22 de septiembre de 2021, 4:44:18
Los Lunes de El Imparcial

CRÍTICA


Haruki Murakami: Los años de peregrinación del chico sin color


Haruki Murakami: Los años de peregrinación del chico sin color. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets. Barcelona, 2013. 320 páginas. 19,95 €


El encargo de la crítica de un libro puede ser una pesada carga. Fundamentalmente, cuando el libro es pesado. Y no es este el caso. Puede ser también una carga cuando el crítico ha odiado al autor del libro que debe juzgar pero, tras ir leyendo su obra, ha caído rendido al embrujo simple, hipnótico y fácil de sus palabras. En esos casos se odia y se ama al autor. Se le odia un poco de forma consciente, pero en la intimidad de la inconsciencia se le ama, se le sigue, se le admira. Este es mi caso con Haruki Murakami y con su última novela publicada por Tusquets Los años de peregrinación del chico sin color.

El primero libro que leí de Haruki Murakami, hace ya años, lo hice creyendo que el autor era una mujer. En esos años vivía en Japón y los libros japoneses son muy parcos a veces en información sobre el autor, por no hablar de fotos, casi inexistentes. Además, yo tenía una amiga que se llamaba Haruki y la sensibilidad de aquel libro de Haruki Murakami me pareció muy japonesa y muy femenina. En ese momento, yo ignoraba que Haruki es un nombre que se puede usar tanto para hombres como para mujeres. Y Haruki Murakami, en mi cabeza, era una mujer muy sensible, enigmática y elegante, que escribía sorprendentes novelas. En cierta manera, lo sigue siendo.

Luego vino su tremendo éxito y la revelación de que era un hombre. De golpe, Murakami se me hizo algo odioso. Fue como haberse metido en la cama con una mujer sensible, enigmática y elegante, y de repente, en medio de la noche, mover la pierna y tocar la extremidad peluda de un jugador de fútbol americano. Tras mi salto de la cama, Murakami pasó a ser un monstruo casi sobrenatural. Un hombre capaz no solo de una sensibilidad femenina, sino de concitar la masa internacional de los “literati” de manera casi unánime. Capaz de moverse entre marcas de lujo, países poco trillados, música grata semidescubierta por él, citas de autores selectamente elegidas, y personajes vulgares y a la vez misteriosos con aroma psicoanalítico, hablando de todo ello con igual soltura y naturalidad. Un monstruo.

Y en esta novela, Murakami sigue ejerciendo de monstruo. El argumento en esta ocasión es, como casi siempre, una historia de amor: los problemas para que dos personas lleguen a estar unidas, el descubrimiento y la aniquilación de esos impedimentos. Tsukuru Tazaki es un joven “sin color” que formó parte en su primera juventud de una pandilla de amigos en la que todos tienen un apellido con algún color, excepto él. Un buen día, sin saber por qué, Tsukuru es expulsado de ese grupo, lo que le sume en una profunda depresión. Años más tarde, Tsukuru (cuyo nombre significa “hacedor”), convertido ya en ingeniero constructor de estaciones, conoce a una chica, Sara. Y ella le empujará a buscar la causa de su expulsión del grupo, a intentar desentrañar ese misterio del pasado que levanta un muro entre ellos.

Contada así, el arranque de la novela podría ser el de un relato de amor juvenil bastante típico. Pero el monstruo Murakami se ocupa de que no sea así. Desde una tercera persona hábilmente usada gran parte del tiempo como si fuera una primera persona, se interna en los entresijos del yo protagonista. ¿Qué le impide a Tsukuru, el hacedor de estaciones que se siente vacío, unirse a Sara, la sutil japonesa sabia y leve como el vuelo de una luciérnaga? Murakami ejerce de psicoanalista poético. De su mano, entramos en el interior de la mente y de la vida de Tsukuru, en los entresijos de su pasado y su presente, en sus sueños. En su vacía estación que es una metáfora del “ma” japonés, del espacio vacío en el que pueden pasar cosas extraordinarias, donde la revelación se puede dar en cualquier momento y que, a la vez, es una metáfora del ser humano moderno. De repente, en la lectura, sin darnos cuenta, tenemos la revelación de que todos somos como Murakami nos cuenta, estaciones vacías a la espera de que pase algo en ellas. Algo corriente y algo excepcional.

Esta idea del vacío como elemento esencial del yo es muy japonesa y muy budista. Y la revelación del yo a través de un triángulo amoroso aparece de forma repetida en las novelas de madurez de Natsume Soseki. También en este autor encontramos protagonistas atormentados por un hecho del pasado casi desconocido para ellos mismos. En Soseki, estos temas tienen el sabor algo áspero de un buen té “matcha”. En Murakami, tienen el tacto suave de la pantalla de un tablet de Apple, o la forma aérea de un aparato de música Bang & Olufsen. Marcas todas que aparecen en los años de peregrinación. Como aparecen Tag Heuer, o Volkswagen Golf, Cutty Sark y Starbucks. O Liszt y su exquisito Mal du Pays, Voltaire, Thelonius Monk, Aldous Huxley y Sibelius. Pero a pesar de todo ello, la literatura de Murakami es profundamente japonesa, una mezcla habilísima del Japón tradicional y del Japón urbanita más destellante y archimoderno, más extraño en su modernidad y más tradicional en su conservadurismo del pasado; un revuelto “pop-posh” psicoanalítico nipón. Un laberinto de interesantes seres inmaduros, que bajo sus miradas a los zapatos por si los pierden esconden la serenidad y la ecuanimidad de un monje zen dispuesto a meditar lo que haga falta para encontrar sentido a su vacío interior, para crearlo si no lo hay, para aceptarlo, y para poder fundirse con otro ser bajo la superficie de la realidad.

Como todas las novelas de Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color tiene algo de sueño y algo de pesadilla. Del sueño y la pesadilla de quien se mete en la cama con una mujer sensible, enigmática y elegante y, en medio de la noche, tras haberle hecho el amor, mueve la pierna y toca la extremidad velluda de un quarterback tejano. Porque, una vez rendidos a la magia de este monstruo japonés, hasta el hecho más cotidiano deja de ser lo que parece.

Por José Pazó Espinosa
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