14 de octubre de 2019, 20:14:04
Cultura

PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE CINE


Enrique González Macho: “En lugar de una política audiovisual, tenemos parches y pataletas”

Laura Crespo

El presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho, repasa con El Imparcial algunos de los asuntos más actuales y complejos del sector cinematográfico español. La prometida y ansiada ley de financiación del cine que no termina de llegar, el eterno debate sobre cine e Internet, la difícil relación entre industria y cultura, la polémica sobre la politización de los Goya o las últimas desafortunadas declaraciones del ministro Montoro sobre la calidad del cine de nuestro país.


En 2012 el cine español alcanzó las mejores cifras de los últimos 17 años. ¿Qué camino lleva este 2013?
Creo que el 2013 va a ser un año correcto, para mi sorpresa, mejor de lo que me esperaba porque era un año muy difícil con la que está cayendo. Hay una serie de películas que están funcionando muy bien y, aunque todavía es difícil saberlo porque noviembre y diciembre son meses muy buenos para el cine español, cuando se estrena lo más fuerte, creo que va a ser un año algo peor que el pasado, pero mejor de lo esperado.

Suele decirse, incluso usted lo ha dicho en alguna ocasión, que el cine español está en crisis desde que nació. ¿Se puede reanimar algo que nunca ha funcionado bien del todo?
Es que el cine es algo que está en crisis en todas partes, en unos sitios más que en otros, indudablemente. Incluso los hermanos Lumiére dijeron que habían inventado algo que no servía para nada. La parte industrial que sostiene la cultura del cine ha estado siempre en crisis.

Ha mencionado los dos términos clave: industria y cultura. ¿Puede que sea precisamente ese ‘Frankestein’ llamado industrias culturales al que pertenece el cine el que nace como una contradicción en sí misma?
La expresión cultural siempre está en crisis porque son muchos los llamados y pocos los elegidos. ¿Cuánta gente toca música en España? ¿Cuánta gente escribe? En España hay 10 millones de escritores, 1.000 que publican y 50 que venden. Excepto ese medio centenar, el resto está en crisis. Lo que pasa es que en el cine se nota mucho más porque necesita una industria muy potente para expresarse. No puedes poner un dineral en una película y luego no intentar que tenga un retorno para poder hacer la siguiente. Yo puedo pintar igual que Antonio López: me compro un lienzo y unas pinturas y pinto. Si mi obra no se admira y se vende como la suya, no pasa nada porque lo que me he gastado han sido 20 euros. El cine necesita mucho más.

La cuestión de recuperar la inversión de las películas abre el debate de lo que atrae y no atrae al público a las salas. En este sentido, ¿podría entenderse que sólo están justificadas las películas que cuentan con los ingredientes comerciales necesarios para asegurar una buena taquilla?
Yo creo que en la variedad está el gusto y que tiene que haber cine de todo tipo. Tiene que haber cine más minoritario y otro más amplio y comercial. Tiene que existir esa diversidad.

Pero, ¿cómo se sostiene en el plano industrial del que venimos hablando la existencia de productos que, ya no es que no lleven beneficios a las empresas que los fabrican, sino que a veces no permiten si quiera recuperar la inversión?
Creo que el Estado debe de cubrir aquello que la actividad privada no quiere. Pasa en muchas otras expresiones culturales. Si, por ejemplo, la ópera viviera sólo de la recaudación por entradas, no habría ópera. Si queremos que siga existiendo, tendrán que ayudar. Es necesario que haya unas ayudas por parte de las administraciones para que esa diversidad se mantenga.

Tanto la actividad privada como la pública en torno a la financiación del cine ha sido objeto de debate todo este año y, según anunció el Gobierno, tendría una nueva regulación antes de 2014. ¿Aún confía en que llegue esa Ley de Financiación en este último mes del año?
Tiene toda la pinta de que no va a ser así y creo que este es el gran problema que tenemos ahora. Cuando hace dos años advertí en los Goya de que estábamos con un pie en la ley anterior y el otro pie encima del vacio, me dijeron que era un agorero, que tuviéramos paciencia y que todo iba a llegar. Llegaron los siguientes Goya y dije lo mismo. Mucho me temo que en esta edición, tres años después, voy a tener que dar el mismo discurso. Si no hay una voluntad política y no se toman las medidas necesarias para salir adelante, estaremos en una situación de incertidumbre como la que vivimos ahora mismo. Esto es una responsabilidad del Gobierno, que no sólo tiene que hacer leyes, también tiene que gobernar.

