16 de noviembre de 2019, 23:28:41
Opinion


Los Whatsapp los carga el diablo

Alicia Huerta


La vida ya era en general bastante complicada y, más en concreto, lo eran las relaciones sociales, especialmente las de carácter romántico, antes de que llegara a nuestras vidas el Whatsapp, que, en todo caso, y como suele ocurrir con infinidad de cosas, bien utilizado – o lo que es igual, con la cabeza en su sitio – resulta de una comodidad e inmediatez indiscutibles. Lo que sucede es que cada persona conforma su propio universo, y si ya resulta peliagudo intentar saber lo que alguien piensa mirándole a los ojos o de qué manera interpreta nuestras palabras mientras le cogemos la mano, qué no podrá ocurrir cuando la comunicación se realiza, fundamentalmente, a través de mensajes que, igual que lo que pasa en Las Vegas, deberían quedarse sólo en Whatsapp.
Pero, claro, a los humanos nos dan un hilo y lo primero que se nos ocurre es hacer con él un intrincado nudo. Qué digo uno, si pueden ser cien, mucho mejor. ¿O no? De modo que, en vez de ceñirnos a los límites lógicos de este servicio de mensajería instantánea, nos dedicamos a explotarlo a lo borderline para, en realidad, poner a prueba cosas tan relativas y delicadas como la amistad, el compañerismo e, incluso, el amor. ¿Acaso nos hemos vueltos majaras?

Estos días se ha hecho público el resultado de un estudio elaborado por CyberPsychology and Behaviour Journal, según el cual, alrededor de 28 millones de parejas han roto por culpa de Whatsapp. ¡¿En serio?! Todavía no sé si preguntar o exclamar llena de perplejidad. Y mi asombro no es consecuencia del alto número de parejas que hayan reconocido en el mundo que la culpa fue del chachachá - perdón, del Whatsapp -, sino de que podamos creer convencidos que toda esa caterva de parejas viviría en la actualidad comiendo perdices si no hubiera irrumpido en sus vidas el invento de Jan Kum y Brian Acton, para hacer añicos sus sueños, sus románticos planes de futuro, en definitiva, su relación, que, desde luego, no era en la confianza en lo estaba basada. El citado estudio señala, además, a dos funciones de esta herramienta de comunicación como responsables máximas de la epidemia de rupturas sentimentales: la posibilidad de ver la hora de la última conexión de un usuario – que la compañía de Silicon Valley se apresuró a cambiar para que cualquiera pueda optar por que nadie lo vea – y el doble check, es decir, un acuse de recibo digital que, en todo caso, aunque muchos no lo sepan o no quieran saberlo, supone, únicamente, que ambos terminales, emisor y receptor, se han conectado, pero no que el mensaje haya sido efectivamente leído. Algo así como aquellas arcaicas hojas rosas unidas a los sobres que traía el cartero a casa. Bastaba que un portero en extremo diligente o un vecino irresponsable, o con mala uva, firmara la dichosa hojita, para que el remitente pudiera demandarte transcurrido el plazo fijado en la ley desde su presunta lectura por parte del destinatario, quien, a lo mejor, se encontraba a cientos de kilómetros de su buzón.

Me cuesta pensar que el amor sea tan endeble, que pueda depender a tal extremo de esas dos rayitas que recuerdan al visto bueno con el que los profes marcaban los trabajos de clase. Está bien, admito que tendré que empezar a reconocer la posibilidad de que la tecnología sea también capaz de cambiar la intensidad de los sentimientos, la veracidad de los compromisos, el valor de lo demostrado más allá de las palabras escritas en momentos, a veces, muy poco afortunados. Porque, con independencia del excesivo control al que pueden llevar estos sistemas o al hecho de que la desconfianza encuentre en estos medios una diabólica aliada, al final, ¿no está el infierno, lo mismo que el cielo, dentro de nosotros? Lo expresado oralmente puede borrarse, matizarse, incluso, con un repentino cambio de tono, una modulación de la voz, una risa a tiempo. Lo escrito, por el contrario, permanece para siempre: frases cripticas o simplemente frías, en ocasiones regurgitadas, que quedan ahí inclementes, acusándote de algo de lo que, quizás, te has arrepentido una milésima de segundo después, justo cuando la yema del dedo ya ha acariciado el teclado: “Enviar”. Resultado: demasiado tarde. Y más vale que uno no intente arreglarlo añadiendo más madera – ¡esto es la guerra! – y se decida, en cambio, a llamar por teléfono – aún existen – para ofrecer las aclaraciones oportunas. Un consejo, si me lo permiten, déjense de guasapear cuando arrecie tormenta, tengan un día marrón o acaben de despertarse y todavía no se hayan tomado el café. También, al final del día, cuando, derrumbados en el sofá notamos cómo las neuronas ya andan poniéndose el pijama, a no ser que sea para teclear simplemente “Buenas noches”.
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