26 de julio de 2021, 15:11:36
Opinión


De verdugos e Historia

José Manuel Cuenca Toribio


Ni aun el más radical denostador de la dictadura franquista puede calificar la inolvidable película El Verdugo de flor de estercolero, ya que hubo muchas, para fortuna del séptimo arte, de su mismo allure. Ciertamente, directores como Berlanga o actores como Pepe Isbert convertían en oro todo lo que hacían y, también venturosamente para el arte cinematográfico y la cultura española, trabajaron a destajo en un régimen con más ojos que Argos para vigilar un terreno de especial peligrosidad para sus principios y orientación. El talento nunca se rindió en el Viejo Continente ante despotismos y opresiones, salvo muy exiguas excepciones, entre las que no se contó por suerte la aludida.

Crítica tan sagaz y honda de la pena de muerte y de no pocos aspectos del sistema, sus numerosos espectadores jamás pudieron sospechar que el trasunto de carne y hueso del genial Pepe Isbert estuviera sometido en la España del segundo franquismo a una labor estresante por lo stajanovista. Sin embargo, así era, si hemos de asentir a lo descrito en una serie televisiva de la mayor audiencia en las sobremesas del estío acabado de dejar atrás. Según sus guionistas –que dispusieron del envidiable asesoramiento histórico de un sobresaliente contemporaneísta-, ya incluso en la prodigiosa década de los sesenta el garrote funcionaba a pleno rendimiento, teniendo como sus principales víctimas a los seguidores del comunismo, “bestia negra” entre las no pocas poseídas por el peculiar catálogo de la dictadura. A lo mejor la crónica judicial de la época contiene todavía secretos no desvelados por la minuciosa investigación a que ha sido sometida del lado de estudiosos muy acreditados y los archivos nos deparan en este campo sorpresas en verdad no esperables y ni tan siquiera factibles.

En cualquier caso jamás podrán cuantificarse en la medida antedicha, pues de haber dido así., ni la sociedad occidental más conformista y maniatada habría permanecido al margen y silenciosa frente al terrible fenómeno. Naturalmente, los caminos de la ficción son libres y novelistas y narradores gozan plenificantemente de los derechos de autor más absolutos para construir sus argumentos e historias, incluso de las escritas con h mayúscula. Ya se ha recordado que en la ocasión que nos ocupa, ésta tuvo un representante del más alto coturno; mas una experiencia por desgracia muy contrastada demuestra que, cuando menos en nuestro país, los consejos y pautas de los especialistas en las diversas etapas del pasado no siempre ni mucho menos son aceptados por los directores de filmes y seriales mediáticos, que reclaman a menudo su última responsabilidad ante la bondad –léase cuota de mercado o, más bien, en este extremo, share, el monstruo más aterrador en el mundo hodierno de la prensa, radio y de la grande y pequeña pantalla…- del producto. Por varios motivos semeja inferirse que esta reclamación alcanzó cotas muy elevadas en el caso volanderamente glosado.

En una dimensión más trascendente su comentario moroso propiciaría la reflexión acerca de las relaciones entre las musas y, en general, entre arte y saberes o disciplinas sociales –que no ciencias, por muy ahincadas que sean las posiciones de sus innumerables defensores-, en particular, la patrocinada por Clío. Conforme es sabido y padecido, en España son singularmente viscosas en detrimento del público y aun de ellas mismas. Así, el cotejo con lo que acontece en naciones de nuestro ámbito cultural conduce indeficientemente al pesimismo, que, por supuesto, no ha de ser antropológico sino coyuntural, a la espera de que las próximas generaciones muten, en uso de su libertad y poder creativo, escenario tan penoso.
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