19 de febrero de 2020, 21:34:50
Deportes

El Imparcial analiza los factores que empujan a estos superclases al banquillo de manera sistemática.


El talento sigue bajo sospecha en el fútbol: genios mutilados por su inherente irregularidad


Isco, Özil y Mata representan la figura del artista incomprendido en el fútbol actual. Acostumbrados a enlazar actuaciones sublimes con grises desapariciones, sufren la degradación de estrella a revulsivo en sus equipos, hecho que les obliga a cambiar de aires o a abrazar la resignación. Su calidad no resiste al imperio del músculo.


Bien es sabido que el fútbol, actividad compleja revestida de sencillez en su superficie, suele ser analizado desde dos prismas que, en raras ocasiones, discurren al unísono: el profesional y el del aficionado. La gestión de una plantilla de acuerdo con las necesidades que plantee el rival, la acumulación de partidos o la altura de la cita acostumbra a provocar choques frontales con la percepción de la tribuna. La repercusión del enfado y la incomprensión del hincha hacia su entrenador es directamente proporcional a la cercanía o lejanía del equipo al cumplimiento de los objetivos marcados. Una de las decisiones en las que el técnico arriesga el pellejo -sobre todo si su oficina se ve afectada por la nebulosa de la aristocracia tradicional del balompié- es sentar al talento para preponderar el rigor táctico. Dan fe de ello decenas de preparadores que han pasado por la latitud española. Es entonces cuando la imagen del genio apostado a la sombra de la suplencia alcanza el grado de atentado al buen gusto y la ortodoxia auto proclamada acusa y dispone: "un club grande no puede jugar a encerrarse, como si fuera pequeño". Es por ello que ha de percibirse dicha bifurcación en la interpretación de este deporte como un filtro básico sobre el que establecer cualquier análisis posterior. Solo así es posible descubrir lógica en decisiones que arrinconan a artistas como Isco Alarcón, Mesut Özil o Juan Mata.

José María Gutiérrez “Guti” representa el paradigma del genio incomprendido y admirado, y su experiencia es extrapolable a la que sufren los mencionados mediapuntas. Recordado por descubrir grietas imposibles en muro ajenos, dibujar goles memorables que discurren por asistencias imperecederas, emborrachar al aficionado con partidos dignos de ser elevados al teatro y, también, por desesperar al prójimo que le achacaba falta de entrega y al hincha que no conseguía comprender la incomparecencia del aspecto genial de su fútbol en múltiples partidos. La irregularidad le alejó de la selección española y del camino hacia el Olimpo del balompié -camino pronosticado por su talento y calidad técnica naturales-, pero forma parte de ese selecto grupo de futbolistas que quedan grabados en la retina de los paladares exquisitos, cuyas cualidades son transmitidas por quien lo vio jugar, alejado de los grandes focos de Ronaldinho, Zidane, Messi o Cristiano Ronaldo, reconociendo el número 14 como un símbolo. Como, en Coruña, los que disfrutaron del “Super Depor” explicarán a sus descendientes que un brasileño llamado Djalminha arrodilló a los gigantes a golpe de terciopelo.



Así relataba doña Carmen, madre de Guti, la interpretación que su hijo hacía del rol que debía jugar en este deporte en una entrevista de 2011: “Siempre me ha dicho que para jugar al fútbol no hay que correr 30 kilómetros. Hay que saber estar en el campo. Una vez me preguntó si me gustaría que fuera como tal compañero, que sube, baja y corre. Me dijo: piensa, al final, lo que ha hecho en el partido. Correr”. Esta filosofía provocó que su clase visitara más de lo que le hubiera gustado el banquillo en el Real Madrid. Los entrenadores que pasaron por el vestuario madrileño, sabedores de la importancia de disponer de su talento -de intermitente aparición pero latente-, trataron siempre de buscarle un acomodo en los 11 del césped: transitó por las posiciones de segundo delantero, nueve, interior todocampista, mediocentro creador y doble pivote equilibrador. Sin embargo, en una suerte de lucha de fuerzas eterna, nunca consolidó la titularidad. Pero sí ha logrado sobrevivir en la más alta consideración del club merengue.

Los jugadores que más se acercan a su pelaje en la actualidad han deslumbrado en el fútbol español sin que la estabilidad acompañe a su trayectoria deportiva. David Silva, ahora asentado en el Manchester City, es, quizá, el mejor posicionado desde el prisma de la confianza del entrenador, aunque su rol en la selección española no pasa, todavía, de la difusa provisionalidad de la coyuntura o el rival. Su caso es, si se quiere, una excepción en cuanto a su prolongado éxito personal, achacado a su afinada inteligencia para adaptar su físico a las exigencias del ecosistema donde juegue. Situación contraria sufren Mesut Özil, “Isco” Alarcón y Juan Mata. Todos ellos comparten aptitudes y función teórica dentro de un terreno de juego. Tienen reservado para sí, en condición de casi exclusividad, el aspecto artístico de sus clubes. Pero, para su desgracia, se enfrentan a un enemigo común: el rigor táctico del fútbol del siglo XXI.

