6 de diciembre de 2019, 18:03:25
Deportes

nueva dimensión recién adquirida para el derbi


La Liga como excusa para redefinir la concepción de un derbi con aires de leyenda

Diego García

El cruce de las inercias en que se manejan Real Madrid y Atlético en los últimos años se une al abrupto desenlace de la era Jose Mourinho al frente del club de la Castellana -convertido en dramático por los pupilos de Simeone en la final de Copa de 2013- para concebir este derbi capitalino [red](17:00/C+Liga)[/red] como un reencuentro con la pulsión competitiva entre merengues y colchoneros. Una tensión potenciada por la recién recuperada igualdad real en el rendimiento de ambos equipos que obliga a reasignar la relevancia de antaño a estos duelos. Por Diego García

El icónico futbolista que quedó retratado como leyenda al pié de los banquillos -después de desterrar el formato casting de estados de forma que representaba la caótica selección española y gestionar el combinado nacional como un equipo coherente cimentado en un grupo cerrado de componentes- es uno de los cerebros que participaron, de manera destacada, en la auto concepción del Atlético de Madrid como un club sin complejos para con la aristocracia tradicional. De su boca brotó un discurso memorable en el vestuario visitante del Santiago Bernabéu, el 27 de junio de 1992, en la final de Copa que inspiró el triunfo colchonero en el pasado mayo. Toda vez concluyó la especificidad táctico-estratégica del discurso, Zapatones espetó el boceto de la fotografía que Simeone mamó en su etapa como roca del centro del campo del doblete y transmite ahora en el rol de primer entrenador: “Lo que vale es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder con estos, de perder en este campo. Lo que vale es que sois el Atlético de Madrid y hay 50.000 que van a morir por vosotros. Hay que morir por ellos, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco".

Luis regresó para reflotar al club de la ribera del Manzanares, cercenar la etapa de penuria institucional con la Segunda División como penitencia, recuperar al equipo para desembarcar en la élite y volver a proveer a sus cimientos de mentalidad competitiva. He aquí el protagonismo del señor Aragonés en lo que representa el derbi madrileño en la actualidad: una relevancia que linda con una suerte de contradicción metafísica. El 19 de enero de 2003, bajo su mandato, el Atlético empató a dos en su regreso al coliseo de la Castellana con un cañonazo de Albertini que confirmó el retorno de la rebeldía colchonera y, meses más tarde, con su presencia sollozando en la banca por al adiós inminente, el Madrid galáctico sellaba la Liga en el Calderón con un 0-4 tan doloroso como profético. La inestabilidad regresaba para arrancar su hueco en la primaveral atmósfera colchonera, para contaminar a la planificación de la plantilla y en el cuadre de las cuentas. Como resultado, el Atlético cayó en una depresión que extendió su consiguiente agonía en 14 años de derbi.

Pero el duelo madrileño está de regreso con el mejor paisaje imaginable: batalla de antagonismos en lo relativo a la concepción del juego. Adjunto a este apunte táctico ha germinado una dialéctica de cuentas pendientes, con miedos y presión repartidos a partes iguales –como ideó Luis en su Atleti del 92-, que propicia el advenimiento de una renovada rivalidad donde el aficionado parece estar, de nuevo, ante la tierra prometida. El escenario al que Simeone ha empujado a este enfrentamiento capitalino con su libreto copado por intensidad y solidaridad de esfuerzos –el peso de la recuperación de la tensión competitiva recae en mayor medida en el lado rojiblanco, transformado, ya que el Madrid no ha sufrido inestabilidad notable en su rendimiento- obliga a redefinir la concepción que las batallas madrileñas había creado en estas décadas de monopolio merengue.



