26 de septiembre de 2021, 7:55:04
Opinión


Juan Gelman, pro vita

Antonio Domínguez Rey


La muerte de Juan Gelman el 14 de enero, con 83 años, en Méjico, agolpó en mi memoria el día que nos conocimos en París, treinta años atrás. Nos presentó José Á. Valente en la cafetería de la UNESCO. Sobrio, pero afable. Ojos expresivos, penetrantes. Risueño con el habla modulada por el acento argentino. Prefería escuchar. Participamos en dos encuentros literarios de una serie organizada con el fin de fundar un centro que representara el halo histórico y vital de la cultura hispanoamericana en Europa. Nos reuníamos trabajadores, estudiantes, profesores, artistas, algún político, y escritores de paso por París o destinados a algunos de los organismos internacionales. En ese ambiente nació y se desarrolló también la idea de crear un instituto internacional de lengua y cultura española en el mundo. El profesor José (Pepín) Vidal se encargaba de traer a Madrid informes que me pedía del proyecto para entregárselos en mano a los entonces presidente y ministro de Asuntos Exteriores españoles.

Por aquellos años, tanto Valente como Gelman habían iniciado una escritura, digamos, de frontera. Ambos tenían vivencias militantes controvertidas como resistentes y de lucha contra dictaduras. Sobre Gelman pesaban además dos condenas a muerte, del ejército argentino y del grupo montonero en el que había militado. Los dos estaban entonces en la también línea disidente de sus afiliaciones extremas del pasado. Muchos escritores comunistas habían roto con el partido o se apartaban en silencio. La escritura de denuncia y reclamo tenía otra semilla y brotaba ya con resplandor diferente. La poética del momento, liderada en Hispanoamérica y parte de España por Octavio Paz, y aquí por supervivientes de las generaciones del 27, 36, la posguerra social y los novísimos, les parecía caduca, sin aliento vital, o esnobista. La verdadera remoción vino desde dentro del poema, la ósmosis vital y emergente de palabra.

Así lo dejaron claro al celebrar un acto de homenaje a E. A. Westphalen en el curso 1983-1984. Y Valente en otro previo dedicado a Claudio Rodríguez, asimismo excepción de escritura en aquellos años. Y en el que se le hizo al propio Valente en 1985 arropado por E. Jabés, J. Semprún, B. Noël, S. Yurkievich, A. Meddeb, J. Gelman, C. Couffon, quien suscribe y dibujo en la cubierta del programa de la pintora Mercedes Gómez Pablos. La metáfora se había convertido en un recurso de encubrimiento retardado de la realidad. La imagen sucumbía banalizada por el efecto icónico de la pantalla, el reclamo comercial, político e industrializado. El lenguaje poético requería otros poros de transpiración libre. Una presencia inédita y que iluminara, al mismo tiempo, la responsabilidad crítica e histórica del escritor. También, y por contraste, la diferencia con lo que entonces se escribía. Y ahí queda el giro de escritura iniciado, con precedentes, por ambos autores en torno a los años ochenta. Una especie de ahondamiento espiritual de la palabra. Acuden a los místicos cristianos, a la espiritualidad árabe y judía, antes que al Barroco, cuyo lenguaje interrumpe, según ellos, la previa forma espontánea y emergente. El espíritu del deseo y la libertad como ansia de vida. Ambos vivieron la muerte de un hijo; el de Gelman, a manos de la represión militar argentina; el de Valente, quebrado por otra violencia social no menos mortífera.

La poesía de Gelman fluye vital y comprometida con la realidad inmediata desde el comienzo. Naturaleza y lenguaje tienen un mismo fondo de libertad creadora. Y la muerte de Gelman coincide en España con un debate nacional sobre el germen de la raíz humana: el derecho a la vida. Una frase desconcertante, pues nada ni nadie tiene derechos, obligaciones y responsabilidades si no vive. Quien luchó y lucha por la dignidad del hombre, lo sabe muy bien. Al drama vital del hijo le siguió la entrega en adopción de la nieta a una familia uruguaya desconocida. No supo nada de ella hasta el año 2000. La búsqueda era también encuentro existencial de poema. Y así fue al comienzo. Especialmente en un texto titulado “Mujer encinta”. Un poema muy adecuado para leer en estos días de controversia sobre el aborto. Ignoro qué diría Gelman al respecto. Sabemos, sin embargo, qué sustancia vital alumbra estas palabras.

