15 de diciembre de 2019, 4:39:58
Opinion


¿Por qué José Ignacio Wert no dice la verdad?

José María Herrera


Hace dos años, en Septiembre de 2011, escribí un artículo con el mismo título que el de hoy. Lo único que cambiaba era el nombre propio. Entonces se trataba de la señora Aguirre, a la sazón presidenta de la comunidad de Madrid, quien acababa de ampliar el horario lectivo de los profesores de secundaria, una medida que luego el gobierno Rajoy generalizó al tiempo que endurecía sus condiciones de trabajo y rebajaba sus salarios. La señora Aguirre afirmó en aquel momento que los profesores no se podían quejar por trabajar veinte horas a la semana en vez de dieciocho. Un taxista o un empleado de banca quizá ignoren que el horario docente incluye otras horas no dedicadas a la enseñanza, pero Aguirre fue ministra del ramo y no podía desconocerlo. ¿Qué pretendía con su media verdad? Confundir a la opinión pública. A fin de justificar su medida, que podría haber explicado apelando a la ruina provocada por la pésima gestión de los recursos del país, prefirió desacreditar a los funcionarios de la enseñanza, esos cuyo prestigio decía defender con vagas campañas publicitarias.

El señor Wert parece educado en la misma escuela. En vez de esperar las críticas por sus medidas, arremete contra aquellos que podrían discutirlas. Vulgarmente llamamos a esto “provocación”. Sabe, por ejemplo, que hay mucha gente opuesta a su reforma y que el otoño será caliente. ¿Qué hace él? Decir que esas previsibles protestas son fiestas de cumpleaños comparadas con las movilizaciones de los países de nuestro entorno. ¿Qué movilizaciones?, se pregunta uno mirando a Francia o Alemania. Pero el ministro se refiere, vaya usted a saber por qué, a México y Chile, dos países en donde los docentes ocultan sus rostros tras un pañuelo y salen a la calle armados porque hace meses que nos cobran sus sueldos de miseria. Aquí no hemos llegado a eso, pero en vez de celebrarlo, Wert bromea con la flojera reivindicativa de los afectados. Al parecer es de los que cree que una protesta pacífica –unos catalanes que se dan la mano- es una payasada, un happening, una fiesta de cumpleaños. Las protestas sólo son serias cuando van acompañadas de cargas policiales y muertos. Se diría que nuestro ministro sueña con masas hobbesianas de profesores y alumnos avanzando hacia su despacho con idea de defenestrarlo.

Yo no creo en la reforma del señor Wert y no creo porque, como escribí aquí en Enero, no es una reforma, sino un mero meter las manos en el albañal y removerlo. Esto no significa que odie al ministro y, como sus detractores, vea reflejada en su expresión facial la malignidad de un tipo que se está vengando de todo lo que le hicieron en el patio del colegio cuando era un niño gordito. La táctica de la oposición de acusar unas veces a los miembros del gobierno de hablar en exceso y otras de no hacerlo nunca (me refiero al señor Rajoy, cuya asombrosa capacidad para desmaterializarse conocen todos los españoles) no me parece bien. En cambio, detesto el uso que hacen de las cifras. Si hay algo peor que la imprecisión es la exactitud en la imprecisión. Este es otro rasgo del estilo Wert. Desde hace meses lleva haciendo malabarismos con las becas. En vez de reconocer abiertamente que no hay dinero para mantener el sistema creado en la época de la burbuja, prefiere engañarnos con datos equívocos, una estrategia de confusión en la que hoy están implicadas la totalidad de las administraciones. Naturalmente, las cuentas no salen. ¿Han reparado ustedes en el anuncio de los formidables ahorros que se van a hacer en pensiones sin mermar el poder adquisitivo de los jubilados?, ¿y no les recuerda esto el milagro de los panes y los peces?

La plantilla de profesores (especialmente de secundaria) ha disminuido este año una barbaridad. El ministro, por supuesto, no le da importancia. Se ve que no es él quien tiene que vérselas cada día con una masa de narcisistas llenos de testosterona. Para su función le basta con leer los datos que alguien ha escrito en un folio y sacar conclusiones. Si tenemos tantos alumnos y tantos profesores, y dividimos unos por otros, el resultado es la ratio escolar del país. La cosa maravilla porque, tras hacer la operación, resulta que en España hay un profesor por cada docena de alumnos. ¿De qué se quejan entonces? Piensen otra vez en el taxista o el empleado de banca. Cuando oyen de boca del señor Wert el dato que acabo de darles, seguro que piensan: ¡cómo viven los profesores! Ambos ignoran que no todos se dedican a enseñar (la gestión de los centros, la orientación psicológica o el reciclaje pedagógico son también tarea suyas) y que un instituto o una facultad no son como un colegio, donde al maestro se le asigna un grupo (jamás doce niños, sino el doble o el triple, niños con azogue en las venas, no somnolientos diputados), sino que cada profesor va de clase en clase explicando su materia, lo que quiere decir que en vez de los doce discípulos ideales del señor Wert le tocan ciento veinte reales (o más). El ministro, por supuesto, sabe cómo son las cosas realmente, lo sabe, pero no tiene empacho en introducir la confusión a costa del prestigio de los funcionarios a su cargo. Es la técnica “tierra quemada” del político español, un estilo execrable que explica porqué cuesta tanto aquí resolver los problemas.
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