La gestación del bloque férreo y venenoso que tomó forma en la cocina del “Cholo” cruzó su trayectoria con el último estertor de la era Mourinho en la casa blanca, propiciando una amalgama de choques, aquí y allá, de belleza gris, donde dureza y calidad coquetean y sacian de tensión al hincha. La planificación de la temporada señala que los objetivos de Real Madrid y Atlético empiezan a entrelazarse y el inexorable resultado es el final del bostezo rutinario, tanto en la victoria como en la derrota. No se antoja aventurado, por tanto, desterrar la asilvestrada serie de derbis que empezara a desplegar su tufo monótono con el siglo actual. Batallas donde el rendimiento de ambos partía condicionado por lo psicológico: los roles de dominante y dominado quedaban interiorizados y fijados de manera irreversible, marcaban a fuego complejos, miedos, inseguridades y convertían la irrupción de otro escenario en una aseveración de carácter utópica. La imagen impregnada en el inconsciente colectivo dibujaba una asunción del triunfo y la derrota como la consecuencia coherente de las potencialidades de cada contendiente.

La eclosión de la nueva dimensión de los Real Madrid-Atlético ha generado un nuevo paradigma donde los errores individuales, de planteamiento de partido o los diferentes niveles de motivación y concentración coyunturales –conceptos centrales en el análisis de último duelo copero-, deciden hacia dónde viajan los tres puntos o la eliminatoria en cuestión. Ya no hay sometidos que sueñan con regresar a Ítaca. Se han redefinido los roles y la relación de fuerzas ha equilibrado su eje por obra y gracia del romántico proyecto de Diego Pablo. La deportividad -vayan administrándose válium ortodoxos del buenismo-, en esta tesitura de lucha con similar nivel de rendimiento y aspiraciones, suele asumir el papel de extra en la película.


El desarrollo del fútbol en los últimos lustros otorga protagonismo al primero que descifre los detalles de fortaleza propios para atacar las flaquezas del oponente, a las encerronas en banda o en la espalda de los centro campistas planificadas con escuadra y cartabón, al diseño de puñaladas en la ciudad deportiva. La táctica ha ascendido a la cima de los factores decisivos, tanto en 90 minutos como en todo un campeonato. La calidad representa ahora la guinda, el porcentaje decisivo pero ínfimo que sobresale si el trabajo estratégico ha sido denodado. Es esta serie de derbis un ejemplo de fútbol moderno y un argumento por el que el balompié español está de enhorabuena, ya que, con la recuperación de la tensión competitiva del impacto capitalino, ha alcanzado la madurez una rivalidad a exportar al resto del planeta más allá del “Clásico.

Un repaso futbolístico somero esboza a dos equipos con guiones diferentes. Ancelotti quiere dominar la posesión de balón con la incursión de Modric como referente que nutre de fluidez, pausa y vértigo-según venga el partido- a la capacidad combinativa merengue y la inclusión de Di María como maestro del equilibrio a través de un despliegue físico insultante que, además, no merma su visión periférica del campo. Simeone, por su parte, sigue moviéndose cómodo en la hoja de ruta del repliegue, sin concesiones, y transiciones efervescentes con Koke, Arda y Diego como maestros de ceremonias, con intención de madurar el partido y, si da el físico, asfixiar la salida de balón del rival para ir ganando peso y, al tiempo ir sacando del choque al despliegue rival.

Pero, como sobrevivir con una sola versión del plan es ejercer de trapecista sobre la cuerda floja en la actualidad -Barcelona, Manchester y Arsenal dan fe-, los estrategas juegan, en cada episodio, con los matices del sistema.

Es entonces donde el derbi eleva su dimensión: no es menester permanecer absortos si arranca el encuentro y los de blanco esperan su ocasión a la contra y entregan la pelota a los que lucen Azerbayán en el pecho. La elección de una determinada combinación de lateral y extremo, núcleo de mediocentros, situación de la línea defensiva o nombres para llegar de segunda línea son elementos definitivos. Los niveles globales o parciales de compromiso y concentración intensivos, inherentes ya a la naturaleza del derbi, ganan o pierden batallas a estas alturas. Y la riqueza de la paleta de colores de esta pintura no puede sino beneficiar al espectáculo, envanecer a todo aquel que analiza el cuadro y animar a actualizar el parecer a aquellos que todavía rigen su percepción de estos partidos por el tamaño de la billetera. Ha (re)nacido una rivalidad de culto en Madrid.


