14 de diciembre de 2019, 12:21:43
Opinion


El PP no gana para sustos

Joaquín Vila


Mientras el PSOE pisa charcos sin descanso, sus miembros se acuchillan entre sí (Pere Navarro y su derecho a decidir o a no decidir, Chacón en Miami, Patxi López afilando el cuchillo, la sucesión de Rubalcaba en el aire…) los sindicatos trincan sin pudor, la izquierda radical va de delito en delito, Artur Mas y Junqueras tiran piedras contra su propio tejado y contra todos...Mientras la política se enfanga más cada día, al PP le crecen los enanos.

Da igual que haya dejado atrás la recesión, que haya cumplido con su promesa electoral de reformar el aborto, que elabore una ley para evitar las manifestaciones más vandálicas. Todo lo que ponga en marcha encontrará detractores fuera y dentro de su partido. Y será tachado de fascista. Haga lo que haga.

Es verdad que los papeles de Bárcenas son una auténtica espada de Damocles para el Gobierno, pero al lado de la rapiña sindical a los desempleados y del guirigay del PSOE, por grave que sea la presunta caja B del PP, no se merece el aluvión de críticas que se ha llevado al lado del desafío secesionista, del desfalco de UGT y CCOO con el dinero de los parados y la aquiescencia de la Junta, con Chaves y Griñán a punto de ser imputados, uno de los más repugnantes escándalos de la democracia que Rubalcaba jamás se ha atrevido a comentar, aunque le exige a Rajoy que comparezca en el Congreso para dar explicaciones de sus medidas cada dos por tres.

Siempre se ha dicho que una de las peores estrategias del PP era su relación con los medios. Incluso su desprecio. Y lo están pagando con creces.
La última polémica dentro del PP y aireada a los cuatro vientos ha sido la crítica de la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, a la reforma de la ley del aborto elaborada por Gallardón, bajo la lupa de Rajoy. Parece la noticia del siglo. Cuando en realidad, lo que demuestra no es más que la libertad de los miembros del PP para opinar libremente, incluso para criticar las acciones de su Gobierno. Y no pasa nada. Gallardón ya se enfrentó en su momento a Rajoy y ha terminado de ministro.

En el PSOE, sin embargo, los críticos se exilian en Miami o en La Patagonia, porque Rubalcaba no les acepta a su lado y se rodea de un núcleo duro y radical en su gueto de Ferraz. Y prietas las filas. La campaña a favor del aborto libre les ha llevado al ridículo de convocar un congreso europeo para ensañarse con la ley a favor de la vida. Un ridículo como el de Mas, que, pese a que no le reciben ni los bedeles cuando se van de excursión por Europa, abre delegaciones en medio mundo para expandir su proyecto delirante con el dinero de todos los españoles. La última, en Washington.
Pero en España, los medios y en especial Rubalcaba se ensañan con cualquier iniciativa del Gobierno. La oposición no es eso. El PP tiene mayoría absoluta tras las últimas elecciones y, después de las barrabasadas que hizo Zapatero, los socialistas deberían estar calladitos y escondidos. Porque la mayor tragedia de esta democracia pasa por haber tenido recostado en su hamaca de la Moncloa al anterior presidente del Gobierno, que no dejó piedra sobre piedra y que, entre muchas otras cosas, convirtió a España en el paraíso del aborto mundial, levitando con las genialidades de Aido y compañía. O el baldón de la crisis catalana por empeñarse el muy progre de Zapatero en aupar y animar a Mas en sus pretensiones secesionistas. Y todavía lo estamos pagando. Y lo que queda.

El PP ha hecho con la reforma de la ley del aborto lo que debía y lo que le reclamaban sus votantes; esto es, la gran mayoría de los españoles. Y una crítica de Cristina Cifuentes, por otro lado uno de los grandes valores políticos del PP en el presente y de cara al futuro, no debe de agitar tanto las aguas políticas. Dice lo que piensa. Pero no será crucificada por Rajoy como si una socialista quitara la razón a Rubalcaba, que ha tildado la reforma del aborto como una campaña de la extrema derecha.

Cuando lo que tiene en sus filas es una legión de la extrema izquierda rapiñando y royendo los resquicios de sensatez que aún deberían quedarle a los socialistas. El PSOE ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Pero así se escribe la Historia. Los socialistas, la extrema izquierda, los secesionistas y hasta los etarras toman la calle y sacan pecho con soberbia, cuando deberían andar por las cloacas políticas, calladitos y sin rechistar.

Pero el PP (el Gobierno desgasta) se desgañita y esfuerza para enderezar un país que heredó hecho trizas. Pero los Zapatero y Rubalcaba se sentían muy ufanos en La Moncloa y no pueden aguantar que los españoles les hayan echado a patadas electorales. Llegaron a pensar que era su palacete. Tenían el poder y hacían con él lo que querían. Y lo que hicieron fue arruinar España y trocearla. Y tan contentos. Y ahora quieren reconquistar lo perdido con exabruptos e insultos.

Creen que lo mejor consiste en fusilar a la, por suerte, desaparecida extrema derecha. Que, por lo visto, se ha colado en el PP. Aunque nadie sabe dónde, pues entre otras cosas ya no existe. Pero la extrema izquierda sí, la gran aliada del PSOE en sus manifestaciones y algaradas y que le está comiendo el terreno hasta al astuto de Rubalcaba. Y los sindicatos, primero, comiendo marisco a dos carrillos y trajinando buenos y costosos caldos a costa del dinero público para, luego, reventar la calle. Demócratas.
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