22 de octubre de 2021, 18:10:10
Opinión


Año nuevo, vida nueva

Francisco Delgado-Iribarren


La primera carta de San Pablo a los tesalonicenses termina con una serie de recomendaciones especiales. Las últimas: “Examinad todo, retened lo bueno. Huid de toda especie de mal”. Una edición más moderna ofrece una versión más exigente: “Examinad, sí, todas las cosas: y ateneos a lo bueno y conforme el Evangelio. Apartaos aun de toda apariencia de mal”.

Es verdad que cada uno habla de la feria según le va en ella y que nunca llueve a gusto de todos, pero el común de los españoles califica el año que se va como “malo”. Lo que me propongo en esta columna de balance es, después de examinado, retener lo bueno que ha dado este 2013, que algo ha dado. Más de lo que parece a simple vista.

En primer lugar, nos ha traído al Papa Francisco, elegido precisamente un día 13, el de marzo. Un Papa que rompe muchos moldes: primer Papa americano, primer Papa jesuita. Un Papa que es un portento de la comunicación. Un Papa en la vanguardia del siglo XXI. No es de extrañar que los principales medios de comunicación le hayan elegido personaje del año, y más en una época de atonía en el liderazgo. En solo nueve meses de pontificado él ha sacado todas las virtudes que se sueñan de un líder: valentía, firmeza, coherencia, compromiso, carisma, cercanía, sensibilidad… O, por resumirlas en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

En segundo lugar, aunque haya llegado en el último suspiro del año, quiero mencionar el anteproyecto de la ley orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada. Por sí sola no logrará erradicar de nuestra sociedad el inmenso drama del aborto, pero ayudará a salvar las vidas de decenas de millares de inocentes. Esto debe considerarse una buena noticia del año 2013. La reforma de la ley del aborto (una ley socialista agravó otra ley socialista) era una reclamación clara y constante de una parte muy importante de la sociedad y de una parte muy importante del electorado del PP. Mienten descaradamente quienes dicen que la ley Zapatero/Aído no tenía contestación social. ¿O es que las multitudinarias manifestaciones les cogieron de vacaciones? ¿Me está diciendo, por ejemplo, Rubalcaba, que yo estoy fuera de la sociedad?

En tercer lugar, el aspecto económico, que parece el baremo más importante –a veces, el exclusivo- de nuestra época. Este asunto también es delicado. Millones de personas están en el paro y los que llegan con solvencia a fin de mes son una minoría absoluta. Es evidente que estamos mal organizados económicamente. Hay jóvenes con fuerza y ganas que no pueden trabajar o están desaprovechados y, por otro lado, hay jóvenes y adultos que trabajan muchísimo, hasta la extenuación cuando no hasta la explotación. ¿No sería más lógico repartir un poco el juego?

Con todo, hay datos esperanzadores en la macroeconomía –condición para la esperanza en la microeconomía- y hay que reconocerle al Gobierno sus méritos. Por ejemplo, una reforma administrativa que ya nos está ahorrando muchos millones. U otros recortes –sí, benditos sean algunos recortes- que aligeran nuestra gigantesca carga económica de gastos superfluos o directamente injustos.

Uno de los cánceres de España es la corrupción. Esta se ha manifestado de forma gravísima a lo largo de este año: caso de los ERE falsos de Andalucía, caso Bárcenas, caso Nóos, caso Palau, caso UGT… Y un larguísimo etcétera de casos menos conocidos. Como bien señaló el portavoz parlamentario del PP, Alfonso Alonso, esto no significa necesariamente que en los últimos años haya más corrupción, sino que en los últimos años se está descubriendo muchísima corrupción que, en todos los casos, venía de lejos. En este sentido, solo cabe felicitarse por que cada vez se persiga con más intensidad esta lacra que, a la larga, perjudica la economía de todos. Las víctimas de la corrupción somos todos, empezando por los más desfavorecidos y los parados.

Cito a don José Ortega y Gasset: “El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores”. Aplíquese también a España y resultará así: “El verdadero tesoro de España es el tesoro de sus errores”. Aún no sabemos –o, si alguno sabe, no puede- solucionar los múltiples y variados problemas de nuestro país. Al menos, si no sabemos lo que hay que hacer, concentrémonos en lo que no hay que hacer. En lo que ya se ha probado y no ha dado resultado. O ha dado un resultado nefasto. Aprendámoslo, recordémoslo y combatámoslo. Renunciemos a ello para siempre. Sólo así tendremos derecho a la esperanza.
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