30 de marzo de 2020, 6:53:27
Opinion


Episodios sindicales

Francisco Delgado-Iribarren


En esta España mía, esta España nuestra que respira por la herida no faltan las crisis. Hagamos recuento de las más recurrentes: crisis económica (palma de oro), política, institucional, territorial y, no lo olvidemos, de valores. La que no se menciona como tal, y lo merece, es la crisis sindical. Que, en su caso, sobre crisis (del griego krisis, krinein: separar o decidir), es catarsis (del griego khátarsis: purificación).

Los sindicatos tradicionales –esto es, los de inspiración marxista- se están revelando como enormes nidos de corrupción. Hasta hace poco habían disfrutado de una vida democrática plácida, muy bien tratados por los gobiernos de sus correligionarios y no mal tratados por los de Aznar. Pero estalló la crisis, se acabó la harina y empezó la mohína. Todo lo que se cebaron en la época de las vacas gordas ya no pueden devolvérselo a la sociedad, y el gobierno de Rajoy, con gran acierto, les ha aflojado mucho el chorro, aunque no les ha cortado del todo el grifo.

La exposición de motivos de la Ley Orgánica de Libertad Sindical de 1985 habla del “desarrollo progresivo y progresista” que el legislador de antaño soñaba para los sindicatos. Parece que ese desarrollo progre, para resumir, ya ha rebasado su cénit, su culmen, su apogeo. Tanto progreso progresivo y progresista se ha vuelto problemático. Los sindicatos, en teoría concebidos para defender los intereses de los trabajadores, se han convertido en casi todo menos sindicatos: potentes estructuras de poder, grandes empresas de ámbito nacional, importantes agentes políticos. Con la ventaja de que no tienen votantes a los que rendir cuentas.

Ahora es difícil determinar en qué momento la Unión General de Trabajadores se mutó en la Unión Gastronómica Troglodita. O cuándo fue que las Comisiones Obreras se reconvirtieron en los Cruceros Organizados. Hace unos pocos años que la prensa crítica (en particular, La Gaceta, ahora tan denostada y ella misma en situación crítica) empezó a destapar las comilonas de Cándido Méndez Rodríguez en restaurantes de lujo, así como el romántico periplo de su homólogo Ignacio Fernández Toxo por el mar del Norte en un lujoso crucero. Todo iba, para ellos, viento en popa a toda vela. Ni el mismísimo Carlos Marx, fuente de toda inspiración, lo hubiera planeado mejor.

Pero llegó esa crisis improvisadora, como la ha calificado el expresidente Zapatero, ahora supervisor de nubes y memorialista político. Y el huracán ha levantado todas las alfombras y ha dejado al descubierto sus vergüenzas. El estriptis comenzó por el sur, por esa Andalucía que condensa las esencias de España. El proceso de los ERE falsos, imparable pese a los esfuerzos de los afectados por pararlo, impactó de lleno en las federaciones andaluzas de UGT y CC.OO., donde ambos sindicatos iban de la mano de los casi omnipotentes gobiernos socialistas. La juez Alaya sostiene que ugetistas y comisionistas cobraron al menos 7’64 millones de euros del llamado fondo de reptiles sólo por traer negocio a los mediadores de los ERE.
El mejor exponente de este sindicalismo andaluz es Juan Lanzas. Con carné de la UGT desde 1979, desempeñó el cargo de secretario general de la federación andaluza desde 1997 hasta febrero de 2002, y fue secretario de organización de la Federación de Alimentación en Andalucía desde 1990 a 1997. En la comunidad autónoma en la que el gobierno tiene que garantizar por decreto tres comidas diarias para los niños –es lo que dice Elena Valenciano al PSOE andaluz: “sois los más grandes”-, Lanzas acumuló 16 casas y trece millones de euros por su papel de “conseguidor” en los ERE. El importe de lo defraudado en este saqueo de fondos públicos, conviene siempre recordarlo, se calcula en 1.400 millones de euros.

En algún lugar del complejo de superioridad moral de la izquierda, ahora también en crisis y en catarsis, se halla la idea de que un sindicalista es bueno por el hecho de serlo. Sólo así se explica el silencio cómplice de los acomplejados por este mal, así como un episodio sindical que todos recordarán: la concentración a las puertas del juzgado de Sevilla para pedir la libertad de los camaradas detenidos y, de paso, insultar a la juez que investiga el mayor escándalo de corrupción de la democracia.

“Una persona que defiende los intereses de los trabajadores no puede ser mala”, parece ser el prejuicio instalado en el síndrome de “los de izquierda somos mejores”. Por eso, cuando se destapan conductas indecentes, o directamente delictivas, apuntan a una “confabulación” de la derecha y de determinados medios de comunicación, como ha hecho el dimitido Francisco Fernández Sevilla, último secretario general de UGT-A. E incluso trasladan la culpa a una juez que consideran “pepera”, como hicieron algunos de los sindicalistas concentrados y como insinuó maliciosamente el propio Alfonso Guerra.

A estas alturas de la película –el escándalo de los ERE falsos está pidiendo a gritos un largometraje-, la experiencia y la evidencia nos enseñan que un sindicalista no es bueno por el hecho de serlo. Es más, el papel fundacional de defensa de los intereses de los trabajadores brilla por su ausencia. En este que se supone su cometido principal, los sindicatos “de clase” se han revelado ineficaces. Nunca ha habido tantos desempleados en España, y los trabajadores que aguantan no pasan precisamente por su mejor momento. Pero los sindicatos mayoritarios de hoy son famosos por sus comilonas, por sus facturas falsas, por sus cursos en el Caribe, por sus despilfarros, por sus privilegios, por sus corrupciones.

¡Qué casualidad que sea en la región con más paro de Europa donde los sindicatos más trincan! En Andalucía los sindicalistas se han convertido en la nueva clase alta de la sociedad, con un nivel de vida al que no puede aspirar casi ningún honrado trabajador. Pero su corrupción no se quedaba allí, sino que llegaba a la capital, a la cabeza, a la cúpula, al edificio enorme de la Avenida de América 25 de Madrid, según publica ABC estos días. Las piezas de este enorme e injusto castillo de naipes ya están cayendo.
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