25 de enero de 2020, 7:26:59
Opinion


El caso Vargas Llosa

Alejandro San Francisco


Esta Navidad recibí un regalo tan inesperado como excelente: el libro Vargas Llosa. De cuyo Nobel quiero acordarme (Madrid, Instituto Cervantes, 2013), gentileza del Instituto Cervantes. Se trata de veinte ensayos de veinte escritores distintos, entre ellos Iwasaki, Armas Marcelo, Carlos Franz, Benavides, Karla Suárez, Juan Gabriel Vásquez, Paz Soldán y Jorge Carrión. Cada uno de los textos es un homenaje al Premio Nobel de Literatura de 2010, que permiten acercarse a su polifacética figura, y quien es quizá la principal figura del mundo cultural de habla hispana en el presente.

En su discurso al recibir el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa recordó algunas de las influencias intelectuales que había recibido en su vida. Entre ellos destacan escritores emblemáticos como Flaubert, Faulkner o Malraux, así como personas de otros mundos distintos al literario, entre los que menciona a Raymond Aron, Jean-Francois Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper. Es decir, la doble dimensión de literatura y política, el amor de toda la vida y la responsabilidad cívica para influir en los destinos de su país y la humanidad. O quizá son dos caras de una misma medalla, para quien declaró al recibir el Nobel que “la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas”.

En el ámbito estrictamente de las letras, sabemos que el escritor peruano obtuvo el máximo galardón universal de las letras el 2010, el Premio Cervantes en 1994 y otras tantas distinciones en todo el mundo. Para llegar a eso comprendió en algún momento que era necesario consagrarse de manera radical a escribir, quemar las naves, ser escritor sin ambigüedades. Desde La ciudad y los perros en la época del Boom latinoamericano hasta su reciente El héroe discreto, pasando por Conversación en la Catedral, El pez en el agua o La verdad de las mentiras (novela, autobiografía y ensayo literario respectivamente), tenemos a un autor que se ha consagrado como figura de las letras en español y una de las cumbres literarias de las últimas décadas.

En otro plano, hay quienes han dicho que la irrupción política de Vargas Llosa resultó un estruendoso fracaso que le obligó a “exiliarse” y a regresar a la literatura donde sí en cambio resultó exitoso. Si bien esto tiene algo de verídico, es necesario analizar el asunto en su contexto. Después de todo hay muchos candidatos y presidentes de estados que pronto cayeron en el olvido o en un recuerdo oprobioso. El caso del ex candidato derrotado por Fujimori es más bien al revés: se ha convertido en un político, si podemos llamarlo así, activo e influyente, y de dimensión universal, siempre caminando sobre el eje de la libertad.

Un día lo vemos apoyando una causa en un país lejano, promoviendo ciertos derechos conculcados por algún régimen de turno, trayendo a la memoria alguna figura o suceso histórico relevante. Sea a través de la Fundación Internacional para la Libertad, en foros especiales organizados en España o América Latina, o en sus indispensables columnas de El País, Vargas Llosa asume la causa de la libertad con la pasión del converso y con una gran inteligencia. Seguramente, como ocurre en estos casos, muchos se vean distanciados del intelectual público, de todas o de algunas de sus posturas económicas o políticas. A todos nos pasa, pero no está ahí lo esencial. Lo relevante es que hay al menos dos aspectos cruciales que debemos considerar en torno a la influencia pública de Vargas Llosa.

El primer aspecto es el genuino sentido de deliberación democrática que anima la presencia del escritor en sus foros o escritos. Cuando habla o escribe mezcla con inusual coherencia la exposición de sus convicciones más asentadas con un profundo respeto por otras formas de aproximarse a las ideas o los hechos, lo que podemos llamar amistad cívica. El segundo aspecto se refiere a la capacidad que tiene para elevar el nivel intelectual de la discusión pública, cuestión que se hace cada día más apremiante ante la evidencia de la pobreza del debate, de la primacía de los eslóganes sobre las ideas y los prejuicios sobre el intento de comprensión del otro.

A esta altura, sin embargo, resulta particularmente difícil dividir las intervenciones de Mario Vargas Llosa, pues bisecar al político del escritor es matar la unidad de la persona y de su vocación pública y literaria. Basta releer –aconsejable desde luego– el discurso de Estocolmo en diciembre de 2010, para ver como se expresan sin solución de continuidad el temprano descubrimiento de la lectura (“la cosa más importante que me ha pasado en la vida”), la posterior “pasión, vicio y maravilla que es escribir”, el agradecimiento a los maestros literarios, con la recurrencia sin término a la realidad social, a la historia política del fin de los totalitarismos, pero con pervivencia de las dictaduras. Aparece como evidente para quien lo ha pensado y hecho doctrina que defender “la democracia liberal, con todas sus limitaciones”, es tan necesario como promover la cultura, porque mejorar las condiciones materiales de vida para todos los hombres es tan imprescindible como lo es abogar por su desarrollo espiritual.

He tenido la alegría y el privilegio de escuchar en varias ocasiones a Mario Vargas Llosa en el último tiempo: en un interesante debate con Giles Lipovetsky en el Instituto Cervantes, a propósito de su libro La civilización del espectáculo; una conferencia extraordinaria en la Real Academia Española, por la edición especial del 50 aniversario de La ciudad y los perros; promoviendo la paz y el entendimiento entre los pueblos junto a Jorge Edwards en el Círculo de Bellas Artes; otra clase magistral en Casa de América a propósito del Boom latinoamericano; algunas otras veces lo he visto hablando sobre diversos temas y en contextos distintos; incluso he podido hablar con él en dos o tres ocasiones, aunque brevemente. Siempre resulta interesante y diferente, cada vez anima a una lectura adicional o plantea una perspectiva a considerar para el debate público.

Por supuesto, no se agota en él la literatura ni el debate público contemporáneo. Pero resulta que es necesario y conveniente pasar por Vargas Llosa, porque nos ayuda a comprender mejor los fenómenos literarios de habla hispana en el último medio siglo, nos permite comprender mejor nuestra época y –cada uno con sus legítimas posturas personales– contribuye a pensar de manera valiente en un mundo mejor. Todo un caso.
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