Defendía hace unos minutos la necesidad de ayudas públicas pero, ¿no se está buscando con esta futura ley el incremento de la inversión privada?
Sí, queremos que haya más inversión privada, pero tienen que existir los mecanismos para que el dinero acuda a un sector tan complejo, en principio, como es el del cine. Esa era la misión que tenía la Administración. Estamos de acuerdo en que hay que cambiar el modelo, pero si no se hace nada es imposible. Por el momento estamos, no nos engañemos, igual que hace tres años.

¿Cuáles serían los puntos básicos que debería tener esta ley?
Para que acuda el capital privado a un sector tiene que haber unos incentivos. La inmensa mayoría de los países tienen un sistema de incentivos fiscales para la inversión privada en cine. El dinero es algo que tiene mucho miedo a todo, por lo que necesita rodearse de un marco jurídico muy claro. En cuanto ve la menor inseguridad, no acude, lo estamos viendo en el país en general. En el cine, ese marco jurídico que aporte seguridad todavía no existe.

La industria francesa del cine suele ponerse como ejemplo de excelencia. ¿Podrían adaptarse a España algunas de las medidas proteccionistas con las que Francia cuida su cine?
Hay muchos modelos y, más allá de que algunos serían adaptables a nuestro país y otros no, la única diferencia entre Francia y España es algo tan esencial como que allí tienen una política audiovisual de verdad mientras que aquí hay parches, acciones momentáneas y pataletas. Cuando cambia el gobierno en Francia, jamás se plantean alterar las cuestiones del cine. Aquí, cuando cambia un Gobierno lo que quiere es hacer lo contrario de lo que hizo el anterior, sea lo que sea, y eso es muy peligroso. Es una especie de maremoto en el que nunca sabemos exactamente donde estamos.

¿Estamos aún a tiempo de ver nacer una política audiovisual seria en España?
Eso quisiéramos, pero no depende de nosotros. Desgraciadamente no estamos en el Consejo de Ministros. Insisto en que no es un tema de hacer leyes, sino de gobernar, que son cosas diferentes.

Lo que está claro es que cuando un sector económico se enfrenta a una reconversión, las reglas del juego cambian y puede que los participantes pierdan posiciones privilegiadas. ¿Lo tienen presente los productores, distribuidores y exhibidores?
Hombre, normalmente cuando hay cambios se intenta que todo el mundo esté mejor. ¿Puede haber alguien que salga perjudicado? Probablemente, pero no es necesario si se hace bien.

En Francia, por ejemplo, imponen una considerable cuota de pantalla para las producciones nacionales en las salas de cine. En España, los distribuidores y exhibidores no son muy partidarios de reservar estos espacios al cine español en detrimento de las taquilleras superproducciones americanas…
Yo no soy muy partidario de las cuotas, en principio. Creo que son una medida extrema, un elemento corrector para cuando hay un desequilibrio excesivamente fuerte, pero no soy partidario de cuotas así porque sí. No es que considere que la cultura debe estar en el libre mercado, porque tampoco creo en él, pero hay que buscar un equilibrio. Han de existir los mecanismos necesarios para asegurar que el espectador pueda acceder a todo tipo de expresión cinematográfica y, a partir de ahí, elija libremente lo que quiera. Es como cuando vas a un supermercado: todos sabemos cuál es el refresco que más se vende, y yo quiero que tengan muchas alacenas con ese refresco, pero que también haya de otros tipos.

Pero es difícil ponerse en la estantería de al lado de ese refresco…
Es difícil, realmente. En eso se distinguen las buenas tiendas de las malas. La gente acude a aquellas en las que tiene más opciones para elegir.

¿Cree que las consecuencias de la agudización de la crisis en el sector, como el cierre de la distribuidora Alta Films, de la que era propietario, amenazan esta diversidad en los cines españoles?
Todo lo que desaparece suele traer una secuela mala, eso es indudable. Ahora bien, yo estoy convencido de que detrás van a venir más personas que lo harán mejor y la sustituirán. Lo que es cierto es que desde hace unos años se viene dando un proceso de empobrecimiento de la cartelera. Siempre he presumido de que en España teníamos la mejor cartelera de Europa, a excepción de París. En los últimos tiempos sigue siendo bastante rica y diversa, pero sí se ha empobrecido un poco. Lo malo es que esta tendencia siga y llegue un momento en que solo tengamos un modelo de cine.

Dice estar convencido de que vendrán otros que lo harán. Con este negro panorama en el cine español, ¿por qué la gente sigue dedicándose a este sector?
El cine tiene un componente vocacional muy fuerte. Es un virus maligno para el que no hay antídoto posible. Este mundo es profundamente ingrato muchas veces, pero muy satisfactorio otras. Por hacer una mala comparación, es lo mismo que pasa con el juego: sabes que vas a perder pero sigues para ver si ganas, y no sólo en el plano económico.

