30 de julio de 2021, 0:52:25
Opinión


De la Barcelona que fue entre la historia y la política (III)

José Manuel Cuenca Toribio


La alusión en el anterior artículo al gran modernista francés P. Vilar –acaso el hispanista galo de mayor paralaje-geografía, literatura, economía, historia- y, singularmente, de más lúcida empatía con su objeto de estudio entre los de su país- conduce de manera obligada, pero, a la vez, muy constrictiva a indagar la vía de penetración española proseguida por el marxismo renovado de la postguerra mundial. Siempre particularmente ardua y muy proclive a la polémica, como ya se dijera a propósito de la prehistoria del tema que nos ocupa, la cuestión de los orígenes peralta aquí su dificultad. A la espera de investigaciones que se hacen, por desgracia y un punto inexplicablemente, demasiado de desear, no es arbitrario colocar el mojón inicial de dicho camino en la Catalunya de los 50. Sin disputa posible, en la región a la cabeza de todas las restantes del país, la renovación historiográfica de fond à comble traída por el IX Congreso de Ciencias Históricas celebrado en París en 1950 y al que asistiese, con inembridable emoción, el recién llegado a su cátedra de Barcelona Jaume Vicens Vives, halló en éste un encendido apóstol. Aunque sin un enfoque preponderantemente materialista y ni tan siquiera visible en la mayor parte de los integrantes de la escuela de de los Annales consagrada a escala mundial en dicho evento, es lo cierto que su singular atracción por los aspectos socio-económicos del acontecer humano implicaba por parte de la comunidad académica una reivindicación cuando menos de aspectos parciales del método dialéctico. Hincado en su concepción cristiana y humanista de la existencia colectiva e individual, conforme refrenda irrefragablemente su opera minora, pero de eco más extenso -su colaboración en la famosa y hebdomadaria revista barcelonesa Destino-, el autor de Industrials y Politics, consciente de la revalorización del método marxista en la Europa de la guerra fría, auspició y reforzó la inclinación por él de algunos de sus alumnos más sobresalientes.

De este modo, Josep Fontana Lázaro obtuvo, a través de la mediación de su maestro y brillante currículo, una beca en una Universidad británica. Allí, no obstante lo fugaz de su estadía, ensanchó y aquilató su conocimiento del método marxista, no tardando en aplicarlo en toda regla en uno de los primeros de sus muchos trabajos que mereció el premio de su aparición en los ya muy prestigiosos Cuadernos de Historia Moderna, publicados y dirigidos por el dinámico Vicens Vives desde su botadura en 1954.. Sin que fuera la entrega de la tabla de las diez leyes mosaica –y nunca así lo pretendiera uno de los fundadores más descollantes del contemporaneísmo hispano de la segunda mitad del novecientos-, tal estudio revistió singular trascendencia en la formación de los modelos de análisis que hoy y desde hace décadas patrimonializan el desarrollo de la historiografía española en todas sus áreas y vertientes –podría seguramente extenderse tal afirmación al conjunto de los estados iberoamericanos. Si la visión prevalente, cuando no exclusiva, que hodierno reina en nuestro país acerca del hombre, la historia y las sociedades de cochura netamente horneada por el marxismo o, si se quiere, por un progresismo de ancha y declarada deuda con él, una de las fechas principales de su nacimiento se registra en el lance señalado.
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