9 de diciembre de 2019, 17:44:59
Los Lunes de El Imparcial

CRÍTICA


Günther Grass: Años de perro


Günther Grass: Años de perro. Traducción de Carlos Gerhard. Alfaguara. Madrid, 2013. 689 páginas. 22 €


La presente novela, junto a El tambor de hojalata y El gato y el ratón, conforman la famosa Trilogía de Danzig, de uno de los escritores alemanes más importantes del siglo XX, renovador de la literatura germana de la posguerra y que alcanzó el Premio Nobel de Literatura en 1999. En Años de perro, el autor desarrolla una historia ambientada en la Alemania de entreguerras, que observó el crecimiento del nacionalsocialismo, el advenimiento de Hitler al poder en 1933, el régimen arbitrario en los años siguientes, acompañados por la guerra y el exterminio. Si bien los personajes recorren la amplia geografía alemana, en su origen la obra está situada en la frontera con Polonia, donde el propio Grass vivió sus primeros años.

La obra -monumental, compleja, a veces difícil- presenta una escritura original, que en la propuesta de Grass de la década de 1950 procuraba rebelarse contra el lenguaje tradicional de la propaganda nazi. Cada uno de los tres capítulos tiene distintas formas y narradores, que se van entrelazando hasta ir descubriendo los diferentes retazos de la historia. En la primera parte es el propietario minero Brauxel el que da a conocer la incipiente amistad entre Walter Matern y Eduardo Amsel, ambos nacidos en 1917 (figuras principales, aunque hay también otros personajes interesantes y bien logrados). El segundo está presentado en forma de cartas, que Harry Liebeman escribe a su prima Tula, recreando algunas vivencias del vecindario, los sucesos que fueron cambiando entre los amigos, en la escuela y en la ciudad. Finalmente, en el tercer capítulo se narra el esfuerzo de Matern por vengar -en compañía de su perro Pluto- las ofensas recibidas en los años previos, así como el esfuerzo por desarrollar una nueva vida en la RDA.

Todo había comenzado con una gran amistad entre Matern y Amsel, este ultimo mitad judío, por el lado paterno. Su padre Alberto era un exitoso comerciante, quien leía el libro Sexo y carácter, con el que Otto Weininger quería probar que las mujeres no tenían alma, al igual que los judíos. Por su parte el pequeño Eddi, golpeado en el colegio, encontró en Walter Matern a un defensor y a un amigo, y pronto se volvieron inseparables: Amsel, niño brillante, creativo, gran dibujante y experto fabricante de espantajos para el campo; Walter, deportista de excepción, actor, muy exitoso con las mujeres. Con los años y la nueva situación alemana, Amsel se obsesiono con los uniformes de las SA hitlerianas, quiso poseerlos (no podía al no ser ni poder ser miembro de ellas), aunque se limitó a dibujarlos, comprarlos e incluso a fabricar figuras con su habitual talento. Walter, por su parte, se postuló a las SA, para favorecer a su amigo con los uniformes y sin ocultar en su ficha que había sido comunista.

En el contexto del régimen nazi, que constituye el telón de fondo de toda la obra, era imposible que esa amistad profunda y generosa tuviera un final feliz. Así quedó ilustrado cuando Amsel fue atacado por una tropa de nueve miembros de las SA, que le volaron sus 32 dientes; mientras Matern fue parte de los que invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939 (lo cual no excluye los problemas que él mismo tuvo al ser expulsado de su grupo en las SA y luego castigado mientras estaba sirviendo en la guerra).

El libro tiene muestras de genialidad y algunas expresiones superlativas de talento, para un autor que estaba comenzando después del exitoso El tambor de hojalata, y que Alfaguara recupera ahora en el cincuenta aniversario de la primera edición. Una de esas manifestaciones destacadas se aprecia en la elaboración de un programa de radio, muchos años después de la guerra, con la participación del nuevo locutor Walter Matern. Programa creado ad hoc, llamado "Discusión Pública", ejercicio de deliberación democrática destinado a recuperar el pasado, especialmente del propio Matern. En la ocasión aparecen algunos aspectos anecdóticos interesantes: Walter había nacido un 20 de abril, al igual que Hitler; el perro que lo acompañaba con el nombre de Pluto había sido el Príncipe, perro favorito del mismísimo Fuhrer. Sin embargo, la confesión de Matern, pública y democrática, no secreta y sacramental como se especifica, depara una sorpresa dramática: uno de los nueve SA que atacaron a Amsel había sido el propio Matern, quien lo golpeó con la mayor violencia, aunque lo seguía recordando como a su mejor amigo. "Golpes, eso es lo que le repartíamos al chueta. Todos en el hocico". Así había terminado la amistad "inseparable".

Esa confesión forma parte del final, cuando Matern deambula por Alemania procurando la venganza de quienes lo habían perjudicado u ofendido en aquellos "malditos años de perro". Decide dejar después la Alemania capitalista para ir a la zona oriental donde se construye el socialismo. En el viaje nuevamente sufre el desencanto por un mundo infernal, quizá el del futuro, con reminiscencias de 1984, de Orwell, o Un mundo feliz de Huxley.

Por Alejandro San Francisco
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