23 de agosto de 2019, 13:36:37
Opinion


La política de la memoria histórica

William Chislett


Casi 40 años después de la muerte del General Franco, la delicada cuestión de las víctimas del franquismo sigue viva. El mes pasado España se examinó por primera vez ante el Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada. Tras evaluar el informe del Gobierno, el Comité lo insta a "cumplir su obligación" de buscar a los desaparecidos durante la Guerra Civil y la dictadura, y recomienda al Ejecutivo de Mariano Rajoy que asigne "los recursos de personal, técnicos y financieros suficientes". Actualmente, en estos tiempos de austeridad, no existe ninguna partida presupuestaria para esta tarea.

Los argumentos esgrimidos por los abogados del Estado españoles sobre la imposibilidad de investigar esas desapariciones, como la muerte de los responsables, la prescripción del delito y la ley de amnistía, no han convencido al comité.

Naciones Unidas manifestó también su inquietud por el escaso alcance de la ley de memoria histórica que hace recaer en los familiares de las víctimas las tareas de localización e identificación de sus desaparecidos cuando "la búsqueda de las personas que han sido sometidas a desaparición forzada y el esclarecimiento de su suerte son obligaciones del Estado".

Hay argumentos de todo tipo en favor y en contra de abrir esta caja de Pandora sobre el pasado. Como extranjero que cubrí la Transición española entre 1975 y 1978, y que regresó a Madrid de forma permanente en 1986 (ésta vez no como corresponsal de prensa), yo creo que la clase política hizo un trabajo necesario en el contexto del momento histórico. Sin el llamado “pacto de silencio” (la renuncia a utilizar el pasado políticamente)y la amnistía de 1977 hubiera sido muy difícil, sino imposible, conseguir el consenso requerido para la constitución de 1978.

El general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente primero del Gobierno para Asuntos de Defensa bajo Adolfo Suárez, acertó al avisar a Felipe González, antes de ganar las elecciones en 1982, que “no sería muy sabio desenterrar la guerra civil porque junto a las cenizas quedan brasas aún vivas”.

Visto desde la perspectiva de hoy, es fácil criticar algunos aspectos de la Transición y de la política del PSOE entre 1983 y 1996, pero esto no quita méritos a lo logrado (el más largo periodo de democracia, con todos sus defectos que no son pocos).

Estos pensamientos me vienen a la mente al leer el nuevo libro de Michael Richards, After the Civil War: Making Memory and Re-making Spain since 1936 (“Después de la Guerra Civil: haciendo memoria y rehaciendo España desde 1936”) publicado hace unos meses por Cambridge University Press. Es un estudio incisivo y erudito de la interacción entre memoria e historia, que suele ser escrita por los vencedores, y muy en particular en el caso de la España de la dictadura franquista.

El propósito de Richards, profesor asociado de Historia Europea en la Universidad del Oeste de Inglaterra y autor del igualmente penetrante A Time of Silence: Civil War and the Culture of Repression in Franco’s Spain, 1936-1945 (“El tiempo de silencio: la Guerra Civil y la cultura de represión en la España de Franco”, 1936-1945), no es pedir o contribuir al cerrojazo de este episodio trágico. En cambio, según el autor, el libro “reconstruye los motivos detrás de las acciones colectivas que articulan, transmiten y sostienen los reclamos sobre la memoria en su evolución desde la Guerra Civil.”

Es un tema fascinante porque, entre otras cosas, la memoria es un componente importante de la construcción identitaria. José Luis Rodríguez Zapatero sesgó en clave partidaria, a mi modo de ver de forma irresponsable, su reevaluación de la Guerra Civil y el régimen de Franco vía la controvertida Ley de Memoria Histórica.

A la vez, el libro es una vibrante historia social, con capítulos sobre la represión feroz después de la Guerra Civil, la migración masiva dentro de España durante los años 50 y el papel de la Iglesia en reconciliar los dos bandos.

Hace unos 16 años Antonio Muñoz Molina escribió un artículo con el llamativo título “La historia y el olvido” en donde dice “la cuestión es si elegimos la molestia de indagar las cosas que sucedieron o preferimos las comodidades del mito”. El libro de Richards es un rigorosa desmitificación de una época.

Mientras tanto, propongo que en el 40 aniversario de la muerte de Franco se transforme, por fin, el Valle de los Caídos en un espacio dedicado a la memoria de todas las víctimas de la dictadura, o se cierre.
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