26 de noviembre de 2020, 22:10:50
Opinión


Ariel Sharon, alguien de otro tiempo

Antonio Hualde


Kidon significa “bayoneta” en hebreo. Pero es, también, el sobrenombre que reciben en clave interna los agentes del Mossad -el mítico servicio secreto israelí- encargados de “neutralizar” objetivos potencialmente peligrosos para el estado de Israel. Utilizando el término ficticio creado por Ian Flemming para James Bond, son los 007 israelíes, cuyas misiones deben ser aprobadas en persona por el primer ministro. Cuando lo fue Ariel Sharon, entre los años 1998 y 1999, los kidones del Mossad tuvieron más de una actuación importante aunque, como muchas de ellas, ni se conocen ni se conocerán.

Ariel Sharon era un hombre de acción. Era también un sabra, como se conoce a los israelíes que han nacido en Israel. El, además, lo hizo en una especie de kibutz, experimento mitad socialista mitad sionista de granja comunitaria, un modelo indudablemente exitosos en sus primeros tiempos pero actualmente en revisión. De hecho, muchos o han sido desmantelados o se han transformado en centros de interpretación o alojamientos para turistas. Algo así puede decirse de Sharon, un militar excelso que se labró una gran reputación participando en todas y cada una de las guerras libradas por el estado de Israel contra sus vecinos árabes, pero que la enfangó por completo en 1983, cuando permitió -si es que no alentó- la matanza de mujeres y niños palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, al sur del Líbano.

Arik, como se le conocía popularmente, nunca se escondió. Antes he citado las guerras del estado de Israel desde su constitución en 1947. Independencia, el Sinaí, Yom Kipur, o los Seis Días tienen tres características comunes: las iniciaron los árabes, las perdieron los árabes, y en todas ellas pudo verse a Sharon destacar en el campo de batalla. Ya entonces, desde algunos sectores militares se criticó su exceso de celo a la hora de combatir al enemigo. Otros destacados soldados que luego entrarían en política, como Ehud Barak -el militar más laureado de la historia de Israel- se distinguieron justo por lo contrario: mismo arrojo, pero mucha más prudencia.

La matanza de Sabra y Chatila es uno de los mayores horrores que se han visto en Oriente Medio, aunque no el único, por desgracia. Sin embargo, nada justifica que se ampare y de cobertura a hombres armados que cometan todo tipo de atrocidades en dos campos de refugiados palestinos, sin que el ejército israelí que los rodeaba -Sharon estaba al mando- hiciera nada por impedirlo. Años después, y en pleno proceso de conversaciones de paz, Sharon no tuvo mejor ocurrencia que darse un paseo por la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, una provocación que dio gasolina a base de pedradas a la Intifada. Sin embargo, controvertido como era, en 2005 dio la orden de evacuar los asentamientos judíos de la franja de Gaza, dejando ésta en manos palestinas. Ello le supuso un considerable desgaste entre los suyos, siendo tildado de traidor por los más extremistas.

Fue, con todo, una decisión realista y acertada, tomada por alguien que quizá demasiado tarde había entendido que el entendimiento es mejor arma que el exterminio, y que la convivencia no tiene porqué ser una entelequia en Oriente Medio. Hoy los tiempos son otros, y otras las formas de hacer política; o casi. Facciones palestinas siguen haciendo del terrorismo su único modo de expresión, y tipos como Benjamin Netanyahu no cejan en el error de la política de asentamientos ilegales, reprobable por sus cuatro costados. Ojalá Sharon se pudiera llevar a la tumba la intolerancia de unos y otros, por cuanto es algo que ya pertenece -o debería- al pasado. Como Arik.
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