24 de agosto de 2019, 6:12:18
Opinion


Walter Starkie: un erudito y trovador ambulante

William Chislett


Hay hispanistas de todo tipo. Uno de los más eruditos y exóticos fue Walter Starkie (1894-1976), quien escribió muchos libros sobre España y era una especie de trovador ambulante, dedicado al estudio del pueblo gitano. Recorría caminos y carreteras con su violín, que consideraba el equivalente al Rocinante de Don Quijote.

Su vida y obras, desgraciadamente olvidadas, han sido recuperadas en un fascinante libro, Walter Starkie: An Odyssey (“Walter Starkie: un odisea”), escrito por Jacqueline Hurtley y que será publicado el mes próximo por Four Courts Press en Dublín.

Starkie, cuya ambición era ser violinista clásico y que estudió Clásicas e Historia en el Trinity College de Dublín, fue atraído a España en los años 20 por sus gitanos (después de escribir sobre ellos en Hungría). Fue el primer catedrático de español en el Trinity y el primer representante cultural en el British Council (1940-54), en el Madrid de posguerra, una institución que contribuyó a impedir que el régimen de Franco se involucrara en la Segunda Guerra Mundial, del lado de Hitler.

Entre otras obras, Starkie escribió dos libros de viajes por España –Spanish Raggle-Taggle [Aventuras de un irlandés en España] (1934) y Don Gypsy [Don Gitano] (1936) – y Spain: A Musician’s Journey through Time and Space (1958), además de traducir El Quijote. Sus libros son prácticamente imposibles de encontrar hoy salvo en sus primeras ediciones originales en inglés, si bien la Diputación de Granada publicó en 1985 Don Gitano, con prólogo de Antonio Muñoz Molina, y Espasa publicó en 2006, Aventuras de un irlandés en España, dedicada al Duque de Alba, con prólogo de Ian Gibson. Vivió sus últimos años en Madrid (en la planta 15 de una torre en la calle Princesa) cuando yo lo conocí.

Starkie, católico y conservador, es hiper romántico: adopta numerosos disfraces en sus viajes y tiene el talento de los irlandeses para charlar (muchas de las conversaciones que aparecen en el libro son casi increíbles). Viajó por España antes de la Guerra Civil. En Aventuras, llama la atención sobre la situación de la nobleza tras la instauración de la República en 1931. “Hay casi tantos españoles como franceses en la Côte d’Argent; toda la noblesse espagnole se ha establecido ahí y observa con aire melancólico Fuenterrabía, al otro lado de la bahía”. Starkie se solidariza con el clero, sin hacer mención de los privilegios ni el poder de la Iglesia. Había pasado en una ocasión de Hendaya a Fuenterrabía en el bote de un viejo pescador vasco que le contó que los curas estaban huyendo a Francia “llevándose, ocultos en la sotana, ornamentos de la iglesia”.

La imagen que pinta Starkie del país durante la República, con frases que describen “muchos pueblos arrasados en los que antes vivían héroes orgullosos”, es invariablemente negativa. Su siguiente libro, Don Gitano, se publicó un mes antes del alzamiento de Franco, y el texto, a veces, parece profético.

Con su amplia red de contactos y su conocimiento de España y el catolicismo, Starkie era persona gratísima en los círculos franquistas y se encontraba en una posición ideal para establecer el British Institute en el Madrid de posguerra. El régimen puso como condición que el director del Instituto fuera católico, cosa complicada para un país predominantemente protestante como Gran Bretaña, y más en tiempo de guerra.

Por su excéntrica imagen pública, Starkie pudo haber sido de gran utilidad para el servicio secreto británico. En el libro de Hurtley figura una fotografía fascinante que muestra a Starkie en diciembre de 1938, en el bando de Franco, en el frente del Ebro, donde la temperatura era de 18 grados bajo cero. Junto a él están el espía británico Kim Philby y otro corresponsal de guerra. Philby, que en la foto tiene la cabeza vendada tras un accidente en el que murieron otros tres periodistas, era un doble agente. Le habían reclutado los rusos en 1930 (acabó huyendo a Moscú en 1963). En el pie de foto no se dice que Starkie sea un corresponsal de guerra como los otros dos; qué hacía exactamente en esa situación es un misterio.

Starkie creó en el British Institute de Madrid una atmósfera propicia para las relaciones hispano-británicas, con tertulias, música, conferencias, exposiciones y la promoción de libros británicos. La embajada utilizaba su piso de la calle del Prado como refugio para presos de guerra y judíos huidos.

Pío Baroja visitaba el Instituto con asiduidad, igual que el futuro Premio Nobel Camilo José Cela, quien, con motivo del décimo aniversario de la muerte de Starkie, en 1986, leyó un relato breve que había escrito para la ocasión, titulado El violín de don Walter. “Don Walter distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona, los vinos de dos cepas hermanas,” escribió Cela.
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