23 de septiembre de 2021, 5:41:13
Opinión


La lengua: no nos saquen la lengua

Santiago López Castillo




Decía el gran filósofo Julián Marías que la lengua es la primera interpretación de la realidad. Y luego vendría la literatura, con injertos de diversa especie, como es el caso de la española en su diversificación por Hispanoamérica (no Latinoamérica, merluzos, denominación que beneficia a Francia, Portugal e Italia y que trata de poner en pie de igualdad a aquellos países con España, el Imperio, hoy cuestionada por unos ignorantes y secesionistas del tres al cuarto).

La palabra, en versión del insigne Octavio Paz (I Congreso Internacional de la Lengua Española, 1997), “es nuestra morada. En ella nacimos y en ella moriremos”. En nuestro caso, el español. Son sentencias del escritor mexicano. La tercera lengua más usada y no para pegar sellos. El idioma español, que no castellano, despejemos intencionadas dudas para aquellos que quieren imponer su lengua vernácula por encima de la del Estado, la cooficialidad no es eso, no es eso, tuvo un buen intérprete, aparentemente chocante, en el Parlamento nacional: Xavier Arzallus. Hablaba -usted estaba allí- un español puro, refinado y hasta diría que florido. Los conventos y monasterios eran -no sé ahora- buenos centros para el estudio, además de invitar al recogimiento. En las Cortes, concretamente en el Senado, conocí también a Mosen Xirinacs, refugio de desvalidos y otras miserias, además de que estaba como las maracas de Machín. No en balde se dice que ETA nació en una sacristía y tuvo en el obispo Setién su máximo valedor. Retrocediendo en el tiempo, durante el franquismo hubo una célebre manifestación con este lema: “Tarancón al paredón”. ¡Qué hubieran dicho las huestes del régimen si años después hubieran conocido el modo de actuar del obispo de San Sebastián, apoyo logístico de los etarras!

Mas me desvío. La lengua se está convirtiendo desde la Transición hasta nuestros días -y lo que te rondaré, morena- en arma letal de los independentistas. No hace falta sacar la pistola, aunque también si se tercia. Los constitucionalistas mostraron su generosidad con los soberanistas “y luego nos traicionaron”, argumentó antes de morir Peces-Barba, uno de los padres de la Constitución. Se veía venir. Desde mi grada de cronista parlamentario. Hasta hacer del título VIII de la Carta Magna la fragmentación de una nación milenaria. Diálogo, diálogo y una mierda. El euskera y el catalán avanzan mientras el español retrocede por el incumplimiento sistemático de las leyes. La Generalidad es un permanente desacato a las sentencias judiciales. Y no pasa nada. Y en las Vascongadas, ídem de lienzo. Van de la mano. Dos pasitos hacia delante y uno para atrás, como en la yenka. Señores regidores vascos y catalanes: concluyan con la pantomima parlante. Y que conste que contra las lenguas vernáculas la mayoría de los españoles no tenemos nada que objetar. Pero déjenlo para sus hablantes del terruño. La imposición a los demás no es de recibo. Retiren ya los mitos y la intolerancia. Nunca el gobierno de Franco prohibió a nadie expresarse en catalán; otra cosa era reconocer como oficial aquella lengua. En el País Vasco, lo mismo. Un habla de aldeanos, nunca culto ni de todos jamás existió. Que se lo digan a Unamuno, Baroja, Julio Caro, etc… Y al otro lado, el sensacional Josep Pla, orfebre de los dos usos lingüísticos.

La lengua española, en fin, es el mayor signo de nuestra nación centenaria. No hay que avergonzarse. Al contrario. Español, español, español… (al estribillo).

PD.- Los “pinganillos” de la traducción simultánea en el Senado es una broma cuyo coste no se lo salta un gitano. Y la permanente bufonada de los republicanos de Cataluña en el Congreso es propia del circo de fieras que hubo en el Price madrileño.


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