25 de enero de 2020, 7:23:19
Opinion


Claves del Mensaje del Rey

Manuel Sánchez de Diego


El mensaje de Navidad del Rey de España de este año presenta a mi juicio una serie de ideas dignas de comentarse, pero antes de hacerlo hay que señalar varias peculiaridades del marco en el que se produce esa alocución televisiva.

En primer lugar porque es de los pocos discursos que son elaborados directamente en la Casa de Su Majestad el Rey de España, pues la mayoría de ellos se escriben en Ministerios o en Presidencia de Gobierno y se pronuncian por el Rey sin que pueda cambiar nada –ésta es una de las reglas de las Monarquías constitucionales- y siempre con el refrendo del Presidente o de un Ministro. En este caso el Rey comparece solo y el discurso es producido en Zarzuela y sólo ha sido revisado por Moncloa.

La segunda referencia es que en estos momentos el Rey es uno de los españoles que mejor está informado. No solo por el Gobierno, también por los militares con los que ha compartido cuartel, destino y penurias; por civiles de renombre, expertos en derecho, economía, comunicación, relaciones internacionales, deporte… por españoles y extranjeros con los que mantiene relaciones fraternas, de amistad y confianza. A la Casa del Rey llegan informes, el Rey se entrevista un día sí y otro también con personas de todo tipo, el equipo de comunicación de Zarzuela conoce lo que se dice dentro y fuera de nuestras fronteras y prepara los correspondientes resúmenes de prensa.

La tercera consideración es que el Rey no está comprometido con ninguna política partidista; ni del PP, ni del PSOE. Otra cosas sería si el Jefe del Estado hubiese sido elegido como Presidente de la República con el apoyo de unos u otros. La única preocupación del monarca solo tiene una sigla, la E de España.

Como cuarto detalle de este marco debemos referirnos al necesario tono moderado de sus intervenciones. Esto puede exasperar a algunos periodistas, políticos o, incluso a la gente de calle: “debía ser más claro”, “no ha sido lo suficiente contundente como para llamar la atención de los oyentes” son algunas de las críticas que se le hacen al discurso del monarca. La verdad es que el Rey debe ser moderado en sus manifestaciones. Cuando en algún caso fue demasiado explícito, como ocurrió un año con sus críticas a la corrupción, desde el Gobierno de González se cambió el discurso para criticar a los periodistas, quizás contra aquellos que estaban desvelando los casos de corrupción. En algún lugar debería escribirse una norma no escrita por la que el discurso navideño del Rey no se toca por el poder político, basta con la moderación del monarca. Esta moderación exige una lectura entre líneas. De esa forma cuando el Rey se refiere a la “generosidad de las fuerzas políticas y sociales representativas” está pidiendo a nuestros políticos un esfuerzo, al menos similar al que hicieron los políticos de la Transición.

Pese a la importancia de este mensaje navideño del Rey, lo cierto es que la mayoría de los periódicos han tapado su contenido relevante con una información circunstancial e insustancial: “El mensaje navideño del Rey, el menos visto de los últimos 15 años”. He de reconocer que fui uno de esos españoles que no vio en directo el mensaje del Rey. Después lo he visto varias veces en youtube y lo leído en la propia página Web de la Casa del Rey. Las razones son las propias de esta sociedad cada vez más alocada y complicada en la que el tiempo es un recurso escaso. Cada vez tenemos menos tiempo para ver la televisión, incluso para felicitar a nuestros amigos. Por eso, dedicar casi 12 minutos a ver el Mensaje Navideño del Rey puede parecernos un despilfarro de nuestro tiempo, sobre todo si intuimos que será igual que el de otros años.

Sin embargo, creo que el discurso de este año es especialmente valiente, sin perder esa moderación a la que hacíamos referencia. Se han dicho verdades como puños, con guantes de seda.

El comienzo va dirigido directo al corazón. Al corazón de aquellos que sufren la crisis, al de aquellos emprendedores, autónomos, inmigrantes, servidores públicos y españoles que han tenido que emigrar. Todos ellos que con su sufrimiento y trabajo hacen que nuestro país siga funcionando. Al de los pensionistas que son “soporte de muchas economías familiares”. Al de la sociedad civil que en nuestro país es sumamente solidaria –no hace falta recordar los éxitos de las campañas de Cáritas, Banco de Alimentos y otras Ongs. Al corazón de las víctimas del terrorismo que sufren los efectos de un innombrable proceso de paz, aliñado con picantes resoluciones judiciales internacionales, incomprensibles en nuestro país.
Si quitamos el guante de seda, podríamos ver una bofetada directa a la corrupción y a las malas prácticas políticas que han producido un claro divorcio entre ciudadanía y clase política: “falta de ejemplaridad en la vida pública”, “la necesidad de un profundo cambio de actitud y un compromiso ético”, “la salud moral de una sociedad se define por el nivel del comportamiento ético de cada uno de sus ciudadanos, empezando por sus dirigentes” o que “la ejemplaridad presida las instituciones”.

Manifestaciones todas ellas que deberían doler no solo a los dirigentes políticos, también a los económicos, sociales e intelectuales, por lo que en mi pequeña parte me siento concernido y comprometido. Incluso el Rey en su despedida asume personalmente “las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”. Alguien, yo en este caso, puede decir que el monarca “se ha puesto las pilas”, aludiendo, sin decirlo a los escándalos de su yerno Urdangarín y a alguna afición cinegética legítima, pero inoportuna.

En el discurso también se tiende la mano a la solución que pasa por la generosidad de los dirigentes políticos, el diálogo de las fuerzas políticas y sociales como “el método prioritario y más eficaz de solución de los problemas colectivos”, el respeto a las reglas del juego democrático, “las reformas necesarias para afrontar un futuro marcado por la prosperidad, la justicia y la igualdad de oportunidades para todos”, la unión en torno a la idea de España –obviando las veleidades nacionalistas, más propias del Medievo que del siglo XXI y que se encuentran en fuera de juego- con la única cita que pone en boca del Príncipe de Asturias: “España es una gran Nación que vale la pena vivir y querer, y por la que merece la pena luchar”.

En definitiva, un discurso con un compromiso sólido del Rey de continuar en su puesto para que sin hacer nada significativo, arbitre y modere el funcionamiento regular de las instituciones de España. Confiemos que lo logre.
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