31 de mayo de 2020, 5:48:22
Opinión


San Martín de Castañeda

Martín-Miguel Rubio Esteban


En el ferragosto de 1925 José Ortega y Gasset decidió realizar una excursión al Lago de Castañeda con cuatro de sus discípulos en su propio coche. Tanto le había hablado el zamorano Ramiro Ledesma Ramos de las bellezas hondas y severas de las tierras sanabresas a su admirado profesor que el filósofo resolvió visitar con el propio Ramiro y otros tres discípulos, entre los que estaba la Zambrano y Manuel Souto Vilas, el primer seguidor político de Ramiro. Ortega fue el primer gran filósofo conductor, y el más grande filósofo español viajero. En sus diarios se consignan 3.000 lugares de la geografía hispánica, y nadie hubiera hecho como él una Guía Michelín de las innumerables bellezas que guarda España. Pero entonces Ortega no conocía todavía el paisaje en donde surgiera la novela de “San Manuel Bueno, Mártir”, de don Miguel de Unamuno, el otro gran enamorado de las bellezas zamoranas, y en particular, de la del Lago de Castañeda, quien por entonces la estaba parsimoniosamente escribiendo, aunque no sería publicada hasta 1931, ya con la República.

Del paisaje montaraz, gris y pétreo del Lago de Castañeda nace una poesía salvaje y pura, enmarcada en cataclismos geológicos, gemidos guturales y extraños, y un enorme y misterioso recipiente de agua dulce casi helada. Tras pasar Mombuey, con su torre árabe rematada en encantador chapitel cristiano, los viajeros universitarios entraron en un universo sagrado. Puebla de Sanabria, tortuosa y lúgubre, garabato desapacible, asomando al rápido río Tera, enhebrado de hermosos peces heráldicos, proyecta su sombrío y críptico acento con las mazmorras de viejos lamentos de su poderoso castillo. Inacabable fila de paisajes intensos y duros hasta llegar al milagro perdurable del Lago de Castañeda. El alma de los estudiantes y de su genial profesor, mezcla de metal y esponja, quiere absorber el misterio del gran lago zamorano, articulado y domado en otros siglos por un delirio de túneles que venían del soberbio Monasterio de frailes Bernardos, que dominaba con su altiva teología la entera Sanabria desde el balcón de San Martín de Castañeda. El borgoñés San Bernardo de Claraval había cantado a la Virgen María como un caballero galante, con el amor propio del amour courtois entre los caballeros y las damas de la Edad Media; sólo hay que recordar su precioso “Memorare o piisima Virgo Maria”, en donde la Virgen es sentida en el pecho puro del fraile como Dulcinea en el de Don Quijote. Y eso pensaría María Zambrano cuando aquel Monasterio de los Bernardos le evocase la imagen del santo borgoñés, que se atrevía a hacerle a la Madre de Dios requiebros, como los que le hacía el pertinaz Ramiro a ella.

Parecía que la noche en el lago era más oscura que en ninguna otra parte de la tierra. Sólo el egregio maestro pudo disponer de cama, en tanto que los jóvenes discípulos con varias mantas dormían en el suelo. Incluso el agosto sanabrés es frío cuando llega la noche. Ramiro sintió los pechos de María tibios y suaves sobre su rostro. Los sintió como una lisa ternura de nata caliente. Y durmió como un niño, y soñó paraísos bajo el aliento embriagador de la Zambrano.

A la mañana siguiente, los intelectuales expedicionarios alquilaron una barca de remos para adentrarse en las profundas aguas del Lago y cruzarlo sobre los reverberos innúmeros de las frías aguas, que casi los cegaban, y el valle inmenso que contenía el milagro del Lago respiraba con sus inmensos pulmones de piedra.

