banderas, diciendo que les tenemos manía, que queremos echarles. Y España, durante siglos, ha sido más que respetuosa, en realidad, ha probado de todo: aislar, ignorar, visitar y ahora, por fin, poner límites. ¿Acaso se imaginan al Gobierno chino enfadándose a causa de la Operación Emperador y los millones de dinero negro incautados a sus ciudadanos en Cobo Calleja? Si no se tratase de Gibraltar, estaríamos de acuerdo en supervisar lo que pasa por nuestra frontera, en vigilar los impuestos que no pagan los ciudadanos extranjeros que viven, sin embargo, en España, así como en impedir la asistencia sanitaria que reciben en nuestro país sin contribuir en nada al sistema, controlando, al mismo tiempo, a las empresas fantasma con sede en un paraíso fiscal. Estaríamos de acuerdo en exigir, antes de nada, que se restituya a su estado anterior el caladero de pesca y en reclamar judicialmente las correspondientes indemnizaciones para los pescadores directamente afectados. Porque hasta las opiniones políticas, en este caso, deberían estar dominadas por el sentido común.
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