“En mí tu peso joven, hijo mío./ Esta dicha de hacerte cada día./ Tu medida mordiendo mi costado”, dicen los tres primeros versos. Es un poema del primer lustro de los años 50. “Tu palabra en silencio todavía./ Tu corazón de luz en mi tiniebla./ Tus manos en mi carne dividida”, continúan las tres líneas siguientes. La segunda estrofa rompe el ritmo al abrir la madre un diálogo dramático con el feto: “Pero, hijo mío, ¿quién te escucha, quién/ te espera? ¿Quién vela entre los hilos/ (…) o entre/ las espirales ciegas de los días/ que aún andan bajo tierra?”. La inquietud del futuro incierto según la circunstancia del ambiente en que se efectúa la gestación: “Están los hombres entre guerra y muerte./ Un viento de pistolas barre el mundo”. Y no obstante, deseo profundo de vida: “Hijo mío, te quiero, desde ya, desde el fondo”.

Comparemos ahora la exclamación del ansia pura de ver un día el rostro que late y bulle en el vientre materno con las apelaciones parlamentarias de estos días, que, sin duda, recordará el lector informado y nos ahorramos en este breve texto: “¡Me vestiré de puños hasta el alma!/ ¡Armaré las espadas de mi leche!/ ¡Afilaré mi grito hasta que corte!/ (…) ¡Para que nazcas!/ ¡Para que tu caricia venga a darse!”, concluye el poema. Y en el intermedio, las palabras paz y vida, cara a cara, en un mismo sintagma: “!Pondré mi vida paz junto a otras vidas paz¡”.

Invitamos a un parlamentario a que lea este texto el día en que se vote la Ley del Aborto. Y a que explique qué acontece en la gastrulación humana y con la prefiguración ontogénica del embrión si evoluciona libremente. Se produce un cambio importante o giro de correlación asimétrica entre la simetría inicial de los discos blásticos, una agrupación ordenada de células cuyas fases se comportan asociándose como si hubiera en ellas un reloj interno milenario. Y ninguna sabe en qué y cómo colabora, pero todas actúan al unísono conformando la primera línea o raya de existencia. Si no interrumpimos el proceso, de ahí surge un ser humano, no una iguana, o un murciélago. Cada entidad biológica parte de una diferencia que la especifica.

Difícil cuestión saber en qué momento tal ser-animado (es animal, no espuma) adquiere rango de persona. Y si lo hace de golpe o gradualmente. Indudable, sin embargo, que hay ahí una preformación humana. Tal evidencia atañe al acto que es ya, en vida, la persona gestante. Evidente, no hay duda, que tal esperanza puede frustrarse o desviar en grado vario su desarrollo. Más cierto aún, con todo, que, si interrumpimos conscientemente el ciclo biogenético, autoconformante, aquel rostro posible y en curso, nunca se dibuja. No nace. Fue nasciturus, una promesa perdida.

Tremenda responsabilidad la de quien decide abortar el ansia de vida y “desde el fondo”, como dice el poema. Un hijo además asesinado luego por “Un viento de pistolas que barre el mundo”. Cada nacimiento renueva el testigo dramático de la existencia. Una madre puede oponerse a que el hijo nazca. Es libre de hacerlo. Ahora bien, confundir esta libertad con un derecho absoluto -hay circunstancias relativas- sin apreciar la raíz que lo funda, obedece más a imposición que a respuesta ante la verdad de la vida. Y el choque de libertades siempre ha supuesto conflicto, violencia. No hay derecho sin justicia y nada justo sin la libertad de ser hombre. A esto llamamos persona, la condición libre que sella a cada ser humano en la existencia. Un vínculo u ob-ligación, el lazo que prende, inscribe. En aquella raya inicial del embrión, la primera línea impresa en el código biológico, ya escribe la naturaleza su canto de libertad. El extremo inicial viene a ser, al poco tiempo, con el desarrollo, la parte posterior del cuerpo; el contiguo, hasta el nódulo, la cabeza. Y desde ahí, la ortogénesis.

Una mujer, u hombre, pueden impedir que nazca Bethoven, Mozart, Einstein, me decía hace años el poeta Carlos Oroza. ¿Y quién es tal hombre, mujer, para privar a la humanidad de la Belleza?, se preguntaba. La gastrulación del feto humano ya contiene, codificada, la historia evolutiva del hombre. El nacimiento es una celebración del cosmos. La humanidad debe estar muy herida consigo misma para inventar leyes que la aborten. Y la sociedad muy podrida cuando camufla el contexto de las condiciones vitales anteponiendo a la apertura del amor el cálculo de una razón jurídica, económica o política ya infectada. El derecho del cuerpo propio fue antes libertad del ajeno, lo de sí otro, la verdadera entidad femenina, según Lévinas. Las células se activan en función de esto otro de sí, hasta el rostro hombre.

El derecho biológico es respuesta a lo de suyo libre en el instante de inscripción conceptiva. Y quien replica anulando esa libertad, violenta. El feto se contrae si algún elemento externo incide en el ámbito intrauterino. Ya se siente propio, único, singular e irrepetible. Un individuo. Poema.
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