21 de abril de 2019, 7:02:46
Opinion


Pensamiento político inglés contemporáneo

Juan José Solozábal


Diversas circunstancias determinan que dirija mi atención simultáneamente a tres descollantes figuras del pensamiento político contemporáneo inglés que coincidieron en mi época de la LSE (London School of Economics) a finales de los años 70, esto es, Elie Kedourie, Ernest Gellner y Michael Oakeshott. Debo pensar en redactar una introducción para una nueva edición del Nationalism que traduje hace muchos años; reparo en que tengo la biografía de John A. Hall sobre Gellner sólo hojeada (Ernest Gellner: an intelelectual biography, 2010); y acabo de leer un ensayo sobre Mikel Oakeshott en el espléndido último número de la Revista de Estudios Políticos.

Tengo que advertir que hablo de más que nombres. Yo estaba matriculado en la London en un postgrado de Government, algo así como política comparada, y no tuve por tanto ocasión de tratar a estos profesores que se desempeñaban enseñando sociología, historia o pensamiento político. Los conocía indirectamente a través de alumnos suyos, y podías verlos en alguna dependencia universitaria o coincidir con ellos en alguno de los comedores o en la sala de estar, mas bien destartalada, que se encontraba en la última planta del edificio central del complejo de la London en la Houghton Street. Vivían todo el día en la Escuela, hasta las cinco de la tarde. Adivinabas que muchos de ellos compartían entre sí cierta afinidad espiritual, parecida actitud política : una vocación universitaria poco mundana y llamativa por su seriedad y modestia, sin duda debida a la impronta Fabiana de la institución. Al que si veía con cierta frecuencia era a Mikael Oakeshott. Se trataba de un venerable anciano, andaba ya casi por los ochenta, que salía de su despacho del primer piso de la Portugal Street, justo enfrente donde se encontraba mi supervisor, a provisionarse de un café de la máquina del rellano. Pero nunca me atreví a dirigirle la palabra. Era un mito en la London y no me hacía, en mi pobre inglés, discutiendo con el sobre Hobbes, o cuestionando su, era fama, conservatismo. Cuando bajabas de la sesión del seminario, ya en la calle, podías entrar el la Librería de segunda mano, y con un poco de suerte, por nada como quien dice, hacerte con alguna pieza valiosísima: así adquirí yo una primera edición del Federal Government de K.C.Wheare o la historia de las ideas políticas del siglo dieciséis de Allen, que yo le había oído citar al maestro Rubio en sus clases de pensamiento en la Facultad de Políticas de Madrid.

Me llama la atención al evocar la LSE de aquellos años la clara significación política o beligerancia ideológica de muchos de sus profesores que no empecía su alto reconocimiento académico. Lo que ocurre es que, contra la fama, que frente a Oxford solía representar a la Escuela, poco menos, como un refugio de rojos, la orientación ideológica de bastantes de sus docentes era indudablemente conservadora. En el libro de Hall sobre Gellner se refleja con bastante fidelidad el ambiente de la London en que se desarrolla buena parte de la carrera académica de Gellner y se apunta al contraste de este pensador social, precisamente, con Kedourie y Oaekeshott. Gellner polemizó en bastantes ocasiones con Kedourie, pues la explicación exclusivamente ideológica del nacionalismo de este autor no se adecuaba a la metodología funcionalista que profesaba Gellner, de clara sintonía con los planteamientos del antropólogo Malinowsky. El libro de Kedourie hace un análisis insuperable de las bases espirituales o filosóficas del nacionalismo que traslada el ideal de la autodeterminación del plano individual al colectivo de la nación, que solo es posible tras la liquidación de la soberanía monárquica que lleva a cabo la revolución. Pero nada se dice sobre las condiciones sociales de la independencia que tienen que ver con la industrialización y el empeño de determinadas elites nacionalistas en propiciar un redefinición de las fronteras entre los Estados. En este punto las discrepancias de Kedourie y Gellner son obvias, pero ambas ópticas son compatibles, pues en realidad se trata de explicaciones del nacionalismo complementarias. La discrepancia entre los dos autores es ideológica, ya que las objeciones a la revolución nacionalista no se hacen por Kedourie, piensa Gellner, en el plano del liberalismo o de la democracia, sino desde la defensa del colonialismo o el imperialismo.

El artículo sobre Mikael Oakeshott de la Revista de Estudios Políticos (todo es bueno en este número, hasta las recensiones: vean si no la que dedica a Benthan, Alicia González Alonso) que les recomendaba al principio del recuadro de Jorge del Palacio, es una propuesta de comprensión del conservadurismo del profesor de la London, y tiene entre otros méritos el trasladar la admirable precisión literaria de este autor. Aunque el pensamiento de Oakeshott puede entenderse como una defensa del verdadero constitucionalismo inglés, que salva la independencia de la sociedad a través de los instrumentos institucionales del Estado de derecho, su propósito inmediato es resistir las socializaciones de los gobiernos socialdemócratas de después de la guerra que se proponen establecer un igualitario Estado social. En el plano intelectual se trata de objetar la ingeniería política, o la pretensión de programar la vida política según esquemas progresivos y racionales, desde las ventajas de la espontaneidad social, la tradición y el gradualismo consustanciales al modo de ser político de los ingleses. Preferir en suma la realidad a la utopía o el racionalismo en la política. “Ser conservador, por tanto, es preferir lo familiar a lo desconocido, lo logrado a lo intentado, los hechos a lo incierto, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a la abundancia, lo conveniente a lo perfecto, la risa del momento a la dicha en la utopía”.

Gellner no estaba de acuerdo con este tipo de planteamientos. Para él la tradición no era otra cosa que la manipulación de la historia con objetivos políticos. Aunque, dejó escrito pensando en Oakeshott, la tradición puede significar elegancia, competencia, coraje, simplicidad y realismo, también puede ser no otra cosa que “sandeces, servilismo, intereses creados, arbitrariedad, y ritual vacío”.
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