12 de diciembre de 2019, 18:21:47
Opinion


Pensiones, un cambio de largo alcance



El sistema de las pensiones es uno de los pilares del llamado Estado de Bienestar. Su origen se remonta a la alianza entre el conservadurismo y el socialismo reformista de la Alemania de Bismark y Lassalle. Su desarrollo fue primero lento, pero a partir de los años 30 y, especialmente, tras la II Guerra Mundial, llegó hasta donde podía hacerlo. E incluso más allá. Pues una combinación entre su propia naturaleza y los cambios demográficos han mostrado las limitaciones del sistema de reparto. Ha sido como una gran ola, poderosa y de lento desarrollo, que nos ha hecho avanzar en estos años, pero que no hemos sabido parar a tiempo.

Cuando se concibió, se fijó como edad de jubilación la que se correspondía con la esperanza de vida. Aquéllos que lograban superar a la media lograban los beneficios pagados por quienes no la alcanzaban. Con el desarrollo económico, el baby boom llenó las arcas de la Seguridad Social en España como en otros países, según se fue incorporando al mercado de trabajo. Hoy esa generación lleva una década jubilándose, y pasa de ser un activo al principal pasivo. Ello, con una esperanza de vida que no ha dejado de crecer, por lo que la balanza de las pensiones se ha ido corriendo hacia una posición en la que sólo alcanzará el equilibrio, es decir, la sostenibilidad, con mayores contribuciones y menores beneficios.

En el pasado, el sistema público ofrecía grandes beneficios para los afortunados que llegaban a disfrutar de él. Hoy, según los expertos, la rentabilidad del sistema de pensiones ronda grosso modo el uno por ciento; nada que el mercado no pueda batir con facilidad. Las previsiones a futuro son peores cada año que pasa. De modo que la sociedad tiene que despertar y asumir que si quiere aunar crecimiento y futuro, tiene que hacerlo complementando el sistema actual, que muere un poco cada año, con unos ahorros genuinos que se añaden a la riqueza de la sociedad y sostendrán el nivel de vida futuro. Empeñarse en negar la realidad de los números conduce a la melancolía y al desastre: nadie a logrado jamás sobrevivir a una rebelión contra las matemáticas.
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