24 de enero de 2021, 9:18:54
Opinión


Mandela, el político

Alejandro Muñoz-Alonso


Nelson Mandela, muerto a los 95 años, ha sido objeto de emocionados pero también gozosos homenajes por parte de los sudafricanos de todas la etnias y todos los colores, de la piel e ideológicos, que han visto en él a un auténtico Padre de la Patria. Pero a esos homenajes se han sumado también millones de personas de todo el mundo porque no hay ninguna duda de que Mandela, por su mensaje de paz y reconciliación de ha sido el africano más importante del siglo XX, especialmente durante su segunda mitad. Tras la matanza de Sharpeville, en 1960, Mandela -que, como abogado, venía trabajando para mejorar la situación de los negros y contra el brutal apartheid-se sumó a la resistencia armada y fue condenado a cadena perpetua en 1964.

Durante sus 27 años de prisión se produce en él una extraordinaria transformación que le lleva a rechazar totalmente la violencia y a convertirse en el gran motor de la reconciliación de todos los sudafricanos, profundamente divididos, no solo entre negros y blancos, ya que, entre los primeros, los enfrentamientos tribales eran también enormemente violentos. Mandela pertenecía al clan madiba de la tribu de los xhosas y, dentro de ella a una familia distinguida, conectada con la “realeza” tribal. Sus tradicionales adversarios eran los zulúes, que a veces se habían aliado con el opresor blanco en contra de los xhosas, incansables luchadores a favor de la igualdad entre todas las etnias.

En un reciente e interesante artículo, Guy Sorman escribe que “el camino que le llevó a Mandela de la violencia a la redención fue trazado por su fe cristiana”. La reconciliación entre los sudafricanos pudo llevarse a cabo porque en 1989 el primer ministro Bootha, defensor del apartheid, fue sustituido por Frederik Willem de Klerk, que, decidido a terminar con aquella vergüenza, liberó a Mandela en febrero de 1990. Ambos hombres, Mandela y de Klerk, merecen el reconocimiento de sus conciudadanos y del mundo entero porque, contra toda esperanza, lograron culminar con éxito la titánica tarea de reconciliar a los sudafricanos, haciendo con todos ellos una única nación. Mandela y de Klerk fueron distinguidos conjuntamente con el Premio Nobel de la Paz en 1993. Pocas veces se ha otorgado ese premio más merecidamente. Sorman escribe que esa reconciliación “fue, sin lugar a dudas, un acto de fe compartido por dos hombres que pertenecían a la misma confesión cristiana”.

Contemplando estos días en la pantalla de la televisión cómo los sudafricanos en toda su variopinta diversidad celebraban al que veían como padre de todos ellos, recordé unas páginas de Bertrand de Jouvenel en las que subraya que la política es una técnica de agregación de voluntades. “Siempre y en todas partes –escribe- se ha mirado como el mayor crimen social la acción contra el agregado”. Efectivamente, si el mejor político es el que sabe unir a los que antes estaban separados o divididos e incluso enfrentados, el peor es el que el divide y separa lo que había estado unido. Recuerda de Jouvenel cómo ya entre los romanos el peor de los crímenes era el perduellion, acto que tiende a destruir el agregado a erosionar o dividir al conjunto y que se consideraba equivalente al acto de alta traición y al crimen de lesa majestad.

En ese sentido, Mandela ha sido un político por excelencia porque ha llevado a cabo esa tarea, casi mágica, de unir a los diferentes sin ceder ante supuestos hechos diferenciales -¡Y había tantos en Sudáfrica!- que son siempre la raíz de la división y, por lo tanto, de la destrucción. No hay nada más negativo para la prosperidad y el bienestar común que esgrimir identidades peculiares y exclusivas que siempre enmascaran privilegios o abusos. Hace un cuarto de siglo –y aún menos- nadie pensaba que el problema sudafricano pudiera tener una solución fácil o próxima. Por aberrante que fuera aquella situación, el apartheid se había convertido en un elemento del paisaje internacional, con el que parecía que, necesariamente, había que contar, al que no había más remedio que soportar, porque no se veía medio de que los opresores dejaran de serlo ni de que los oprimidos lograran la libertad.

Era un penoso ejemplo de eso que se ha llamado la tiranía del status quo. No era un caso único. Pensemos, por aludir a otro escandaloso asunto, al contencioso palestino-israelí. ¿Cuántas veces nos han dicho que la solución estaba próxima? ¿Cuántas veces todo ha acabado en el abismo de la frustración y del desencanto? En Sudáfrica tuvieron la enorme suerte de contar con una figura gigantesca, con Mandela, o para ser más justos con dos, porque reitero que no se puede minimizar el papel de de Klerk, por más que la acción de Mandela adquirió, aún antes de salir de la cárcel, una dimensión mundial porque su mensaje de reconciliación llegó a todos los rincones de este ancho mundo. No han tenido esa suerte en Israel-Palestina.

En esta España nuestra, por diversas que sean las latitudes, se hizo algo parecido durante la Transición. Y todo funcionó muy bien hasta que se hizo oficial la política de revisión y descalificación de aquella etapa y que se concretó en la malhadada ley de Memoria Histórica, aberrante documento que trató –y en buena medida logró- dividir a los españoles, abrir viejas heridas ya cicatrizadas y oficializar eso que se ha llamado el “guerracivilismo”. Si Mandela ha sido el político por excelencia porque adoptó como lema la reconciliación, Zapatero sería un buen y patético ejemplo del antipolítico porque se opuso con saña a la gran empresa de reconciliación que fue la Transición.

Guy Sorman, en el artículo citado más arriba (aparecido en ABC el pasado día 7) alude a la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, fundada por Mandela y presidida por Desmond Tutu y escribe: “En vez de las venganzas y en los ajustes de cuentas que se esperaban y se temían después de los años de violencia interracial, esta comisión se basó en la confesión y el perdón. La mayoría de los que aceptaron reconocer su culpa, e incluso los crímenes cometidos en nombre del apartheid, blancos y negros, fueron amnistiados. Exceptuando los que cometieron los crímenes más graves, fueron muchos los que regresaron a la vida civil, exonerados por su confesión”. Un párrafo que se comenta por sí mismo.

Desgraciadamente, en España no es Zapatero el único caso flagrante de antipolítico, aunque posiblemente sí es el más grave. Habría que meter en el mismo saco a todos los divisores por excelencia –los mal llamados soberanistas y partidarios del supuesto derecho a decidir-; a los que tratan de excluir del juego democrático por medio de cordones sanitarios –en pleno delirio totalitario y con nostalgia de partido único- a todos cuantos no les gustan; a todos los que están dispuestos a vender su alma –seguramente porque no creen tenerla- por una victoria electoral; a los que “entienden” y hasta apoyan ciertas formas de violencia y hasta las consideran ejercicio de un supuesto derecho.

Hay ahora en España –y también en otros países- una sistemática campaña contra la política y los políticos. Los meten a todos en el mismo saco, son “la casta”. De ahí a cualquier versión del autoritarismo no hay más que un paso. Es reconfortante que existan figuras como Mandela que devuelven a la política su dignidad.
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