16 de septiembre de 2021, 13:44:25
Opinión


Periodismo y política: una guerra sin fin

Joaquín Vila


La cuestión de fondo que se dirime ahora en España, o una de ellas, es la libertad de expresión. No es fácil describirla. En Periodismo hay una máxima: las opiniones son libres; las informaciones, sagradas.

Pero ocurre, que la batalla entre tendencias políticas, las líneas editoriales de ciertos medios, algunos que se tildan de periodistas, sin serlo, convierten la libertad de expresión en un mejunje en el que todo cabe: se insulta, se calumnia, se agrede, se humilla a gente inocente sin que nadie pueda impedirlo. Y se amparan en la libertad de expresión. E insisto, se puede opinar, pero no mentir.

Mejor no hablar de los programas “rosas”, en los que la intimidad es una broma. Se inventan infidelidades, agresiones, acosos…sin que nadie pueda demostrarlo. Pero ya sabemos de qué va. Y por ilegal y repugnante que resulte, no es ése el mayor problema.

El problema consiste en que hay medios, aparentemente serios, que arremeten contra políticos o empresarios basándose en unos papeluchos pasados en una cafetería o en un banco del Parque del Oeste. Sin pruebas, sin credibilidad y, la mayoría de las veces, falsos. Son simples venganzas que algunos periodistas se tragan como sapos. Por presumir de exclusivas, por vender periódicos, por sacar pecho.

El drama estriba en que esos acusados que figuran en los papeluchos pasan a las catacumbas, son masacrados, insultados a menudo sin razón y sus familiares sufren las consecuencias, hijos incluidos. Aunque también es verdad que la corrupción se ha extendido últimamente como la pólvora. Y para eso están los periodistas y los jueces: para descubrirlos y denunciarlos. Pero con argumentos de peso. Con la verdad por delante.

Como periodista hay que defender la libertad de expresión. Pero como periodista hay que luchar porque la verdad prevalezca. Nos puede gustar más o menos Rubalcaba, pero no podemos decir que se parece a George Clooney. Y podemos apreciar más o menos a Rajoy, pero sería falso y calumnioso decir que es simpático y dicharachero.

Ya se le tildó a Aznar de asesino por estar de acuerdo con la Guerra de Irak. Pero poca gente sabe que España no participó en la contienda. El entonces presidente se limitó a tumbarse en un sillón y poner los zapatos sobre una mesa en las Azores junto a Bush y a Barroso. Bonitas botas, por cierto las de Bush. Muy texanas.

Pero también la libertad de expresión tiene unos límites. No se pueden publicar informaciones sin contrastar y los directores de los periódicos tienen la facultad de elegir a sus colaboradores. Y si alguien escribe y no le lee ni su padre, debe ser sustituido por otro con más éxito, con más lectores.
Porque los periódicos necesitan lectores, cuantos más, mejor. Y si hay alguien que escribe y aburre a las ovejas conviene prescindir de él. Opine lo que opine. No es una cuestión de libertad de expresión, si no de ofrecer lo mejor a los lectores.

Hay mucho escritor con ínfulas de intelectual y con pretensiones literarias, pero para bien o para mal, no les lee nadie. Y resulta difícil que eso lo entienda el colaborador de turno. Siempre ve fantasmas donde no los hay. No es una cuestión de libertad de expresión. Aquí, en El Imparcial, por liberal e independiente, caben todas las opiniones, todas las ideologías, todas las tendencias. Pero, de articulistas de categoría.
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