23 de agosto de 2019, 2:44:08
Opinion


Una roca dura de roer (y III)

Alejandro Muñoz-Alonso


Es una pena que,históricamente, la diplomacia española, en sus tratos con los británicos, no supiera hacer suya una vieja frase de Churchill, no tan viejo cuando la pronunció, en 1934, en un momento en que ya los nazis se configuraban –en su avezada visión- como unaseria amenaza: “Ninguna nación que desempeñe el papel que desempeñamos en el mundo y que aspire a seguir desempeñándolo, tiene el derecho a situarse en una posición en la que pueda ser chantajeada”. Nada hay peor para un país, en efecto, que dejarse chantajear a lo Chamberlain. Pero no todos tienen redaños para impedirlo.Eso requiere, muy en primer lugar, estar orgulloso de su país, de su historia, de su cultura y de su papel en el mundo. Y a una buena parte de los españoles les divierte más poner a parir, a su país y su historia y, en el colmo de la estupidez, jugar a las nacioncitas. Ahí tenemos aesos “patriotas” de ERC felicitando a ese crecido alcalde de pueblo que es Picardo, como Sabino Arana cuando la pérdida de Cuba. Toda una serie de circunstancias que explican por qué ha sido tan fácil, históricamente, chantajear a España, en la cuestión de Gibraltar y en otras.

El catedrático Ricardo García Cárcel ha expresado magistralmente esta misma idea en un reciente y brillante artículo: “El estigma de Utrecht no es la propia cesión de Gibraltar como precio del final de una guerra ni siquiera lo es la interpretación interesada que los británicos y los gibraltareños han hecho del texto de aquel Tratado. El auténtico estigma es que, trescientos años después, nada se haya aprendido de lo que significó Utrecht: los costes de la fragilidad del Estado, las divisiones sectarias, la nula autoestima nacional”. Desgraciadamente, no hemos aprendido. Y los otros se aprovechan, con la connivencia de muchos de dentro. No hay más que ver el discurso de la izquierda en este asunto. Pero, ¿sólo en éste? Contesten ustedes. De los nacionalistas no hablo porque desde su comprobado odio a España, ¿qué se puede pedir y qué se puede esperar?

Los trece años de cierre de la verja (1969-1982), a que me refería en el artículo anterior, tuvieron resultados diversos y contradictorios. Por una parte, la ausencia de los trabajadores españoles fue suplida con marroquíes o de otra procedencia pero Gibraltar le empezó a costar dinero a Londres, algo que evidentemente no le entusiasmaba. La ruptura de la relación entra el Peñón y su entorno –que cumplía estrictamente con lo acordado en Utrecht- contribuyó, por otro lado, a britanizar más intensamente a la población. Los llanitos dejaron de ser, en buena medida, paletos que apenas si sabían hablar inglés, y ahora estudiaban en Inglaterra a la que viajaban con frecuencia. Pero como Gibraltar costaba dinero, desde Londres se decidió que había que dejarles que se las arreglasen como quisieran y pudiesen. Ahí está la raíz de su conversión, a costa de España, en un escandaloso y multiforme paraíso fiscal.

Franco había intentado dinamizar económicamente el “Campo de Gibraltar” creando, en plena época desarrollista, en los sesenta, un “polo de desarrollo” y hasta se llegó a hablar de una provincia diferenciada, desgajada de Cádiz. Pero todo quedó en nada y la diferencia de las rentas medias entre los dos lados de la verja siguió siendo abismal, sobre todo porque la parte rica lo era –lo es- a costa de los españoles. Si el tratado de Utrecht se aplicara estrictamente, hace tiempo que la colonia habría dejado de serlo. Pero parece que hay un implícito consenso en que Utrecht es un vejo texto que ya no sirve. ¿En qué se puede basar entonces la ocupación de pequeño territorio que, obviamente, forma parte de otro país. ¿Cómo puede haber consentido España que lo que era una simple fortaleza, una guarnición militar, se haya ido convirtiendo en un territorio con “sociedad civil”? Lo hemos intentado explicar en los artículos anteriores. Los ingleses son como son y los llanitos también, pero los españoles hemos sido, históricamente, torpes y casi siempre débiles, por las razones que he apuntado al principio de esta columna. Y cuando lo hemos sido menos nos ha faltado cabeza y, seguramente también, una calculada dosis de mala leche.

