24 de enero de 2020, 7:32:21
Opinion


Echar a los violentos del deporte y los etarras, a la cárcel

Joaquín Vila


Por mucho que le critiquen sus detractores, Florentino Pérez es uno de los mejores presidentes que ha tenido el Real Madrid. Ha cometido errores, como todos: el fichaje de Mourinho, el tipo más antipático y borde del deporte, que, entre otras cosas, destrozó la carrera de Iker Casillas, el mejor portero del mundo, y desquició a todo el mundo; ha fichado a golpe de talonario a jugadores que no han rendido, echó a Del Bosque nada más ganar una Liga…

Pero Florentino Pérez ha conseguido contar con una plantilla excepcional: con varios de los mejores jugadores del mundo (Zidane, los dos Ronaldo…), aunque alguno, como Neymar o Ribèry, se le escaparon o dejó marchar a un genio como Özil. Pero, en general, ha trabajado con astucia y ha conseguido contar siempre con un equipo de calidad y vencedor con el que ha logrado muchos títulos.

La última decisión del presidente del Madrid es ejemplar: los llamados Ultras Sur, los más violentos y nazis de los aficionados, van a ser erradicados del estadio. La grada que ocupaban será destinada a los jóvenes que se supone que serán pacíficos y podrán disfrutar del juego del equipo más emblemático de los últimos tiempos, considerado el mejor del siglo XX. Un ejemplo que deberían seguir todos los clubes, como el Barcelona con sus legiones de desquiciados Boixos Nois o tantos otros que acogen y arropan a los más violentos.

Porque en los estadios de fútbol no caben neonazis o ultras independentistas. La violencia hay que erradicarla de todas las instituciones y, desde luego, del deporte. Y para ello, están los dirigentes que deben afrontar tal reto con valentía y sin miramientos.

En política ocurre algo parecido. El Gobierno del PNV cuida y arropa a los etarras, a los excarcelados por la derogación de la doctrina Parot, que son homenajeados cuando salen de la cárcel, mientras la policía vasca contempla sus incontables apologías del terrorismo sin mover un dedo. Y ahora tenemos que tragarnos el último sapo de los etarras con un nuevo comunicado, cuyo único propósito consiste en sacar a la calle a más asesinos. Porque piden perdón con la boca chica. Ni caso. Ni agua. Los etarras, a la cárcel.

En Cataluña ocurre algo parecido con la violencia. Los independentistas más radicales toman la calle como vándalos, con la aquiescencia de la policía catalana, incluso con su apoyo. Y con el de Mas y Junqueras, claro. Ahí, el delito está en exhibir una bandera española o colocar rótulos en castellano en los comercios. Y eso sí que es perseguido y multado. La violencia secesionista, no.

Los sindicatos, con el PSOE de aliado, organizan manifestaciones sin parar, rodeados de los anti sistema más violentos, que siempre terminan arrasando las ciudades, especialmente Madrid. Pero a los sindicatos parece gustarles las algaradas de sus cachorros.

Es verdad que la violencia se expande por todos los rincones del mundo. En Egipto, en Sudán, en Afganistán, en Cuba, en Nicaragua, en México, en Brasil, en Colombia, en Irak, en Libia, en Túnez, en Venezuela, en Argelia, en Corea del Norte, en México… y hasta en Estados Unidos, el país más avanzado y en el que más crímenes civiles o mafiosos se cometen, según todas las estadísticas.

También es verdad que, con la crisis económica, los extremistas más violentos campan a sus anchas. Las guerras, el narcotráfico, con sus bandas de sicarios, los atracos, la mafia, que todavía actúa en Italia y en Norteamérica…

Muchos están arropados por el poder y otros se burlan de las autoridades para cometer sus fechorías. Pero en pleno siglo XXI, los gobiernos de todo el mundo deberían afrontar el gravísimo problema de la inseguridad y atajar la violencia que azota medio mundo. Porque la ONU se limita a condenar estos actos, se atasca en su inutilidad, entre otras cosas porque está agarrotada por las grandes potencias, que vetan cualquier resolución que les moleste.

Florentino Pérez ha cogido al toro por los cuernos y, pese a expulsar a los que más animan y jalean al Madrid, ha preferido dispersarlos para evitar la violencia que generan con sus esvásticas (que no saben ni lo que significan) y con su odio desatado.
Mientras, el Gobierno se muestra impotente ante los homenajes a los etarras o ante los independentistas catalanes más radicales que arramplan con todo y queman la bandera española cada vez que tienen ocasión.

Se acabó el Holocausto nazi y el comunismo anda boqueando en todo el mundo, aunque en España Cayo Lara y compañía siguen con el puño en alto, como estatuas de sal. Mientras, la tercera guerra mundial, larvada y silenciosa, auspiciada por el terrorismo islamista, se prepara para destruir el mundo occidental. Pero como dice el escritor rumano Norman Manea, “en el año 2.000 todavía no hemos aprendido ni a amar al vecino.” O, mejor, a la vecina del quinto.
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