30 de octubre de 2020, 23:45:09
Opinión


La victoria de los mediocres

Antonio Hualde


“¿Qué es un envidioso? Un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta”. Lo escribía Víctor Hugo en “Los Miserables”, hace poco más de dos siglos, aunque tanto el espíritu de la cita como el nombre de la obra que lo contiene son intemporales. De hecho, hoy están en plena vigencia. Sirva como ejemplo la envidia que tienen las nuevas hornadas del PP vasco y catalán hacia sus mayores. Cría cuervos, que decía el refrán.

Aznar cometió el error de entregar la cabeza de Vidal-Quadras a Pujol. El líder nacionalista sabía lo que hacía; conocía de primera mano el “género” popular en Cataluña, y era consciente de que sin Vidal-Quadras, el PP catalán se desnortaría, como así ha sido. Todos los sondeos colocan a Ciutadans por delante de la formación que preside Alicia Sánchez Camacho -criatura de Rajoy-, quizá porque a Albert Rivera se entiende bastante mejor que a ésta última.

El caso de PP vasco es aún peor, por indigno y rastrero. Jaime Mayor Oreja ha sido muy elegante en su retirada de primera línea. Los mediocres que tiene alrededor no merecían un gesto tan noble de alguien a quien jamás llegarán a la suela del zapato. Antes ya condenaron al ostracismo a Carlos Iturgáiz, y enseñaron la puerta de atrás a María San Gil y a José Antonio Ortega Lara. Lo último, esto. También aquí el nacionalismo hizo bien su trabajo. Cuando ETA asesinó a Gregorio Ordóñez, no sólo acabó con la vida de una persona excepcional, sino quizá con la mejor esperanza popular en Euskadi.

Dentro de poco hay elecciones europeas, y a ellas concurrirá un nuevo partido, Vox. Allí sí tiene cabida José Antonio Ortega Lara. En el PP vasco, no. Ellos verán. Oigo estos días hablar a Iñaki Oyarzábal, Arancha Quiroga o Alfonso Alonso y recuerdo la cita inicial de Víctor Hugo. Hay que ser muy miserable para morder la mano que te ha dado de comer; o mejor dicho, que se ha batido el cobre -aún a riesgo de su propia vida- para que tú estés ahora donde estás. Es una mezcla de odio, envidia y mediocridad. Quiroga y Oyarzábal -no digamos Alonso- jamás sentirán el apoyo y el cariño que sí tienen “los otros”. Tampoco alumbrarán a nadie, y menos aún confortarán. Se limitarán a dilapidar la herencia electoral de años y años de plomo, mientras la izquierda y el nacionalismo se frotan las manos.

Demasiado para un José María Aznar que, al revés que el cuadro de Goya, se ha convertido en un Saturno devorado por sus hijos bastardos. No irá a la convención nacional del partido que hizo resurgir de sus cenizas, y hace bien. Si la mendacidad fuera contagiosa, a esa convención habría que ir vacunado. Algo huele a podrido en el PP actual, y los primeros jirones empiezan a verse en Euskadi y Cataluña. Un PP en el que no está Ortega Lara y en el que el benefactor de Bolinaga, su secuestrador, llega a ministro del Interior -el tal Jorge Fernández Díaz- es como para hacérselo mirar. La percepción es la que es, y no se puede ocultar. Es la victoria de los mediocres, y la de la indignidad.
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