14 de diciembre de 2019, 20:41:59
Opinion


El interés del PNV



Iñigo Urkullu ha pedido reunirse con Mariano Rajoy “cuanto antes” para contarle de viva voz en qué consiste su “proyecto democrático de convivencia”. Dicho proyecto no deja de ser una reedición del plan Ibarreche, previamente maquillado y pulidas algunas esquirlas jurídicas. Hay que decir que el Presidente del Gobierno ya tiene en su poder el borrador desde junio, aunque el desafío soberanista de Artur Mas ha hecho que tanto desde Madrid como desde Vitoria se haya esperado a mejor ocasión.

Todo ello coincide con el nuevo comunicado-trampa de los presos de ETA, y con los insultos -tan graves como, por desgracia, habituales- proferidos por la izquierda abertzale contra familiares de víctimas. Comentarios del estilo “los nuestros están en la calle, los vuestros en el hoyo” -no por más crueles y lacerantes, menos ciertos- han hecho que incluso la fiscalía haya tomado cartas en el asunto, por si los hechos fueran constitutivos de delito.

Estamos, en todo caso, ante un escenario que interesa al PNV: el Gobierno central demasiado ocupado con el órdago secesionista de CIU y Esquerra, y la izquierda abertzale intentando recuperar protagonismo y, con ello, haciendo el “trabajo sucio” al supuesto sector moderado del nacionalismo vasco que intenta encarnar Urkullu. Pero conviene tener muy presente que, por más que ahora parezca querer ponerse de perfil, el objetivo del PNV no dista mucho del de CIU y Esquerra. Y es un objetivo al que, por más sordina que aparente tener el discurso jetzale, no se va a renunciar.

Hay, eso sí, un “hecho diferencial” en el caso vasco del que, al parecer, nadie quiere hablar, aunque todos lo conozcamos: el hecho de que, a pesar de ser una de las comunidades con mayor renta per cápita de España –y de Europa- está fuertemente subvencionada, vía concierto económico, por el resto de los españoles. Sólo los nacionalistas catalanes se han atrevido –y con razón- a señalar una anomalía que, más pronto que tarde, terminará por saltar a la arena política. Una anomalía, eso sí –y este es el corolario que los nacionalistas siempre omiten- que viene de pensar la fiscalidad en términos territoriales, en lugar de en función de los ciudadanos individuales.
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