5 de diciembre de 2021, 15:25:32
Opinión


El tamaño



Es posible que al leer el título de este artículo hayan pensado “sí importa” o “no importa”. Hay palabras que, como decía el lingüista rumano Eugenio Coseriu, son solidarias con otras y nos llevan por sus propios caminos. “Garrafal” nos lleva a “error”, y “prohibido” y “amor” desaparecen juntas de la mano por el sendero del jardín, sin que sepamos cuál tira de cuál. Otro lingüista, Lakoff, pedía a sus estudiantes que trataran de no pensar en un elefante blanco, solo para comprobar la exacta imposibilidad de que no lo hicieran. Las palabras nos llevan a otras palabras, a imágenes, a recónditos rincones. Redes, llama a esos caminos otro lingüista, Ignacio Bosque, con su diccionario. Lo gracioso es que “tamaño” siempre nos lleva a lo mismo. ¿Importa o no importa?

En el ayuntamiento de Madrid acaban de poner un cartel de Cristiano Ronaldo en calzoncillos para una campaña publicitaria. Aunque el cartel estuvo solo el jueves, resulta bastante simbólico que el ayuntamiento erija en su patio de luces una figura del delantero en calzoncillos. Sobre todo, cuando esa figura mide quince metros. ¿Importa que el tamaño de la foto del delantero en calzoncillos alcance los quince metros?

Es conocido que muchos delanteros de fútbol, sobre todo delanteros del fútbol moderno, son bajitos. Frente al rematador de cabeza antiguo, que convertía cada córner o cada falta en un salto y en un posible gol, se ha impuesto estos últimos años el modelo de delantero pequeño, compacto, que ratonea entre las caderas y las rodillas de los contrarios para llegar a la red casi con la pelota entre los pies. El delantero antiguo la pateaba más desde lejos, o la impulsaba con la cabeza; el moderno, se empeña en llevarla hasta la misma red, de donde la saca ufano, como si fuera suya, mientras corre hacia el centro del campo. Lo cierto es que no es lo mismo un Cristiano Ronaldo de tamaño real que un Cristiano Ronaldo de 15 metros. Y mucho menos en calzoncillos, sobre todo unos calzoncillos que le dan un aire entre caravaggiano y hombre/gamba de la serie Futurama. Soy consciente de que es posible que a esta última asociación contribuyan los músculos marcados como en un comic y el corte de pelo. Y la abultada geometría de los calzoncillos, que hace pensar en esos postizos para las posaderas que las brasileñas pusieron de moda y que también existen para la ropa interior masculina.

Los ídolos siempre han tendido a tener un gran tamaño. De hecho, el tamaño grande ha sido una de las formas de mostrar y demostrar poder. Los reyes y emperadores se han alzado, se han subido en escalones, poyos y tarimas. A algunos emperadores del lejano oriente hasta se les prohibía posar el pie en el suelo. Los líderes volaban sobre el resto de los mortales, como dioses. También son conocidos líderes pequeños que han intentado parecer más altos. El último de ellos, Sarkozy y sus zapatos con alzas (¿de veintiún centímetros?); hay casos menos políticos: Prince, el príncipe del “soul” y nuestra princesa consorte, los dos con sus tacones tan lejanos, por poner dos ejemplos que no se diferencian tanto, si uno le da más de dos vueltas.

Otra forma de aumentar el tamaño de una persona sin necesidad de auparla físicamente ha sido representarla de un tamaño desmesurado. Los budistas que son una religión muy asociada con el vacío y las pequeñas cosas en Japón, construyeron en el templo Todai-ji, en Nara, un Buda gigante de bronce como demostración de su poder. Las grandes figuras nos impresionan, aunque, sean de personas reales o imaginarias. Nos impresionan aunque la tengan pequeña o casi no la tengan, como el David de Florencia.

Y esto ocurre porque, como Freud diría, las figuras en sí suelen ser fálicas, por lo que no necesitan tener nada más. El David es buena prueba de ello. De la misma forma, una mujer de mármol no necesita ni piernas ni brazos. Ni siquiera cabeza. Solo un pedestal y un trasero suficientemente elevado. Lacan fue un poco más allá. Las figuras muestran el poder de lo simbólico. Y lo simbólico tiene más poder que lo real, simplemente porque es más real.

Muchas veces, el hombre que ha alcanzado cierto grado de fortuna económica se compra un coche grande como forma de mostrar su estado y su poder. O la casa grande, o la finca o el barco grandes. O el caballo. Y esa muestra es más importante para los demás que el simple hecho de tener la fortuna. Una fortuna sin símbolo carece de efecto. De ahí el efecto de las figuras de gran tamaño, de ahí su poder. Hablando de poder, Madrid ha sufrido una merma estos últimos meses. Rechazado por el comité Olímpico internacional, Madrid, de la mano de algunos periodistas e intelectuales, se ha replegado en una meditabundia muy hispana desde el 98. Resulta que ahora Madrid es sucio, que los indigentes de Madrid se empeñan en rebuscar en la basura pesar de la mala imagen que eso produce y, sobre todo, resulta que a Madrid le falta un gran símbolo para ser ciudad de primer nivel. En los artículos en los que se trata este último tema, siempre se hace referencia a la torre Eiffel de Paris. Quizá a algunos les gustaría que Madrid hiciera como Tokio: que construyera una réplica de la torre Eiffel, pero un metro más alta. Así quizá ganábamos. Desde fuera, todas esas críticas apuntan a una cosa: tras el rechazo olímpico, Madrid ha perdido su colita. Y la culpable es la alcaldesa, una señora que no habla bien inglés y que en sus fantasías olímpico-eróticas bebe café con leche. De ahí, de esa terrible merma, la figura de Ronaldo en el ayuntamiento. Cristiano Ronaldo, ese delantero con pies de bailarina, perfil efébico y ademanes de paramilitar vestido por Hugo Boss, es la colita que le faltaba a Madrid. Una colita de quince metros y un aire a lo hombre/gamba de Futurama.
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