14 de noviembre de 2019, 7:26:40
Cultura

crítica de ópera


Inesperado éxito de [i]The Indian Queen[/i]: las apariencias engañan


Este martes se ha estrenado en el Teatro Real, con un inesperado éxito, la nueva versión dramatúrgica y escénica realizada por Peter Sellars de la semi-ópera inacabada del compositor británico Henry Purcell.


No se respiraba anoche en el coliseo madrileño una atmósfera demasiado propicia al principio de la velada: podían apreciarse butacas vacías - lo que es muy poco habitual en las noches de estreno – y ya antes de empezar se escuchaban comentarios dubitativos acerca de la “nueva conquista” de Mortier, principal inspirador de esta producción de The Indian Queen llevada a cabo por el director de escena Peter Sellars, famoso por “meter mano” en las obras, sin miedos ni precauciones, hasta dejarlas casi del revés. No, definitivamente, los presagios del estreno eran igual de temerosos que los exhibidos por los cuatro bailarines que inauguraban el escenario representando a los dioses mayas. Burr Johnson, Takemi Kitamura, Caitlin Scranton y Paul Singh ejecutaban las danzas rituales en una escena oscura y desnuda, a excepción de un pequeño mural del artista plástico mexicano Gronk, el primero de los muchos que, poco a poco, irían apareciendo como parte de la minimalista escenografía que habría de acoger la historia de “la reina india”. Una trama que gira, sí, sobre el violento choque de culturas, razas y religiones que se produjo cuando los españoles llegaron a América, pero que trata, sobre todo, de amor.

Podría ser precisamente esta, una trama de raíces histórico-sociológicas que esconde en su interior un drama romántico y pasional, la primera apariencia engañosa. Parece improbable, en todo caso, que Purcell estuviera pensando en el amor no correspondido de una mujer cuando empezó a escribir la que sería su última semi-ópera – género que en la época alternaba escenas habladas, cantadas e instrumentales –, porque partía de la obra homónima del poeta y dramaturgo John Dryden que evocaba la América fantástica y alegórica con su selva misteriosa de ultramar y sus dioses paganos. Pero Purcell falleció repentinamente a los 36 años, antes de poder finalizarla, y fue su hermano Daniel quien editó una versión póstuma de la misma, añadiendo piezas sueltas de Henry y una mascarada final de su propia autoría. De modo que no podemos saber si, al final, Purcell hubiera introducido ni siquiera un pequeño esbozo del núcleo sentimental del argumento que ahora ha elegido Sellars para hacer aquello que mejor sabe y a lo que nos referíamos al principio, es decir, poner la obra patas arriba. Dicho esto en el mejor de los sentidos, a pesar de los presagios y en vista del resultado. El director estadounidense ha quitado, primero, todo aquello que fue añadido a The Indian Queen y que no era de Henry Purcell, para “llenar las lagunas” con otras piezas e himnos compuestos por el compositor barroco aunque no formaran parte de la ópera. Y, a continuación, ha realizado un nuevo libreto con textos de la novela “La niña blanca y los pájaros sin pies” de la escritora nicaragüense Rosario Aguilar.



Pero Sellars no se detuvo ahí. Lo siguiente fue añadir personajes diferentes a los de la obra original y crear una nueva dramaturgia, cuyo objetivo era dar voz a las mujeres durante esa fundamental parte de la Historia. ¿Cómo vivieron las mujeres, conquistadas y conquistadoras, nativas y recién llegadas del viejo mundo, aquellos hechos? No hay muchos datos, porque las crónicas oficiales de la época fueron escritas por hombres y nada dicen acerca de las indígenas o de las colonizadoras. Y es esto, en realidad, lo que acaba decantando el interés hacia una obra en la que las pausas y los silencios juegan, lo mismo que la música, el baile, la declamación, el canto y el teatro, un papel primordial. Recurre para alcanzar su objetivo a tres mujeres muy distintas: doña Luisa, es decir, la reina india; doña Isabel de Bobadilla, llegada desde España para acompañar a su esposo; y, por último, Leonor, hija de la reina indígena y del conquistador español, que personifica el mestizaje del nuevo mundo y a quien interpreta la convincente actriz y cantante puertorriqueña Maritxell Carrero, encargada, además, de los textos hablados extraídos de la citada novela de Aguilar.

Otra falsa apariencia llega a raíz de la unión entre Teculihuatzin, la reina indígena, y Don Pedro de Alvarado, el conquistador español. Porque la mujer que ha de convertirse en doña Luisa alberga la secreta misión, e intención, de conquistar al conquistador y luego utilizar la valiosa información para ayudar a la lucha de su pueblo contra los invasores. Pero ya sabemos que en el turbulento río de los sentimientos, la mayoría de las veces el pescador acaba siendo el pescado. Así, doña Luisa, a quien da vida una magnífica, actoral y vocalmente, Julia Bullock, se sorprende de la intensidad con la que se enamora de Alvarado, a quien ida voz y vida de manera excepcional el tenor Noah Stewart, y muere de amor – esa enfermedad de la que asegura huir en vano porque “yo misma soy mi propia fiebre y mi dolor” –, después de darse cuenta de que no puede evitar que él siga luchando cruelmente contra su pueblo y echando de menos el lugar donde nació. No es la única que padece: doña Isabel, (Nadine Koutcher), aunque al parecer con menos violencia o, quizás, solo con mayor resignación, sufre viviendo aislada en un lugar que le es ajeno, mientras su marido, el capitán general y gobernador don Pedrarias Dávila (Markus Brutscher), ha dejado de ser el que era cuando vivían juntos en España.

Es en la segunda parte, cuando los sentimientos se intensifican y los hechos “históricos” pasan a un segundo plano, el momento en el que la obra conquista por fin a los espectadores a los que la primera parte, de casi dos horas de duración, había dejado una sensación tremendamente irregular a causa de una escena que iba cargándose de manera paulatina con los tópicos mensajes de siempre, que ya ni provocan, y en la que no resultaba nada fácil entrar. Ni, por lo tanto, quedarse: el entreacto, poco antes de las diez de la noche, dejaba algunas butacas vacías más. Aunque, quienes se marcharon acabaron perdiéndose, por desgracia, el sabroso gusto concentrado del guiso que se había ido preparando a fuego, eso sí, demasiado lento. Un menú con entrantes difíciles de digerir y que, desde luego, había costado terminarse, pero que, finalmente, había merecido la pena. No sólo por el trascendental y trágico sentido que acaba tomando la obra o por sus fantásticos intérpretes, entre quienes destacan también los contratenores Vince Yi y Christophe Dumaux. Fue el Coro de la Ópera de Perm (MusicAeterna) el más premiado por el público, al que había cautivado con sus sublimes y poderosas interpretaciones. Aclamaciones de bravo, asimismo, para la Orquesta de la Ópera de Perm (MusicAterna), ayer en el foso a las órdenes de la batuta de quien es su fundador y director, el griego Teodor Currentzis, quien también fue intensamente premiado cuando subió al escenario al término de la primera de las ocho representaciones que tendrán lugar en el teatro de la Plaza de Oriente hasta el próximo 18 de noviembre. Únicamente Peter Sellars no pudo evitar que le llegaran los abucheos de aquellos aficionados que, ni siquiera al final, se habían quedado convencidos con una producción que dilata en exceso la profundidad, arriesgando peligrosamente la posibilidad de quedarse solo en esas apariencias que tantas veces engañan.
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