Esta situación puede dar la impresión del anacronismo teórico: los entrenadores anteponen el despliegue físico para sentar a sus adalides en el estilo sublimado de concebir el balompié en la era del juego alegre y combinativo. ¿Cadenas táctico-defensivas para los jugadores de culto en los años del “tiki-taka”? Pedir a estos cerebros privilegiados para asombrar con una pelota en los pies que persigan al lateral contrario podría ser interpretado como si el Papa Julio II solicitara a Miguel Ángel que, tras exhibir su genio en el techo de la Capilla Sixtina, le diera, de paso, una mano de pintura a la entrada de su estancia personal.

Pero, la gran diferencia entre el fútbol actual y el anterior a los 90 es el ritmo de juego. Y con el aumento en la velocidad del despliegue colectivo e individual sobre el césped, el rigor táctico ha elevado su peso en el desarrollo de los partidos. Con ello, aunque la hoja de ruta marque posesiones largas y juego combinativo, ningún “grande” se permite no presionar al rival ni eximir de trabajo oscuro a más de un futbolista si busca la gloria.


Arsene Wenger, culpable de la llegada de Özil al Arsenal como fichaje más caro de la historia del club londinense -45 millones de euros- y enamorado con ceguera pragmática del halo del teutón, capeaba el mar de críticas que arrecia esta semana sobre el trompicado rendimiento de Mesut en la casa gunner desde su llegada del siguiente modo: “No hizo el mejor de sus partidos -en la terrible derrota de Liverpool por 5 a 1-, pero eso puede pasar y trabaja muy duro para adaptarse al nivel físico de la Premier League”. El profesor que revolucionó a la Premier League con un estilo de posesión de balón sofisticado que giraba sobre la técnica de Pires dio en la clave. “El nivel físico”, señaló. En efecto, el excelente asistente que alimentó a Ronaldo en su estancia madrileña y se colgó sobre su calidad la responsabilidad de romper el monopolio del Barça en los “clásicos” de los últimos años de manera natural, nunca ha resistido a un esfuerzo continuado de despliegue físico y concentración cuando toca achicar espacios. “Sabe que cuando no esté bien, va a ser cuestionado, eso es normal”, apuntó Wenger, que tiene ante sí el reto de añadir regularidad a un genio.

El factor físico complica también la existencia y el crecimiento de Isco en el Bernabéu. Carlo Ancelotti confió en el malagueño hasta que decidió que para que su Madrid fuera competitivo debía primar el equilibrio. Entonces, la desidia del talentoso centrocampista en la faena defensiva y la capacidad de Di María para cubrir una amplia parcela de campo marcaron el guión para cerrar el puzzle táctico. Desde que el técnico italiano relegó al banquillo al jugador más talentoso de su vestuario, el futbolista ha experimentado un proceso en el que causa y efecto intercambian su lugar: Isco ha frenado el desarrollo de su rendimiento -cuando goza de una oportunidad se maneja en una mezcla de sobre presión y desmotivación- porque no juega. El bache en la hoja de servicio de la perla española, que el pasado año no tenía quien le disputara el sitio en el Málaga de Pellegrini, ha restado sus prestaciones a dos o tres guiños a la grada por partido, lejos de lo que se le presuponía al artista que hizo salivar al viejo continente con su irrupción en la pasada Champions League. El fantasma de la irregularidad que se esgrimió desde el club capitalino para justificar la venta de Özil empieza, también, a perseguir a su heredero natural en la creación de fútbol de seda en el Bernabéu.


Juan Mata, por su parte, ha comprobado cómo la realidad de un fantasista del fútbol cambia en cuestión de meses de forma rotunda en nuestros días. El asturiano pasó de ser considerado como el jugador más valioso del Chelsea por sus propios compañeros de vestuario a desempeñar un papel de actor secundario en el proyecto de Mourinho. El técnico portugués apostó por relanzar la estrella de Hazard otorgándole sentido colectivo a su estilo individualista y el protagonismo en ataque. De ese modo, el hambre y la capacidad física de Óscar y William levantaban un muro infranqueable entre los titulares y Mata. En este escenario, con el equipo funcionando con sorprendente eficacia según el esquema de Mou a pesar de lo escaso del tiempo de trabajo e interiorización de los nuevos conceptos, la enajenación del Mundial acució al jugador español, que se negó a esperar turno en la sede blue y decidió buscar minutos en un barco, todavía a la deriva. Es el fichaje más caro que han visto llegar a Old Trafford y, aunque su calidad no acepta debate, la presión y la urgencia de un gigante sin cerebro merma las opciones de “Juanín” para disfrutar y generar ovaciones en las tribunas británicas.

La unión del condicionante físico y el ingrediente táctico exigido en el centro del campo de cualquier equipo que pretenda conquistar la cima del balompié de estos tiempos resta protagonismo al talento silvestre, que no entiende de clasificaciones, de forma cortante. Y exigir regularidad a un genio resulta una contradicción semántica. Sin embargo, no hay razón para perder la fe en volver a degustar el brillo de un jugador de culto: los talentosos se han manejado bajo sospecha en este deporte en las últimas décadas y han encontrado siempre su hueco para homenajear al sentido espectacular de este juego.
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