16 de diciembre de 2019, 4:49:39
Opinion


Animales en la universidad

Antonio Hualde


En cierta ocasión Robert Surcouf, corsario francés al servicio de Napoleón I, se encontraba debatiendo con un oficial británico de la Royal Navy sobre el papel de cada país en un conflicto armado. En el fragor de la discusión en inglés le espetó: “en el fondo, lo que nos distingue es que nosotros nos batimos por el honor y ustedes por el dinero…”, a lo que el francés replicó “pues sí. Cada uno lucha por lo que le hace falta”. Esto es sólo una muestra de ingenio, cualidad por lo demás en peligro de extinción. Se está perdiendo la sutileza en detrimento de la zafiedad, fruto quizá de una sociedad poco desasnada.

Tiene que ver con la brutal agresión que han sufrido un grupo de estudiantes de derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Sin motivo alguno, fueron golpeados con bates de béisbol, porras extensibles y cadenas por una treintena de radicales de izquierda, que se dedicaron a causar todo tipo de destrozos con la impunidad del que sabe que, haga lo que haga, será amparado. Sólo mostraron cierta confusión al comenzar a tropezarse con unos curiosos objetos, por lo demás ajenos en el devenir cotidiano de sus progresistas vidas: libros. El único damnificado del comando libertario fue un joven izquierdista que cayó al suelo tras tropezar con un ejemplar de la Constitución Española -qué cosas, la ley pisoteada por iletrados de izquierda…me da que esto ya lo he vivido-. Por el contrario, uno de los peligrosos estudiantes de derecho ha acabado en el hospital sin que, hasta la fecha, el rector de la Complutense haya mostrado el más mínimo interés por su estado.

Normal. La culpa es suya, por sobrevivir. En la familia del rector están acostumbrados a negar a los muertos; a los supervivientes simplemente los ningunean o los tachan de fascistas y mentirosos. Si el padre del actual rector fue capaz de hacer lo que hizo en Paracuellos, es de imaginar que su vástago se hallará a las mil maravillas entre semejantes alimañas. De casta le viene al galgo…Santiago Carrillo entonces, José Carrillo ahora. No reconozco la universidad donde estudié. Ahora más parece un zoo lleno de eso, alimañas varias, hienas, cerdos y delincuentes.

Me he ido al diccionario de la RAE, no vaya a ser qué. “Alimaña”, “persona mala, despreciable, de bajos sentimientos”. “Cerdo”, “hombre sucio”, “grosero”, “ruin”. “Hiena”, “persona cruel y de malos sentimientos”. “Delincuente”, “que delinque”. Delincuente, por ejemplo, es Baltasar Garzón -a la sazón, amiguito del rector- , condenado por prevaricación. Y delincuentes son los que agredieron de manera cobarde y animal a un grupo de estudiantes cuyo único error fue pensar que estando donde estaban lo más que podía pasarles era que Marcial, el mítico camarero de la cafetería de Derecho, tardase una eternidad en ponerles un café. Pues no. En tiempos se decía aquello de “a aprender, a Salamanca”; tal era la fama de su universidad que si alguien quería ampliar conocimientos, la universidad se revelaba como la mejor opción. Claro que, como reza el célebre aforismo, “quod natura non dat, Salmantica non praestat”. O lo que es lo mismo, hay que ser muy animal para entrar a la universidad a pegar palos en lugar de a estudiar. Claro que si se nace animal, lo suyo es pacer en un establo y no estudiar en un aula.
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