Se acercaron al Monasterio de San Martín de Castañeda, poblado en tiempos por una rica Comunidad de frailes Bernardos, austeros, doctos y misteriosos. Las gentes del pueblo decían que bajo el Monasterio hay túneles que penetran muy profundamente en la tierra, de modo casi abisal, y cruzan el inmenso lago por debajo del manto telúrico. Los jóvenes universitarios, miel derramada al sol, comprobaron que la población de San Martín gozaba de un perfecto régimen autárquico; comían y se vestían con lo que cultivaban; es decir, centeno y lino, un lino superior quizás al que el antiguo Imperio Bizantino exportaba desde Bulgaria y el sur del mar Negro (y también de Egipto); un magnífico lino milenario que le recordaba a Ortega el celebrado de Escitópolis, cerca de Galilea, ya bien conocido en tiempos del Imperio Romano. Porque entrar en San Martín de Castañeda era entrar en un santuario de civilización cristalizada, eterna, de tiempo detenido. Un barco gozosamente varado, en el que muchas de sus casas se habían construido con las piedras de sillería del abandonado Monasterio desmoronado. Ramiro veía a las gentes como pobres y, a la vez, muy superiores y mucho más sabias que las gentes de Madrid. Campesinos homéricos que no tenían miedo porque estaban siempre cerca del hambre.

Tras una siesta ibera, a eso de las cuatro de la tarde, Ortega propuso a sus queridos alumnos comprar unos calzones de lino, dado que no traían trajes de baño, y de esa guisa nadar en el lago hasta una pequeña isla rocosa, que sobresalía como arrecife lacustre, y que se encontraba a unos trescientos metros de una playa llamada “El Folgoso”, en la que habían estado adormilados, tras una suculenta y casi pantagruélica comida, llamada “arroz a la zamorana”. Los cinco eran buenos nadadores, y fuertes, y decidieron jovialmente competir para ver quién llegaba el primero, y el primero que llegó fue el mayor de todos, esto es, el egregio maestro. El agua estaba tan fría que la piel no se acostumbraba a esa baja temperatura, de suerte que cuando salieron para tomar el sol de agosto en el arrecife lacustre sintieron de inmediato el gozo de los rayos de sol calentando sus ateridos y casi amoratados cuerpos. El cuerpo esbelto de María Zambrano, rotundo, perfecto, insoslayable, de medidas policleteas, se transparentaba incontenible bajo el lino, y los cuatro varones pudorosamente desviaban sus miradas de aquella belleza tentadora. Cuando volvieron a la playa sintieron las aguas aún más frías, pero también más limpias y más puras, cristalinas.

Al atardecer de aquel segundo día, mientras inspeccionaban las orillas del lago, se toparon con una especie de bañeras de granito y mármol, ya casi cubiertas por una vegetación de helechos, que recordaban las homéricas y sofocleas Baptistêria, en donde Agamenón encontró la muerte con la pélekus blandida por Egisto.

- Aquí los campesinos no sólo son homéricos. También se encuentran reliquias homéricas.

- Hace sólo setenta años la gran emperatriz de los franceses y espléndida española, Eugenia de Montijo, se bañaba en estas bañeras con agua sulfurosa, para combatir – dicen las malas lenguas – enfermedades epidérmicas, causadas sin duda por el siempre peligroso amor desbocado o desaforado, dios travieso y terrible.

Ramiro y María cruzaron entre ambos miradas lascivas y pensaron en la noche que llegaba.

Regresaron a Madrid gozosos y melancólicos, porque les había sabido a poco aquel fin de semana.

- Tenemos que venir más veces al Lago de Castañeda. Yo me quedaría aquí viviendo un mes – dijo Ramiro.

- Tienes alma de ermitaño, Ramiro, de bosquimano, aunque creas que has nacido para la política tumultuaria y los disturbios sociales – afirmó don José -. Y has tenido una buena idea en hacernos venir aquí. Me gustaría que me escribieras para la Revista de Occidente un relato sobre este fin de semana en San Martín de Castañeda, pero no un relato en plan de ékphrasis y diêgesis literarias, y menos una historia de amor…No, sino unas impresiones del alma; esto es, un relato filosófico.

- Eso está hecho, don José.
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