14 de octubre de 2019, 13:40:00
Opinion


¿Músicos que no valen ni para tocar en la calle?

Alicia Huerta


Si empiezo este artículo diciendo algo tan obvio como que el centro de Madrid no es un mero decorado para turistas, con fachadas de cartón piedra, sino que en sus edificios viven personas, pensarán con razón que acabo de pasar una buena temporada en Perogrullo de abajo. Y, sin embargo, permítanme que lo recuerde a propósito de los castings que estos días se están llevando a cabo en la capital para seleccionar qué músicos podrán ejercer su profesión en calles y plazas. Por otra parte, la idea de examinar a un músico que se planta cada día en las aceras o baja al metro para ganarse unos euros con lo que mejor sabe hacer – o, al menos, lo que más le gusta – chirría. Pero, al mismo tiempo, no me queda más remedio que reconocer que, en ocasiones, chirría aún más - hasta hacer perder los nervios que solemos llevar a ras de piel - el instrumento con el que el artista recorre las terrazas, interrumpiendo conversaciones o momentos de anhelado relax cada vez más breves o extraños. Así que está claro que en este asunto navego en aguas contradictorias, sin saber siquiera si subo o bajo. En qué orilla desembarcar.

Me gustaría pensar que sería más lógico poner el foco en cuándo y dónde se puede cantar o tocar un instrumento en la calle, que en el cómo, es decir, en el hecho mismo de la manera en que el artista es capaz de hacerlo. No dudo de que, en principio, lo hace lo mejor que sabe. Por eso, no puedo ni imaginarme la desazón que puede llegar a experimentar un verdadero artista, de cualquier género, a quien, después de pasar los nervios de exhibir su “arte” ante los “entendidos” del Ayuntamiento, le dicen que no es apto para recibir la correspondiente licencia de un año, ampliable hasta cinco, que le permitirá seguir ganándose la vida como venía haciendo hasta entonces. Terrible, ¿no? ¿Cómo demonios se le dice a alguien: “usted no vale ni para tocar en la calle”? No puedo evitarlo. Se me ponen los pelos de punta. No creo, por otra parte, que haya quien piense que un músico no toca en una sala de conciertos, en un teatro o en el coqueto café de la esquina simplemente porque no le da la gana. Porque prefiere pasar calor o frío, vacío de aplausos. Que la gente le rebase con prisas sin verlo, mientras él interpreta sus temas favoritos y mira de reojo la funda del instrumento, depositada en el suelo, para comprobar si ha caído alguna moneda más, justo en el momento en el que él cerraba los ojos concentrando toda su atención en un acorde. Imposible saber qué historia se esconde detrás, cuándo tocó por primera vez, cuáles fueron sus sueños y si aún sigue persiguiéndolos.

Sí, hay asuntos, como este, en los que resulta casi imposible no sentirse dividido en dos – o más - partes. Está claro que hay que salvaguardar la tranquilidad de quienes viven en las zonas más frecuentadas por estos músicos y, por ello, repito que me parecen mucho más lógicas las normas que regularán, a partir de ahora, los horarios permitidos para tocar, así como el uso de cierto tipo de amplificadores o instrumentos desafinados a perpetuidad que pueden llegar a convertirse en instrumentos de tortura. En realidad, se trata de meras normas de convivencia. Ya no son tiempos de tunos que rondan bajo un balcón a las mozas del lugar en plena noche, arriesgándose a la ira de un vecino en forma de cubo de agua precipitándose desde el balcón contiguo. Pero, a cambio, el ruido ya forma parte de nuestras vidas. De manera constante e, incluso, inconsciente. Durante una entrevista al maestro Achúcarro con ocasión de su 80 cumpleaños, el genial pianista me sorprendió llamando a una empleada del hotel madrileño en el que estábamos hablando para pedirle que, por favor, bajara el volumen del inocuo hilo musical que sonaba casi imperceptible para mis oídos y los de la mujer que atendía con perplejidad su petición. Pero para los expertos y sensibles oídos de Joaquín Achúcarro, aquello no solo era perfectamente audible, sino que, más bien, se trataba de “ruido”. “Es que yo no oigo la música, la escucho”, me explicó, para añadir a continuación, “Hay miedo al silencio”.

Lo hay, es cierto. Ya no abundan los cafés en los que el único sonido sea el entrechocar de tazas y platos. En las tiendas siempre hay música. Suele haberla en los centros de trabajo, en las peluquerías, los gimnasios. Y, sobre todo, hay afición de llevar embutidos unos auriculares que no solo nos aíslan del mundo que nos rodea, sino de nuestro propio pensamiento. La música es el lenguaje más maravilloso que existe, pero, como decía Achúcarro en aquel hotel de la Gran Vía, lo mejor que puede hacerse con ella es escucharla, no oírla. Aún así, es indudable que existe mucho talento en las calles. Violinistas, por ejemplo, que interpretan el canon de Albinoni, cambiando la banda sonora de estresantes calles como la del Arenal. Aunque solo sea durante los pocos segundos que uno pasa a su lado prometiendo pararse a escuchar y dejar unas monedas la próxima vez, un día que no lleve tanta prisa. La fórmula del éxito, de la prosperidad en cualquier carrera o profesión, no depende únicamente del talento. Sin suerte, sin oportunidades, cualquier músico puede verse obligado a ejercer su profesión al aire libre. Que los hay simples aficionados, o caraduras que aturden con trompetas o acordeones obra del diablo, pues sí. Claro que los hay. Por eso, también en este asunto que tanta contradicción me produce puede que acaben pagando justos por pecadores.
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