Situar el punto de inflexión relativo a un proceso deportivo histórico de rivalidad íntima y casi fratricida como el derbi madrileño en una fecha concreta suele resultar un ejercicio tan apetecible -afán de cronologistas- como arriesgado, ya que, lejos de la superficialidad, el terreno es resbaladizo y suele ocasionar patinazos. Por este motivo, y por el latente y obligado recuerdo que el balompié español debe rendir a Luis Aragonés, cabe contextualizar la evolución colchonera –y, por ende, del nivel competitivo de los Madrid-Atlético- ligando su trayectoria al peso de la influencia que el Sabio ha imprimido en la institución rojiblanca desde el arranque de la década de los noventa.

El icónico futbolista que quedó retratado como leyenda al pié de los banquillos -después de desterrar el formato casting de estados de forma que representaba la caótica selección española y gestionar el combinado nacional como un equipo coherente cimentado en un grupo cerrado de componentes- es uno de los cerebros que participaron, de manera destacada, en la auto concepción del Atlético de Madrid como un club sin complejos para con la aristocracia tradicional. De su boca brotó un discurso memorable en el vestuario visitante del Santiago Bernabéu, el 27 de junio de 1992, en la final de Copa que inspiró el triunfo colchonero en el pasado mayo. Toda vez concluyó la especificidad táctico-estratégica del discurso, “Zapatones” espetó el boceto de la fotografía que Simeone mamó en su etapa como roca del centro del campo del doblete y transmite ahora como primer entrenador: “Lo que vale es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder con estos, de perder en este campo. Lo que vale es que sois el Atlético de Madrid y hay 50.000 que van a morir por vosotros. Hay que morir por ellos, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco".


Luis regresó para reflotar al club de la ribera del Manzanares, cercenar la etapa de penuria institucional con la Segunda División como penitencia, recuperar al equipo para desembarcar en la élite y volver a proveer a sus cimientos de mentalidad competitiva. He aquí el protagonismo del señor Aragonés en lo que representa el derbi madrileño en la actualidad: una relevancia que linda con una suerte de contradicción metafísica. El 19 de enero de 2003, bajo su mandato, el Atlético empató a dos en su regreso al coliseo de la Castellana con un cañonazo de Albertini que confirmó el retorno de la rebeldía colchonera y, meses más tarde, con su presencia sollozando en la banca por al adiós inminente, el Madrid galáctico sellaba la Liga en el Calderón con un 0-4 tan doloroso como profético. La inestabilidad regresaba para arrancar su hueco en la primaveral atmósfera colchonera, para contaminar a la planificación de la plantilla y en el cuadre de las cuentas. Como resultado, el Atlético cayó en una depresión que extendió su consiguiente agonía en 14 años de derbi.

Pero el duelo madrileño está de regreso con el mejor paisaje imaginable: batalla de antagonismos en lo relativo a la concepción del juego. Adjunto a este apunte táctico ha germinado una dialéctica de cuentas pendientes, con miedos y presión repartidos a partes iguales –como ideó Luis en su Atleti del 92-, que propicia el advenimiento de una renovada rivalidad donde el aficionado parece estar, de nuevo, ante la tierra prometida. El escenario al que Simeone ha empujado a este enfrentamiento capitalino con su libreto copado por intensidad y solidaridad de esfuerzos –el peso de la recuperación de la tensión competitiva recae en mayor medida en el lado rojiblanco, transformado, ya que el Madrid no ha sufrido inestabilidad notable en su rendimiento- obliga a redefinir la concepción que las batallas madrileñas había creado en estas décadas de monopolio merengue.

