17 de septiembre de 2021, 9:54:58
Opinión


Reaparecen los nazis con compañía

Ricardo Ruiz de la Serna


Hace unos días, un grupo de ultraderechistas atacaron la librería Blanquerna, que comparte edificio con la oficina de representación de la Generalitat de Catalunya en Madrid. Hubo algún herido, algunos daños materiales y una victoria propagandística para los nazis, fascistas y ultras de diversa procedencia que poco a poco van ganando la atención de los medios de comunicación y del público. En el país que fue refugio de León Degrelle y Ante Pavelic, ser nazi empieza a ponerse de moda. Bueno, en realidad sería más correcto decir que vuelve a estar de moda porque, por desgracia, los nazis jamás dejaron de estar ahí, en los márgenes de la sociedad, infiltrados en instituciones, empresas y medios de comunicación, esperando para regresar a la escena. Ahora creen que está llegando su momento.

Por supuesto, aún no se llaman nazis aunque poco a poco se van atreviendo a utilizar denominaciones que suenan parecidas (por ejemplo, socialistas nacionalistas). Se van atreviendo a hablar abiertamente de raza y de pureza racial. Niegan la existencia del Holocausto. Odian por igual a los judíos y a los musulmanes, a los gitanos y a los homosexuales. Son xenófobos y parecen europeístas, pero la Europa que les seduce es el continente soñado por Adolph Hitler, es decir, un lugar de pesadilla.

La crisis está dando alas a las formaciones radicales de toda Europa. Desde los ultras de Marine LePen a los neonazis de Amanecer Dorado o el Jobbik húngaro, los partidos antisistema de ultraderecha tratan de encontrar una estrategia común que les permita ir ganando escaños en los parlamentos nacionales y en el Europeo así como representación en los distintos niveles de gobierno. Ya tienen cierto poder local en Francia e Italia y lo están ganando en otros países. En España, ya han logrado algunos concejales aunque sigue divididos entre organizaciones nacionales y otras que operan regionalmente como sucede en Cataluña. El odio al inmigrante, la culpabilización de la democracia, el nacionalismo disfrazado de patriotismo y la acción directa impregnan una propaganda que ha encontrado en internet el terreno más propicio.

Organizados en torno a clubes de fútbol, gimnasios, empresas de seguridad privada y conciertos de rock nazi, jóvenes desencantados nutren las filas de un movimiento que aún es minoritario pero que va creciendo. Las condenas de grupos como Hammerskin y Bloog & Honour han mostrado los vínculos que mantienen con organizaciones racistas, y supremacistas de Europa y los Estados Unidos. Desde España, a su vez, se genera propaganda que llega a Iberoamérica y alimenta a los movimientos nazis de Chile, Argentina, Colombia. Parte de estos movimientos se identifica con lo más siniestro de la Historia reciente de América: las dictaduras militares, las desapariciones, las torturas…

Lo más preocupante es la infiltración que los radicales han hecho en partidos políticos y organizaciones democráticas. Tal vez hayan visto ya las banderas preconstitucionales, los brazos en alto, los símbolos nazis en fotografías tomadas como si fuesen juegos. Hasta un sindicato anarquista descubrió hace algunos años que en sus filas se habían infiltrado ultraderechistas. Hacen guiños a las organizaciones de inspiración católica y alguna de ellas los ha acogido en su seno porque –al parecer- cualquier “promuerte” es bueno si se declara “provida” y “antigay”.

Para estos ultras, la lista de culpables de los males de España es numerosa y va desde el Rey y los partidos democráticos hasta los extranjeros y los demócratas moderados. Imagínense que no se salvan ni algunos falangistas que, a juicio de los nazis, no son lo bastante racistas para salvar Europa. Esto ya ocurrió en el pasado pero ahora la Historia parece repetirse. Blanquerna no es la primera librería que estos bárbaros asaltan: una librería judía de Toledo ya sufrió la brutalidad de los antisemitas hace algunos años. Algunos dirán que se trataba de atacar una representación de la Generalitat como si eso justificase algo.

Frecuento Blanquerna. Amo profundamente a Cataluña y por eso me siento desgarrado por lo que los nacionalistas están haciendo con nuestro pueblo, es decir, con España. Ahora bien, nada justificará jamás el proyecto totalitario que los nazis, los fascistas y sus amigotes ultras de distintos pelajes están acometiendo so pretexto de salvarnos de la crisis, de los políticos, de los nacionalistas, de los extranjeros y, en fin, de nosotros mismos. Me repugna su ideología racista, xenófoba, violenta y fundada en mil mentiras que jamás serán verdad por mucho que las repitan. Me subleva el secuestro que pretenden hacer de España y de todo lo que su nombre debe representar en el mundo. Cada vez que esos ultras hablan de España, mancillan su nombre y su memoria.

Debemos reaccionar frente a esta aparición de los nazis y sus amigos. El futuro no pasa por volver a las ideologías del odio que destruyeron España y Europa entera. El racismo, la xenofobia, la homofobia, el antisemitismo, el odio de clase inspiraron los mayores horrores del siglo XX. No es momento de negar el problema sino de resolverlo. La democracia debe defenderse con firmeza de aquellos que pretenden destruirla desde sus propias instituciones.

Como decía el rabino Fackenheim, debemos evitar dar a Hitler una victoria póstuma.

Debemos hacer frente a sus sucesores.
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