19 de enero de 2020, 9:43:38
Opinion


Latinoamérica 2018 (II)

Juan Federico Arriola


La selección brasileña probablemente gane el mundial organizado en Brasil en 2014 y siga siendo una potencia en fútbol. Su economía creció mucho en los últimos años, aunque la Ruossef no tiene el carisma de Lula da Silva, terminará con menos ingobernabilidad que Argentina, Venezuela y México. El tamaño de su economía y de su población la convertirá en cuatro años en el país iberoamericano y también latinoamericano con más oportunidades de desarrollo y en la potencia de exportación por encima de sus vecinos y también de México, atado a la economía y a los intereses de Estados Unidos.

Centroamérica tiene instituciones muy débiles y serios problemas de pobreza que explican perfectamente el fenómeno migratorio hacia México y Estados Unidos. El Salvador salió de una guerra civil tremenda y poco a poco ha demostrado tener un régimen político con alternancia, pero el problema de las bandas sigue preocupando a muchos. Los llamados “maras salvatruchas” son la principal preocupación del gobierno salvadoreño en cuanto a inseguridad pública y criminalidad se refiere.

Lamentablemente El Salvador ha perdido soberanía económica: desapareció su moneda local –el colón- y el dólar estadounidense es la moneda oficial en todo el país. La democracia tiene sus riesgos. En El Salvador es probable que el partido fundado por el criminal represor, que creó los escuadrones de la muerte y responsable del asesinato de Romero en 1980, el señor D’Abuisson, vuelva al poder antes de 2018, si el gobierno actual que es de izquierda falla en sus promesas electorales.

Guatemala no se ha repuesto de la criminalidad, pero intenta castigar a fondo a los responsables del genocidio contra las poblaciones indígenas guatemaltecas, hermanas de los indígenas mexicanos de Chiapas, Campeche y Yucatán. En Nicaragua, seguirá en el poder, el veterano Daniel Ortega, uno de los dirigentes más ignorantes y mediocres de todo el continente americano en los últimos cien años. La democracia es sólo formal y Nicaragua quiere seguir siendo subsatélite, porque además, depende del petróleo venezolano, que también está comprometido con Cuba.

De Latinoamérica, probablemente el país que más avanzará en consolidar su democracia, será Chile. La señora Bachelet está de vuelta, con un apoyo impresionante de los electores y del resto de la población. El fantasma de Pinochet sin embargo, no deja en paz a los chilenos.

En América tenemos un imperio (Estados Unidos) que Octavio Paz definió como una democracia hacia dentro y una dictadura hacia fuera, que ante la pérdida de prestigio político con la Rusia de Putin, quien es mejor ajedrecista política que Obama y ante el fortalecimiento económico y militar de China, sólo le queda controlar América y llevar mejores relaciones con la Unión Europea para no caer en el abismo propio de una decadencia, desde que tuvo como presidentes a dos hombres mediocres de una misma familia: los Bush.

Un país unido como Canadá, que se mantiene unido, tiene divisiones internas. El Canadá francés intentó no hace mucho tiempo separarse y constituirse en un Estado propio desligado de la corona británica, pero no lo logró. Es probable que no haya separación, pero los canadienses revisan a fondo su política interior de migración y sus relaciones políticas, comerciales y culturales con otros países.

Lo deseable es que los países de Latinoamérica puedan fortalecer sus sistemas democráticos –los que lo tienen- y mejoren sus expectativas sociales con mayor crecimiento económico anual y mucho menos corrupción. Sin embargo, el panorama no es fácil, ante el expansionismo chino, la intromisión rusa en Venezuela y los errores propios de Estados Unidos, el país que en el siglo XX financió y apoyó al mayor número de dictaduras en el mundo, incluido México, durante la larga noche priista que aparentemente se acabó en el año 2000 y ha vuelto con las mismas manías y obsesiones en 2012: retener el poder como sea: con mentiras y populismo. Es verdad que en México hay más participación ciudadana y más libertades políticas, pero subsisten las prácticas de un régimen viciado desde su fundación en 1929, a imagen y semejanza del corporativismo fascista italiano de Mussolini. El corporativismo mexicano está intocado, esa es la base del gobierno de Peña que presume logro y evade responsabilidades a trece meses de gobierno de los principales problemas que persisten en México.
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