Durante los tres días de la Fiesta del Cine se vendieron un millón y medio de entradas a un precio de 2,90 euros. ¿Demuestra esto que la gente quiere ir al cine pero que las entradas son excesivamente caras?
La gente suele decir que el cine es caro, y tiene su parte de razón. Pero también es cierto que mantener unas salas de cine en unas condiciones mínimamente aceptables tiene un costo que no puede conseguirse cobrando las entradas siempre a 2,90, no daría de sí. Sólo podría mantenerse este precio si todos los días ocurriera lo que pasó durante la Fiesta del Cine, que acudieran miles de personas a las salas, pero eso no va a pasar. Las salas no están cerrando por gusto, lo que pasa es que no son rentables. Nadie cierra su modo de vida, su negocio, porque sí.

Está claro que un negocio no se puede mantener si el ingreso no supera al coste, pero el cine también es cultura y así lo han defendido ante la subida del IVA al 21 por ciento. Cómo cultura, ¿no debería ser más accesible en términos económicos?
Se ha extendido la idea de que el precio del cine es muy caro, y se dijo que con la subida del IVA se iba a poner carísimo. No fue así, no subió el precio del cine e incluso bajó. Es cierto que hay entradas de cine por nueve euros, pero a lo mejor en la sala de al lado y en otra sesión tienes la misma película a cinco euros. Cuando subió el IVA hicimos una encuesta y todo el mundo decía que le había parecido carísimo el precio de la entrada, pero la inmensa mayoría no se acordaba de cuánto había pagado la última vez. Creo que el espectador debe de interesarse sobre el precio de la localidad. Cuando buscas un billete de avión, miras mucho las ofertas porque puede haber grandes diferencias de precio. En el cine, el diferencial es mucho menor, por lo que creo que no hay una búsqueda activa de las posibilidades de ir más barato.

De media y en términos generales, ¿cree que la entrada del cine es cara?
En función del PIB español, la entrada de cine está en un término correcto en relación al resto de Europa. Creo que se debería de bajar un poco, siempre y cuando haga posible la continuación de la actividad. El cine no tiene precio concertado, así que entiendo que las salas ponen el precio según el cual consideran que pueden mantener su actividad. Además, hay continuas acciones de precios más baratos y, curiosamente, en el momento en que más quejas hay sobre lo caro que es el cine, ha disminuido considerablemente la afluencia a cines el día del espectador.

Hemos hablado del déficit en el sistema de financiación o del precio de la entrada, pero siempre ha mantenido que el mayor problema del cine español es la piratería, las descargas ilegales. ¿Cree que la industria del cine ha tenido una respuesta tardía a la popularización del uso de Internet?
No lo creo. Este es un tema de educación. La gente no duda en comprarse un ordenador de mil euros ni en pagar a la compañía que les suministra la red cincuenta euros al mes. A partir de ahí, considera que todo lo que venga en ese aparatejo lo puede utilizar, y no es así. Puedes comprarte una nevera y pagar la luz todos los meses, pero el producto que metes dentro de la nevera también tienes que pagarlo, no puedes robarlo. El mensaje subliminal que han vendido las compañías de Internet en España es “para que te descargues lo que quieras”. Para usar Internet en base a actividades normales, no necesitas una banda tan ancha, pero ellos la ofrecen, cobran más y que la gente se descargue lo quiera, aunque no sea suyo.

En algunos países se ha hablado, precisamente, de gravar a favor de los derechos de autor a las operadoras de Internet por ofrecer ese servicio…
Vamos a ser claritos: a estas operadoras no las toca ni Dios. Al final, el problema que existe en todo esto no parte del Ministerio de Cultura, sino del de Industria, que veta cualquier cosa que no sea el desarrollo salvaje del sector de Internet. Yo no soy un dinosaurio, tengo Internet y uso constantemente mi i-Pad como cualquier ciudadano. ¿Cómo no lo voy a usar si es la revolución de nuestra época? Pero creo que se está haciendo un uso inadecuado. Lo que no puede permitirse es que una cosa destruya todas las demás gracias a una política de desarrollo que a los únicos que beneficia es a los que te sirven la red.

Al final es un problema de educación de la gente. Nadie discute que ir a la Fnac, coger dos vídeos y un libro y llevártelos en el bolsillo es delito. Pero sí se cuestiona que descargarte una obra en Internet no es delito. Como lo que se roba físicamente, lo que descarga también tiene un dueño, alguien que puede autorizarte a cogerlo gratuitamente, como hay mucha gente que lo hace, o que puede pedir lícitamente que la gente pague por usar lo que ha hecho.