La gestación del bloque férreo y venenoso que tomó forma en la cocina del “Cholo” cruzó su trayectoria con el último estertor de la era Mourinho en la casa blanca, propiciando una amalgama de choques, aquí y allá, de belleza gris, donde dureza y calidad coquetean y sacian de tensión al hincha. La planificación de la temporada señala que los objetivos de Real Madrid y Atlético empiezan a entrelazarse y el inexorable resultado es el final del bostezo rutinario, tanto en la victoria como en la derrota. No se antoja aventurado, por tanto, desterrar la asilvestrada serie de derbis que empezara a desplegar su tufo monótono con el siglo actual. Batallas donde el rendimiento de ambos partía condicionado por lo psicológico: los roles de dominante y dominado quedaban fijados de manera irreversible, marcaban a fuego complejos, miedos, inseguridades y convertían la irrupción de otro escenario en una aseveración de carácter utópica. La imagen impregnada en el inconsciente colectivo dibujaba una asunción del triunfo y la derrota como la consecuencia coherente de las potencialidades de cada contendiente.

La eclosión de la nueva dimensión de los Real Madrid-Atlético ha generado un nuevo paradigma donde los errores individuales, de planteamiento de partido o los diferentes niveles de motivación y concentración coyunturales –conceptos centrales en el análisis de último duelo copero-, deciden hacia dónde viajan los tres puntos o la eliminatoria en cuestión. Ya no hay sometidos que sueñan con regresar a Ítaca. Se han redefinido los roles y la relación de fuerzas ha equilibrado su eje por obra y gracia del romántico proyecto de Diego Pablo. La deportividad -vayan administrándose válium ortodoxos del buenismo-, en esta tesitura de lucha con similar nivel de rendimiento y aspiraciones, suele asumir el papel de extra en la película.



El desarrollo del fútbol en los últimos lustros otorga protagonismo al primero que descifre los detalles de fortaleza propios para atacar las flaquezas del oponente, a las encerronas en banda o en la espalda de los centro campistas planificadas con escuadra y cartabón, al diseño de puñaladas en la ciudad deportiva. La táctica ha ascendido a la cima de los factores decisivos, tanto en 90 minutos como en todo un campeonato. La calidad representa ahora la guinda, el porcentaje decisivo pero ínfimo que sobresale si el trabajo estratégico ha sido denodado. Es esta serie de derbis un ejemplo de fútbol moderno y un argumento por el que el balompié español está de enhorabuena, ya que, con la recuperación de la tensión competitiva del impacto capitalino, ha alcanzado la madurez una rivalidad a exportar al resto del planeta más allá del “Clásico”.

Un repaso futbolístico somero esboza a dos equipos con guiones diferentes. Ancelotti quiere dominar la posesión de balón con la incursión de Modric como referente que nutre de fluidez, pausa y vértigo-según venga el partido- a la capacidad combinativa merengue y la inclusión de Di María como maestro del equilibrio a través de un despliegue físico insultante que, además, no merma su visión periférica del campo. Simeone, por su parte, sigue moviéndose cómodo en la hoja de ruta del repliegue, sin concesiones, y transiciones efervescentes con Koke, Arda y Diego como maestros de ceremonias, con intención de madurar el partido y, si da el físico, asfixiar la salida de balón del rival para ir ganando peso y, al tiempo ir sacando del choque al despliegue rival.

Pero, como sobrevivir con una sola versión del plan es ejercer de trapecista sobre la cuerda floja en la actualidad -Barcelona, Manchester y Arsenal dan fe-, los estrategas juegan, en cada episodio, con los matices del sistema.

Es entonces donde el derbi eleva su dimensión: no es menester permanecer absortos si arranca el encuentro y los de blanco esperan su ocasión a la contra y entregan la pelota a los que lucen Azerbayán en el pecho. La elección de una determinada combinación de lateral y extremo, núcleo de mediocentros, situación de la línea defensiva o nombres para llegar de segunda línea son elementos definitivos. Los niveles globales o parciales de compromiso y concentración intensivos, inherentes ya a la naturaleza del derbi, ganan o pierden batallas a estas alturas. Y la riqueza de la paleta de colores de esta pintura no puede sino beneficiar al espectáculo, envanecer a todo aquel que analiza el cuadro y animar a actualizar el parecer a aquellos que todavía rigen su percepción de estos partidos por el tamaño de la billetera. Ha (re)nacido una rivalidad de culto en Madrid.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es