Colocado a la defensiva por Naciones Unidas y tras el cierre de la verja, el Reino Unido reaccionó “otorgando” una constitución a Gibraltar (julio de 1969) –como hacían los reyes a principios del siglo XIX- en cuyo preámbulo se establece que el Reino Unido no tomará ninguna decisión sobre Gibraltar en contra de los deseos de su pueblo expresados libre y democráticamente. Negro sobre blanco, se creaba un pueblo de la nada. Esa es la posición británica actual y oficial, a la que Cameron –no muy lúcido en todo este asunto- se agarra, con mentalidad idéntica a la de Lord Salisbury en el siglo XIX. ¿Le ha informado alguien de los compromisos británicos para abordar la cuestión de la soberanía? Aquella “constitución” no se atrevióa hablar de autodeterminación, porque la ONU no reconoce tal hipotético derecho a los llanitos. Ahora, sin embargo, sí lo hacen y la autodeterminación se ha convertido en el gran lema de los gibraltareños: ¡También ellos se quieren autodeterminar! Pero que no les quiten Sotogrande, claro, ni el uso gratis de la sanidad española.Dejar de ser parásitos no entra en sus cálculos.

Fernando Olivié, comentando las intermitentes conversaciones entre Madrid y Londres, las proposiciones no de ley aprobadas en el Congreso de los Diputados y las Declaraciones de Lisboa y de Bruselas –que justo es decirlo, no han producido ningún resultado- escribe que los españoles “cayeron ingenuamente en la trampa tendida por la diplomacia inglesa, trampa consistente en incitar a España a ganarse el aprecio de los gibraltareños para que de odiar a nuestro país pasaran a amarlo y consintieran así en que algún día la soberanía sobre el Peñón fuera devuelta por Inglaterra a España. Ni ese día llegará nunca en las condiciones actuales –concluye Olivié- ni Españatiene por qué hacer nada para que llegue”.Pero, desgraciadamente, todavía hay muchos por aquí que creen que lo que hay que hacer en pasar la mano por el lomo de los gibraltareños, a ver si un día se amansan un poco. La teoría del apaciguamiento y de la “rendición preventiva” sigue teniendo muchos adeptos.

La más interesante propuesta que ha hecho España en los últimos tiempos fue la idea de una co-soberanía indefinida pero no definitiva, que podría durar, incluso, todo el siglo XXI y que concluiría con la lógica reintegración de Gibraltar en España. Esa propuesta la hizo Abel Matutes, como ministro de Exteriores,en 1997, pero los ingleses no quieren ni oír hablar de nada semejante, por razonable, sensato y generoso que pudiera parecer. El tándem socialista Zapatero-Moratinos propuso, como se sabe, la “trilateralización” de las conversaciones que sentaba a Gibraltar al mismo nivel que España y que el Reino Unido. Le dieron a Gibraltar una soberanía de facto, que nunca ha tenido ni el más remoto derecho a reclamar y sustituyeron la tesis de “dos banderas, tres voces” (se escuchaba a los gibraltareños como parte de la delegación británica) por las de “tres banderas y tres voces”. Con un par. Una claudicación sin sentido que mereció este comentario del profesor Areilza Carvajal: “Del mismo modo que se ha dicho que tres palabras del legislador convierten bibliotecas enterar en basura, este acuerdo hace lo mismo con más de cincuenta años de diplomacia española, sin que ningún interés justifique tal giro”. Y es que, como hemos escrito en otro lugar, “la política exterior del Gobierno Zapatero ha tenido el apaciguamiento como estrategia y la rendición como táctica ocasional”.

TheEconomist –que defiende, por supuesto, la posición británico-gibraltareña- se enorgullece de que Gibraltar, “como una economía a lo tigre” ha crecido un 30% en los cuatro años transcurridos desde 2008. Lo que no dice es que ese crecimiento –si es que es el real- se debe a que Gibraltar es un escandaloso paraíso fiscal (ellos lo denominan low-taxparadise), que vive parasitariamente pegado a España, con el contrabando, el blanqueo del dinero negro, el juego on line, el “bunkering” y otras lindezas, como santo y seña de su identidad “nacional”. En su pabellón podrían poner con pleno derecho la calavera y las tibias sobre fondo negro porque todo eso es piratería. Si se quiere de cuello blanco, pero piratería. Jamaica, descubierta por Colón y colonizada por España, nos fue arrebatada por los ingleses a mediados del siglo XVII pero fue, durante mucho tiempo, un reducto de piratas, protegido por Albión. Gibraltar está en esa tradición.

