28 de noviembre de 2020, 15:16:27
Opinión


Putin y su ensoñación imperial

Alberto Pérez Castellanos



El último capítulo que estamos viviendo con la invasión que las tropas rusas están llevando a cabo en Crimea es una muestra más de los delirios de grandeza del presidente del país más extenso del mundo. Vladímir Putin llegó a la política después de hacer carrera como espía y, desde que hace 15 años llegó a lo más alto, su mayor anhelo ha sido acaparar cada vez más poder. Da la sensación que el mandatario no se conforma con su cargo, y que le gustaría que su tierra volviese a ser aquel gigante soviético y él su presidente, o convertirse en zar de un gran imperio.

Putin ha chocado con Europa y Estados Unidos en tantas ocasiones que parece que la Guerra Fría no hubiese terminado. Podemos contar numerosos desencuentros en conflictos políticos y/o económicos en Oriente Medio o Europa del Este. Lo que ahora ocurre en Ucrania es una entrega más que aúna ambas problemáticas: Crimea es una región compleja dentro de este país con mayoría de ciudadanía rusa, el gas del gigante euroasiático cruza la exrepública soviética y, por si fuera poco, acoge un buen número de bases militares en un entorno tan crucial como el Mar Negro.

Podríamos quedarnos con este resumen y pensar que Putin se mueve por intereses comunes para sus conciudadanos que, por otra parte, será lo que piensan aquellos que le muestran y dan su apoyo. Pero no, no creo que sus motivos sean sólo mantener la posición dominante de Rusia en el mercado gasístico, o de sus tropas en la zona, ni siquiera demostrar su fuerza lejos de sus fronteras. La experiencia vital me lleva a pensar que Vladímir quiere algo más. No hace falta que invada un país, me basta con ver cómo se comporta en su día a día: prepotencia, chulería, silencios inquietantes y discursos grandilocuentes. Putin ve en sí mismo la figura de un zar, de un emperador. Le da igual la forma de demostrarlo, ya sea arengando a sus atletas como si fueran tropas o entorpeciendo una solución a conflictos como el de Siria.

Sus delirios de grandeza no deberían preocuparnos si fuese un personaje desconocido al que todos ven como un lunático, pero su posición es algo más peligrosa. Su entorno le apoya y espolea, al igual que millones de personas en Rusia y en otras antiguas repúblicas soviéticas; y esto sí que da un poco de miedo. Hace años que el mundo observa sus “marcianadas”, al principio desde el humor, después desde la sorpresa, más adelante con cierta indignación y ahora con temor.

Quizás aquellos enemigos de décadas pasadas soltaron demasiado las cuerdas para ayudar a relajar la tensión de tantos años de amenazas mutuas. Quizás no se tomaran muy en serio las salidas de tono de Putin. Quizás ahora sea demasiado tarde para darse cuenta. Quizás tensar ahora esas cuerdas sólo valga para romperlas. Quizás…
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