Cada vez hay más plataformas para el visionado online de películas por precios mucho más módicos que una entrada de cine. ¿No podría haberse frenado la expansión de la idea del ‘todo gratis’ si estas nuevas ventanas de explotación hubieran surgido antes?
Las plataformas han aparecido muy rápidamente, porque han surgido en pirata. Lo que pasa es que las vías legales que hay ahora tienen unos requisitos tecnológicos muy complejos y han llegado cuando han podido. Las hay muy buenas. En España tenemos la que probablemente es la mejor de Europa, Filmin. La conozco bien porque la fundé yo y puedo decir que es una ruina absoluta. Entre un euro y gratis, todo el mundo quiere gratis. Tiene su lógica.
Las preferencias del consumo de cine han cambiado con Internet y muchos usuarios reclaman poder ver online de forma legal las películas de estreno. ¿Podría soportar el modelo de negocio actual estrenos simultáneos generalizados en Internet y en salas?
Si hubiera un respeto hacia el derecho de autor en Internet no habría porqué esperar ni un día, las películas deberían exhibirse simultáneamente en todos los sistemas. Lo lógico es que pudieras ver la misma película en la sala a 9 euros, en tu casa en Internet a 4 y, por ejemplo, en el móvil a 2. Pero lo único que genera economía hoy por hoy es la sala, un poquito el vídeo y la televisión de pago. Con el gratis total, Internet no genera nada, así que no se quiere explotar.

Llegados a este punto, ¿se puede cortar de raíz este problema?
No, pero se puede luchar contra él. La piratería existirá siempre, como el robo, pero no hay que facilitar su existencia.

Cuando se estrenó como presidente de la Academia, en abril de 2011, fue muy crítico con el Gobierno de Zapatero por retrasar la aprobación de la conocida como Ley Sinde. ¿Cómo valora la gestión del audiovisual por parte del Partido Popular tras el cambio de Gobierno?
No puedo decir nada porque, directamente, no la ha habido. Es muy grave decir que no se ha hecho nada, pero esto es lo que hay por el momento. Considero que somos un sector muy serio y muy colaborador desde el primer momento. Nosotros hemos hecho los deberes, hemos acudido cuando se nos ha citado y hemos presentado alternativas y salidas razonables, pero todavía no hay una conclusión ni una contestación. A lo mejor de aquí a los Goya la hay, pero por el momento lo único que puedo decir es que estamos igual que hace tres años. Valoramos más que nadie la iniciativa de sentarse a hablar, por primera vez estábamos todos alrededor de una mesa, pero, ¿y ahora qué? Le toca actuar a quien tenga que legislar, no a nosotros.

El último affaire de la política con el cine español ocurrió hace unos meses por unas palabras de Montoro sobre la calidad del cine español. El ministro rectificó tras el revuelo, ¿merece la pena seguir hablando de eso?
Él rectificó en dos cosas, en una de ellas diciendo que le gustaba mucho el cine español. En eso no tenía porqué rectificar, tiene pleno derecho a no gustarle porque es una opción personal. En cuanto a rectificar en las cosas que atañen a la industria, es de agradecer que lo haya hecho.

Manel Fuentes presentará la gala de 2014. ¿Qué tipo de evento nos espera? ¿Continuará por la senda crítica de las últimas ediciones?
Lo que pretendemos siempre de la gala es que sea una fiesta: la fiesta de celebración de los que ganan en una entrega de premios que se dan entre compañeros. Lo que pasa es que los Goya tienen un componente muy complejo porque no sabes, afortunadamente, quién va a salir. El que sale, lógicamente, dirá lo que le dé la gana. Esperamos y deseamos que hablen sobre cosas de cine, pero si de repente quieren hablar de la cría del salmón en el Yemen, ¡qué le vamos a hacer! Sólo pedirles que sean breves. Indudablemente, los que salen a hablar son personas que viven en nuestra sociedad, que tienen sus problemas y sus alegrías como todos, y que de repente se manifiestan de una forma que quizá no sea la más adecuada para una gala, No podemos hacer nada.

¿Qué opina de las críticas por algunos de los discursos de los últimos Goya?
Que a veces se critica por criticar. En la última gala se armó un poco de lío por un par de intervenciones que en realidad no diferían de lo que habías escuchado en el telediario justo antes. No entiendo el follón que hubo con las hipotecas porque la pobre Maribel Verdú dedicó el premio a los afectados por los desahucios. ¿Es que no tiene derecho a dedicárselo a quien le dé la gana? ¿Dijo mentiras o algo sacrílego? Estábamos un momento en que todos los días se abrían los telediarios con este tema.
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