25 de febrero de 2020, 17:24:03
Opinion


El Premio “Novel” de Literatura

Francisco Delgado-Iribarren


Que el problema de la educación iba en serio uno lo empezó a comprobar más tarde. Fue a finales de mayo de 2013. Como la experiencia es personal, permítanme recurrir a la primera persona del singular. Aquel día decisivo leía yo el periódico del cual era redactor en prácticas, vulgo becario. Se trata de un gran diario de tirada nacional que lleva a gala “premiar la buena escritura” (y con mucha razón por su parte). Al llegar a la página 50 me topé con una expresión que, me temo, no podré olvidar mientras viva: “Premio Novel de Literatura” (sic).

De acuerdo, nadie está libre de cometer una falta de ortografía. Pero uno es de la opinión de que en este terreno habría que distinguir, como en el Código Penal, entre faltas y delitos. Rebajar a don Mario Vargas Llosa de Nobel a Novel me pareció tan insultante como para ser tipificado como delito ortográfico grave. Busqué posibles circunstancias agravantes, atenuantes o eximentes. Agravante: que estaba en la tercera línea del artículo, en la segunda frase. Esto sugiere que el error había sido visto y aprobado en eventuales revisiones del texto. Atenuante: ninguna. Eximente: ninguna.

Me llamó poderosamente la atención que la infractora -por supuesto, se dice el pecado pero no la pecadora-, licenciada en periodismo por la universidad Carlos III y cursando en ese momento un Máster en periodismo, tuviera la intención de dedicarse al periodismo cultural. Porque una persona con interés por la cultura debería haber leído muchas veces la palabra Nobel, y además sabría de sobra que el nombre de estos premios procede de Alfred Nobel, el inventor de la dinamita. Por más vueltas que le doy, no lo comprendo. Y desde entonces no soy el mismo.

Esto es sólo un ejemplo, a mi juicio definitivo y revelador, de cómo está el patio. Por desgracia, delitos ortográficos como el que denuncio no constituyen hechos aislados, sino que se repiten a diario en los papeles y en los medios digitales, incluida la televisión. Las nuevas generaciones de estudiantes descuidan, por lo general, la ortografía, lo que hace que la comunicación escrita sea cada vez menos cívica. Y se equivocan quienes conceden a esta disciplina una importancia menor, bajo cualquier pretexto, porque sin ortografía no hay armonía.

Los informes PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) de la OCDE nos sacan periódicamente los colores. También los que miden las competencias básicas de los adultos. La tasa de abandono escolar es brutal en España. Un 28’8 por ciento de los chicos y un 20’8 por ciento de las chicas no terminan la ESO. Y el desempleo juvenil en España, ese que “a veces” quitaba el sueño a Su Majestad antes de su accidente en Botsuana, alcanza proporciones gigantescas, en torno al 57 por ciento. Este dato es consecuencia pero a la vez causa del fracaso y el abandono escolar.

Ante este panorama descorazonador irrumpe en el ruedo José Ignacio Wert, con el encomiable cometido de mejorar la calidad de la educación, en cumplimiento del capítulo 2 del programa electoral del PP. Cualquier político con tan alta misión debería haber contado con el respaldo de propios y de extraños. No así en España. Al ministro le ha subido una marea fácil de identificar, la verde, que es la única marea reivindicativa que tiene página propia en Wikipedia. La oposición en bloque ha gritado en seguida “¡verde que te quiero verde!” y ha prometido derogar la ley en cuanto pueda.

Los alumnos, cuando enfundados en sus verdes camisetas, niegan el saludo al toro embolado del Consejo de Ministros, pasan de él. La Plataforma Estatal por la Educación Pública no ha tardado en declararle “persona non grata y enemigo de la educación, específicamente de la pública”. Debe de ser difícil trabajar así. El acoso al señor Wert sobrepasa lo cansino. Para más escarnio, cuando el ministro constata que se siente, con razón, en una jungla y que no tiene machete, a un fabricante turolense no se le ocurre otra gracia que enviarle por correo uno de 45,5 centímetros. ¡Qué país, Miquelarena!

El ministro Wert merece mucho más respeto y mimo por parte de la sociedad, aunque sólo fuera porque su apellido es el único que puede leerse en un teclado de ordenador. Semejante coincidencia cósmica parece reservarle un destino ulterior, trascendental. Quizá este no consista tanto en “españolizar” a los niños catalanes, que también, como en desasnar a futuras generaciones de compatriotas, utilizado sea este verbo sin ánimo de señalar a nadie. En educación, como en aborto, sólo hemos probado leyes socialistas. Si los resultados no son los deseados, como en el pasaje evangélico, habrá que “echar la red al otro lado”.

Mención aparte merece el salvaje ataque de una banda de libertarios a los miembros del Foro Universitario Francisco de Vitoria, en su propia sede de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Cuatro miembros de esta asociación y un familiar de uno de ellos resultaron heridos por los violentos asaltantes (unos 40, acompañados hasta la universidad por otros 110). Emplearon como armas bates de béisbol, cascos y extintores. También destrozaron el mobiliario de la sala.

Parece mentira que unos hechos de tal gravedad no hayan encontrado en la política y en los medios una repercusión parecida a los de la librería Blanquerna. Peor aún, demasiados medios de comunicación parecen entrar en el juego de los violentos titulando: “Ataque antifascista en la Universidad Complutense”. Por favor, no digan antifascista, digan antineurona. Porque hay que llamar a las cosas por su nombre. Y quienes fueron brutalmente agredidos en la Universidad no eran fascistas, sino estudiantes de Derecho vinculados a una asociación universitaria que organiza conferencias y cursillos, sortea cestas de Navidad y, sí, también convoca para rezar, algo que no es propio de fascistas sino de católicos.

Las autoridades competentes deberían dar un toque de atención serio al rector Carrillo, pues demasiados desmadres se acumulan en la Complutense. Los poderes ejecutivos del PP no deben bajar la guardia ante la izquierda follonera ni ante la ultraizquierda camorrera, si no quieren que estas se les suban a las barbas.
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