19 de enero de 2020, 9:35:06
Opinion


¿Tiene importancia Mandela?

Alejandro San Francisco


Los últimos días han estado marcados a nivel internacional por la muerte y los funerales de Nelson Mandela (1918-2013). Las páginas e imágenes de los medios de comunicación se han llenado de recuerdos, artículos –varios de ellos hagiográficos, algunos más profundos–, recuerdos y evaluación de lo que significó la figura de Madiba, como le llamaban al sudafricano que se convirtió en figura universal. Decenas de líderes de los más distintos países quisieron manifestar su reconocimiento al fallecido hombre de Estado, mientras su pueblo se volcó en actos de recuerdo y pesar ante la pérdida de uno de los hijos más queridos de África. Por eso es preciso preguntarse algunas cosas: ¿Tuvo alguna importancia real el líder sudafricano? ¿No se estará sobrevalorando su figura, como ocurre en muchas ocasiones, por el impacto que ha provocado su muerte? ¿Cómo separar lo esencial de lo accesorio, la verdadera importancia de Mandela frente al discurso laudatorio fácil y reiterativo? Es lo que intentaremos hacer en estas líneas.

Para ello debemos destacar dos elementos centrales en la vida y obra de Nelson Mandela que parecen definir adecuadamente su figura histórica.

El primero se refiere a la larga lucha que llevó adelante a la cabeza del pueblo sudafricano para establecer parámetros compatibles con la dignidad humana, la igualdad esencial de todas las personas, la necesidad de que el Estado reconociera jurídicamente a “los negros” tanto como a “los blancos”. Esta historia aparece ampliamente narrada en El largo camino hacia la libertad (Madrid, Aguilar, 2010), autobiografía de Madiba que se trata de una obra imprescindible para conocer la lucha contra el apartheid, la segregación racial, esa política expresa establecida por el gobierno de Sudáfrica para separar a los blancos de la población negra, cada uno con sus derechos y deberes, muy distintos y discriminatorios. Una historia con sus logros y dificultades, sus triunfos y derrotas, la acción del Congreso Nacional Africano, sus traiciones, castigos y avances hasta la victoria final. Ahí hay páginas de recuerdos a veces detallados de la lucha; también otras en que el lector se rebela ante la injusticia; las hay algunas marcadas por la emoción y las celebraciones menores y mayores. El resumen es muy claro: Mandela fue un luchador en un pueblo decidido también trabajar por su libertad y la igualdad.

Lo segundo se refiere a la tarea crucial de construir instituciones políticas y de generar el cambio histórico una vez que Mandela llegó al gobierno, entre 1995 y 1999. Ciertamente en el proceso contó con la transición encabezada por Frederik de Klerk para terminar las leyes de discriminación. ¿Qué hacer después de tantas esperanzas acumuladas, como también resentimientos y deudas? ¿Había llegado la hora de la venganza? ¿O era conveniente construir un mundo nuevo sobre la base de los acuerdos y la integración? De las múltiples cosas que se podrían evaluar sobre los años posteriores al apartheid, resulta clara la opción de Mandela por la paz y la reconciliación, la convicción de que era necesario llevar adelante una política fundada en un proyecto de futuro y no en las querellas del pasado, donde el reencuentro fuera la norma y las divisiones una muestra de sucesos pretéritos que no había que repetir. La película Invictus es ilustrativa del esfuerzo personal de Mandela al respecto.
Sí, la figura de Madiba tiene importancia. Ciertamente la tiene para la historia, porque nos ayuda a comprender de manera triste aunque con final feliz el trágico siglo XX, la universalidad de los derechos humanos, la importancia crucial de ciertas luchas que eran imprescindibles, donde un pueblo y sus líderes encabezaron un cambio decisivo y valioso para el mundo. Así Mandela se ubica en una posición análoga a la de otras figuras tan relevantes como Havel en Checoeslovaquia o Lech Walesa en Polonia, también perseguidos arbitrariamente, grandes luchadores por la libertad y futuros gobernantes de sus respectivos países. Podemos comprender mejor la historia del siglo XX con Mandela y Sudáfrica, con el apartheid y la superación de la discriminación.

Pero el líder africano también tiene una importancia especial para la política. Él logró reflejar muy bien la diferencia entre un político y un estadista, entre quien piensa en la próxima elección y el que piensa en la próxima generación, en esa famosa fórmula que se le atribuye a Churchill. Mandela optó por la grandeza donde otros seguramente habrían preferido la mediocridad, y por ello logró transformar Sudáfrica y se convirtió en un referente universal no solo por su lucha, sino también por su construcción después de la victoria.

Es verdad que en todos los casos de los políticos activos es posible encontrar dudas y contradicciones. También sabemos que todas las acciones positivas y los gestos de superioridad moral se pueden ver opacados por los fracasos y las decisiones erróneas, que Nelson Mandela también tuvo en sus años de perseguido político (las vacilaciones e incluso aceptación y promoción de la violencia) o durante su gobierno (leyes o actos de gobierno injustos). Incluso su propia persona admite críticas en afirmaciones que hoy resultan inaceptables o alianzas que al menos merecen un reproche. Eso siempre ocurre, más todavía en sucesos históricos donde la violencia se ha convertido en sistema y la injusticia en norma, como lo sufrió Sudáfrica durante décadas.

La historia, en este caso, tuvo un final mejor del que era previsible solo un tiempo antes, cuando el líder del movimiento anti racista estuvo durante 27 años en la prisión y cuando quizá el propio Mandela no imaginaba que vería el éxito de su lucha durante su propia vida. La cambiante década de 1980 comenzó a mostrar el final del camino y el propio Madiba se convirtió en actor principal del drama y de la resolución del conflicto a fines del siglo XX. El resto son detalles más o menos relevantes que no alteran ni el curso de los acontecimientos ni la visión global que podamos tener de su significado histórico.

Por eso podemos decir hoy con toda seguridad que Mandela tendrá un merecido lugar en la historia. Los funerales y la universalidad de su muerte han mostrado las primeras imágenes póstumas de una vida que debemos conocer y una historia que es preciso comprender.
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