¿Qué hace la UE que, en cuanto puede, se rasga las vestiduras ante la sola idea de que pueda existir en su territorio un paraíso fiscal? Pues, que sepamos y por el momento, mirar para otro lado y templar gaitas, que son comportamientos que se le dan muy bien. Es curioso, además, que con tantos pueblos como los ingleses han dejado abandonados, después de haberles oprimido, eso sí,“imperialmente” –Hong Kong sería un caso entre otros muchos- de pronto les haya brotado ese intenso afecto por los llanitos y sus “deseos”, como dice su otorgada constitución. Pero, ¿cuáles son esos “deseos”? Pues se pueden resumir muy fácilmente: Vivir a todo tren a costa de los españoles y, además, prácticamente en casa de éstos. No hay un caso semejante de parasitismo internacional. Su gran aportación al derecho internacional es haber llevado el movimiento “okupa” al ámbitode las relaciones entre Estados. Y que a Londres todo eso le salga gratis.

Geopolíticamente, Gibraltar ya no tiene ningún valor. Todavía hay algún despistado que habla de la importancia del eje Baleares- Estrecho- Canarias. Pero eso, que tuvo su interés durante la Guerra Fría, hoy carece del menor sentido. Sobre todo cuando el Mediterráneo ya no es el Mare Nostrum, aunque sea, de nuevo, nuestra frontera con el “gran magma islámico”, por utilizar una expresión de Ortega y Gasset. También ha declinado la era del Atlántico –aunque siga siendo el puente entre las dos partes del mundo occidental- y vivimos en plena vigencia del espacio Asia-Pacífico. En ese contexto, Gibraltar es un viejo residuo del pasado imperial inglés y nada más. En su puerto no puede siquiera recalar el decrépito “Illustrious” –que en poco tiempo irá al desguace- y tiene que hacerlo en Rota. Porque, ahora, Rota y Morón, cumplen de sobra con las funciones que antaño eran las de Gibraltar. La defensa occidental se puede pasar sin el Peñón. Aunque todavía he oído a algún tertuliano, de esos que nos le acompleja exhibir a diario sus ignorancias, que decía no hace mucho que el problema de Gibraltar no se resolverá “porque la comunidad internacional (¡nada menos!) no permitiría nunca que el norte y el sur del Estrecho, estuvieran controlados por el mismo país”. Pero en las tele-tertulias se oyen tantos disparates y tantas sandeces que, una más, tampoco importa mucho. Lo peor es que ninguno de los allí presentes le pidió que no dijera tonterías.

Descartadas las aberraciones zapatero-moratinianas, ahora, más razonablemente, Rajoy y su ministro de Exteriores, García-Margallo, proponen dos niveles de negociaciones, las relativas a la cuestión de la soberanía, que son exclusivamente bilaterales, España-Reino Unido, y las que se ocupan de temas ordinarios como la pesca o el medio ambiente, que se podrían hacer a cuatro bandas, España-Reino Unido-Gibraltar-Junta de Andalucía: Dos banderas, cuatro voces. España y el Reino Unido son socios en la Unión Europea, aliados en la OTAN y, a veces, se añade que amigos. Personalmente creo que esto últimono es válido. La nación británica no tiene amigos.Muchos de nosotros, a título personal, tenemos y apreciamos amigos británicos. Pero de nación a nación las cosas son muy distintas. En Inglaterra sigue vigente la frase de Palmerston a mediados del siglo XIX: “Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes. Sólo son permanentes sus intereses”. Trescientos años después de consumarse la vergüenza de Gibraltar, los ingleses han demostrado sobradamente que, en sus relaciones con nosotros, sus socios y aliados, hay intereses –los suyos, porque los nuestros no les importan- pero ninguna amistad. Porque a los amigos no se les hacen determinadas…faenas.Otro gran político europeo, de Gaulle, lo expresó así: “Un hombre puede tener amigos, una nación, jamás”. Justificaba así su compleja y accidentada, pero duradera, amistad con Churchill y su permanente animadversión a “los anglosajones”, que le habían hecho objeto, también a él, de múltiples perfidias.
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